El blog de Patricio Peñalver

PONGAMOS QUE HABLO DE JOAQUÍN

27.01.06 | 18:28. Archivado en Musica
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Cuando por cualquier tema se habla del Sabina, uno observa que los que platican no tienen término medio a la hora de calificar al cantante y poeta. Ni los unos que lo descalifican ni los otros que lo estiman se andan por las ramas con los adjetivos. Y a mí me parece muy requetebién, que así sea, no está nada mal esa verdadera libertad de expresión que ejerce la gente de la calle.
Tampoco Joaquín Sabina se anda por las ramas a la hora de componer sus canciones y sus sonetos, las hojas no le impiden ver el bosque, aunque a él hablando de zonas boscosas, lo que le va es la jungla, esa jungla urbana con su flora y fauna que cada noche se transforma con las primeras luces de neón en busca de otro nuevo sueño perdido, en cualquier ciudad, en cualquier parte.
A los heterogéneos y anónimos ciudadanos de esa jungla urbana ya lleva más de treinta años dedicándole sus composiciones el juglar del que hablamos, contando las historias comunes de personajes comunes, que de pronto de tanto oírlas nos parecen especiales. Ya son varias las generaciones, entendiendo que más de dos ya son una multitud, que han crecido al son de la guasa, la ironía, la ternura, el garbo, la gracia y la malaleche de alguna de sus composiciones musicales. Y entre esas generaciones, uno mismo, que ya no es ni siquiera un cuarentón.
A Joaquín Sabina lo conocí, y es un decir, un día de la primavera del 81. Aquella tarde como un buen chico de provincias con ínfulas de escritor que ya aspiraba a su particular ínsula literaria, recién llegado a la capital, al Foro, me dirigí como era de rigor al Café Gijón. Allí estaba, nada más entrar, a mano derecha, Alfonso el cerillero con cara de buena persona, con rostro de José Luis Coll, y en la última mesa, junto a la cristalera, una locutora entrevistaba al Sabina. Nos miramos varias veces, y yo creo que nos quedamos con nuestras jetas. Dos horas más tarde me trasladé a un garito por entonces de moda, un tal ¡Viva Madrid! y allí otra vez por casualidad me tropecé con el cantante, y de nuevo volvimos a marcar nuestras distancias a lo Humphrey Bogart, no sé si por medio había alguna Ingrid Bergman, y ahí quedó la cosa. Sin embargo, el destino que es pertinaz y a veces caprichoso nos reservaba un nuevo encuentro más tarde. Aquella noche de mayo el Madrid de Tierno Galván estaba de fiestas por San Isidro, y la movida iba de movida, y yo iba de fiesta precisamente a ver las actuaciones de la Plaza de Las Vistillas. Y ahí mismo, en un bar de bocatas de jamón y calamares, de nuevo me encontré por tercera vez con Joaquín. Y esta vez sí, en esta ocasión se acercó y me dijo con cachondeo: “hombre tú otra vez, ¿tú me vas siguiendo o qué?”. Y con la misma sorna le contesté: “hombre, ¿o tú a mí?”. Después de acabar cada cual con su respectivo bocadillo de calamares, tomamos las de Villadiego. Y una hora más tarde encima del escenario estaba un tal Joaquín Sabina cantando: “Las niñas ya no quieren ser princesas, / y a los niños les da por perseguir/ el mar en un vaso de ginebra pongamos que habló de Madrid”. Y allí estaba yo para verlo y contarlo, a pie de escenario, para vivir las efímeras noches que se abrazaban a las radiantes mañanas.
Muchas noches han pasado desde entonces y muchas canciones ha escrito este bardo torero y muchas cornadas ha recibido en sus viajes al infierno de Dante. Tantas noches, como ilustres visitantes han pasado por las noches libres de su casa madrileña, entre ellos García Márquez, el príncipe Felipe con doña Leticia, y una pléyade de poetas, que antes que poetas son amigos.
Ahora ha regresado a los escenarios y está de gira, dando alguna que otra espantá en el mejor estilo de Camarón o Rafael de Paula, y hasta el Auditorio de Murcia llega el próximo fin de semana con los primeros conciertos del presente año
Cuando se habla de las cosas del vate nadie queda indiferente. Y Sabina lo sabe, por eso de cuando en vez le gusta irse por los cerros de Úbeda, camino de la sierra Mágina, a buscar versos como si fueran setas, en busca del bulevar de los sueños rotos, de sus tres mosqueteros, su Tintín y su siete de copas, queriendo librarse de los tontos por cientos del cuento del cisne, queriendo escribir la canción más hermosa del mundo. Por eso, pongamos que hablo de Joaquín.
PATRICIO PEÑALVER


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