El blog de Patricio Peñalver

Retrato de dos hermanas

17.03.06 | 18:27. Archivado en literatura

Se editan muchos libros y no todos tienen la suerte de llegar a una mesa de novedades de una librería, o la oportunidad de que un grisáceo crítico le escriba unas líneas, aunque sean envenenadas, en un suplemento literario. Y suponiendo que por ejemplo una novela haya tenido esa suerte u oportunidad, a veces interesada y otra caprichosa, a la hora de la verdad se las tendrá que ver en la mesa con una variedad sabores y de texturas, de historias y de intrigas, con tal aparato de agitación y propaganda que si logra estar más de un mes en ese menú diario ya se puede dar como afortunado. Si encima tiene la suerte de estar casi tres meses y codearse con las últimas ediciones de Don Quijote convertidas hogaño en un superventas, la hazaña es ya de tamaño superior.
Uno de estos libros que se mantiene ya casi tres meses en las mesas de novedades de las librerías es “Retrato de dos hermanas” del escritor Pedro García Montalvo, una excelente novela que nos retrata con delicadas pinceladas los episodios de la vidas de Consuelo y Sandra, envueltas en la telaraña familiar de la saga de los Mízar, entre las luces y las sombras de una gran ciudad Madrid, entre amores y desamores, odios y relaciones amistosas interesadas. Un retrato psicológico y minucioso nos va mostrando a los diversos personajes que va apareciendo por las páginas, gravitando siempre en torno a las hermanas Mízar, como si a algunos ya los conociéramos desde hace mucho tiempo en la vida real, en una nítida y perfecta radiografía de la convulsa sociedad de los años 90.
En la solapa del libro, se nos avisa que la manera de narrar del autor pertenece a los grandes clásicos europeos de todos los tiempos. Y creo que no se equivocan. Aunque habría que precisar a que nos referimos cuando hablamos de lo clásico, que en este caso no quiere decir necesariamente antiguo. Para entendernos, el escritor Italo Calvino nos dice: “un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía”. En esta línea y en un tiempo exento de tiempo “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. De ahí que tal vez hecha una primera lectura tengamos la necesidad de hacer una relectura, aunque ya conozcamos la trama y los movimientos de los personajes, como dice Harold Bloom: “Sabes qué va a ocurrir, pero ves cómo y por qué ocurre desde puntos de vista completamente nuevos cada vez. Es posible que al volver a leer una novela nos convirtamos, hasta cierto punto, en los personajes que tenemos ante nuestros ojos”.
Así es la buena literatura, como la vida misma, con sus luces y sus sombras, con todas las hermosas alegrías y todas las tribulaciones inimaginables.
Regresa García Montalvo a la mesa de novedades, y esta si que es una primicia estupenda, después de casi siete años de la publicación de su última novela “Las luces del día”, y vuelve al mismo lugar de los hechos: a Madrid, como otros años atrás lo hiciera con su otra novela “Una historia madrileña”. ¿Por qué elige García Montalvo como escenario urbano de sus novelas a Madrid? Nada más sencillo y menos especulativo que dejar al propio autor que lo explique, aunque sean sus palabras sacadas de una entrevista de hace siete años en la que manifestaba: “El tipo de argumento que yo quiero contar me parece a mí que necesita una ciudad grande y espaciosa. Sobre todo, en este caso, porque se trata de un ciclo de novelas, en el que los personajes y las historias se repiten y entremezclan. Sin embargo, tampoco habría sido mayor problema ambientar ese ciclo en una ciudad de provincias. En todo caso, Madrid es una ciudad por la que yo siento un grandísimo aprecio, y me gusta mucho”. Supongo que el novelista seguirá pensando lo mismo de esa ciudad, de la que sigue diciendo la solapa de esta magnífica novela “Retrato de dos hermanas” que nos ocupa, “que es mucho más que un mero escenario y adquiere la dimensión de un personaje real”. No está nada mal el texto de la solapa de esta novela, aunque puede ser el caramelo envenenado para ese tipo de crítico literario que después de leerla, hojea las primeras páginas, otras del centro al azar, y por fin las últimas, y cree haber leído la novela.
Aunque son los lectores y el implacable tiempo el que pone a cada uno y a cada novela en su lugar, a veces más tarde que pronto. Decía el escritor en esa entrevista realizada hace siete años: “Me gustaría escribir la mejor novela de Pedro García Montalvo… La mejor que hay dentro de él… Conseguir encontrarla”. Quizá ya lo haya conseguido y sea esta su mejor novela .Y afirmaba que “se escribe por la misma razón por la que se vive”..
Y hablando de vivir, precisamente el autor lo hace en Murcia, en su tierra y con sus gentes, aunque sea Madrid la ciudad literariamente escogida para justificar su existencia. También es cierto literariamente, que García Montalvo podría ser de Alicante y escribir en Albacete, y las pinceladas de sus retratos seguirían siendo hermosas, como las de su admirado Ramón Gaya, o aún más clásicas como las de Velázquez.
No se lleven a engaño y crean que esto es una buena crítica solapada a la literatura de García Montalvo, no. Esto es un elogio, desde la amistad cervantina que el autor de lo hasta aquí escrito, un seguro servidor, y el novelista elogiado se profesan.


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