El blog de Patricio Peñalver

Las mil y una noches del Festival del Cante de las Minas

19.03.07 | 12:52. Archivado en Musica
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Con motivo de uno de los premios "Mejores 2007, que le acaba de otorgar el diario La Verdad de Murcia al Festival

A esta altura ya del cante, después de más de cuarenta años, no hay que ser un gran especialista en eventos flamencos para afirmar rotundamente que el Festival del Cante de las Minas es todo un número uno, un clásico entre un maremágnum de festivales, que se ha ganado a pulso su fama aquende y allende de mares y fronteras. Cada Festival en sí mismo no deja de ser un festín esplendido, un gran banquete de flamenco.
Aunque el Festival ya tocó techo hace años, y, a pesar de haber pasado por su tablas todos los grandes de lo jondo, en cada nueva edición se repite un gran éxito de público y de crítica. A pesar de que el Festival va sobre ruedas, no crean que es una tarea fácil la de pergeñar cada año unos carteles sugerentes y novedosos. En la escala del flamenco las figuras no escalan los peldaños de la noche a la mañana, ni surgen monstruos por arte de birlibirloque. Aquí hay que ganarse la fama a pulso y cantar con el corazón y hasta con las tripas, manteniendo la cabeza caliente o fría, pero en su sitio.
Cada uno tiene que estar en su sitio. Y eso lo saben mucho más los cantaores, bailaores y guitarristas, que cada año concursan con la intención de obtener los máximos galardones, un mala nota, un mal paso, un mal trasteo, puede dar al trasto en unos segundos con las esperanzas de todo un año. También lo saben las grandes figuras, aquí se viene a revalidar el éxito, ya que aunque se enfrentan ante un abigarrado público, no por ello dejan de percibir que tienen ante sí a las diversas cofradías de los flamencos con la vara de medir. Y los cánones son los cánones.
Les puedo asegurar, y creo que no equivoco ni un pizca, que todos los artistas antes de subir al escenario de lo que llamamos Catedral Cante, sienten como una desazón, un sin vivir, algo así como una experiencia religiosa, que se transforma en una especie de hormigueo por toda la columna vertebral. La responsabilidad de subir a las tablas y cantar en La Unión es total. En ese ambiente telúrico, tenso y mágico, sobre el escenario el artista comprobará casi al instante si hay transmisión y si los duendes le son proclives. El duende siempre está allí y no para de merodear, presto para el gran banquete, tan sólo hay que darle en el gusto para que haga de las suyas. Aunque no le conocemos la cara al duende, si sabemos de la astucia de sus travesuras. La noche en la que aparece y se establece la comunión entre el artista y el público, son simplemente noches de gloria bendita.


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