El blog de Patricio Peñalver

El otro día estuvo Coetzee en el Hemiciclo

25.06.07 | 11:31. Archivado en literatura
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En un principio como la palabra que se hizo verbo, es pertinente decidles a mis improbables lectores, antes de proseguir, que mis tres premios Nóbel preferidos son Gabriel García Márquez, José Saramago y J.M. Coetzee, sin menospreciar a otros y a otras que ni siquiera aún he leído, los mentados son como el ojo triangular en el que se licua mi espíritu con un todo en el hermoso y fascinante crisol de la literatura.
De García Márquez y Saramago he hablado en otras ocasiones, y mucho, sin embargo nunca lo he hecho sobre Coetzee, al que el corrector automático de mi ordenador cada vez que lo miento se apresura a corregirme malamente, y en su lugar, me pone cohetes, no sé si adjetivando la literatura del Nóbel del surafricano, que efectivamente tiene la fuerza de un cohete. Ahora toca hablar de Coetzee porque el otro día estuvo en el hemiciclo de la Universidad de Murcia y leyó en su lengua natal generosamente siete fragmentos de su próximo libro inédito: “Diario de un año malo”.
No vino precisamente el otro día Coetzee a hacer el paripé ya que nos trajo y nos regalo a todos sus lectores noveles y aventajados una novedad, con esos fragmentos fotocopiados en inglés y castellano. Puntual, pulcro, elegante, con sus maneras sencillas de dandy aguantó estoicamente el baño de multitudes y el calor humano y atmosférico del Hemiciclo, que perdió la otra mitad del círculo, y solo abandonó la seriedad de su semblante cuando el profesor José Carlos Miralles que lo presentaba, lo definió como El Caballero de la Triste Figura, aludiendo a su admirado Don Quijote.
Donde habite el olvido, trató de buscar un hueco en mi memoria que me recuerde mi primer encuentro con la literatura de Coetzee mucho años antes del Nóbel que recibió en 2003, y por más que me esfuerzo no lo hallo. Intentó buscar en mi abigarrada biblioteca en la que se amontona los libros sin la posibilidad de leer al albur en sus lomos y la calor me hace desistir de rebuscar entre los ejemplares apilados, la calor en femenino, en estos menesteres, sensualmente siempre me lleva por otros vericuetos. Después me acuerdo de algunos de sus títulos: “Desgracia” Hombre Lento” “Foe” “El maestro de Petersburgo”, y, por casualidad, otra vez, me parece creer que tal vez tuvo Kavafis la culpa de que una de las primeras novelas publicadas por Coetzee en castellano, “Esperando a los Bárbaros, cayera en mis manos.
Por aquel entonces Coetzee era un escritor minoritario, un creador de culto al que muy lentamente se iban apuntando miembros a una cofradía que tenía su misterio sin quererlo. Y Después del Nóbel llegó el bing-bang de su literatura a sus nuevos lectores. Para algo, al margen de la pasta, debe de servir ser todo un premio Nóbel.
Sin embargo, el escritor ha seguido su camino marcado, después de recibir otros premios, sin salirse ni un paso de su sutil literatura sin concesiones, directa, sencilla, inquietante, que te golpea y te deja absorto. Comparto la admiración de Coetzee sobre Kalka, Dostoyevski y Don Quijote, entiendo su postura vegetariana y su defensa contra el maltrato de los animales Aunque, con matices, considero que conseguir la eliminación del maltrato a los animales, sería algo así de utópico y hermoso, como el conseguir la supresión del hambre en el mundo y la explotación del hombre por el hombre, algo así como la consecución de los reino de los cielos, hecho un hecho terrenal. Y aunque sé que una patica de cabrito puede elevar el colesterol, de lo que tanto sabe un sabio de la sangre, como el doctor Leontino García, gran lector de Coetzee, de vez en cuando no me resigno a probar dicho manjar. Y qué voy a decir de una parrilla de verduras.
Conociendo la aversión a las apariciones en público de Coetzee aún me explico menos su presencia el otro día en la Universidad de Murcia, pero algo de la gran culpa, en este caso gozosa, la debe de tener el profesor José Carlos Miralles. De manera tal, que después de ver hecha la cuadratura del círculo, me fui del hemiciclo, me tomé dos cervezas, me puse lírico y escribí la siguiente nota que titulé: “Las luces de la ciudad” y que reza así: “Aquí estoy, otro día, con mi soledad que me entiende y me acompaña, ajeno al mundanal ruido de la compañía general, que ante las delicias de la pirotecnia, como un corro de voces, cuando caen las fugaces luces artificiales, en instantes de noches estrelladas, exclaman; “Oh, oh, oh. “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Sin embargo, los dejaré para la noche de mañana, hoy ha sido un gran día, he oído la voz de J.M. Coetzee al caer la luminosa tarde mediterránea de mi ciudad, que siempre me baña con su luz, y a veces me ciega. Aquí estoy, solo, otro día con mi soledad que me entiende y me acompaña. “Puedo escribir los versos más triste esta noche”. Más tarde me tomaré la penúltima cerveza, en un ínterin, a la salud de todos los letraheridos y a la de Coetzee.


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