A veces ocurre que uno oye ciertas ocurrencias que te sacan del lógico discurrir. Y esa fue la chuscada que el otro día me saco de la página del libro que tenía en la mano, nada más oír en la radio un no sé qué acerca de algún atributo sobre la próstata de Franco. Comoquiera que ahora en esta nueva desconstrucción del franquismo y de la Memoria Histórica se arroja tinta de calamar para despistar al contrincante, quise saber ese no sé qué sobre la próstata, porque al día siguiente nada venía en las páginas de los periódicos impresos. Y como Internet da para mucho y es una buena herramienta para los desmemoriados, que supongo que en nada se parecen al Funes de Borges, allí me metí y comprobé que efectivamente la noticia de la próstata de Franco existía y que además varios periódicos sí habían publicado en digital
Y a resultas el personaje era el nuevo ministro de Exteriores, José María García-Margallo el que había recurrido al chascarrillo para intentar desactivar otra noticia que se había filtrado, que no era otra que el nombramiento de Federico Trillo como posible nuevo embajador en EE.UU. El ministro, que no tiene pelos en la lengua y que ya se estrenó saludando a un eurodiputado británico al grito de “Gibraltar español”, y que ha manifestado que los embajadores sean diplomáticos de carrera, les dijo a los periodistas la siguiente intriga: «Les voy a contar una anécdota muy conocida. Franco tenía una próstata extraordinariamente resistente y un general que no la tenía tanto se metió en el río con él y le preguntó, cuando ya no podía más: 'mi general, he oído que yo podía ser ministro'. Y Franco le contestó: 'pues yo no he oído nada'». Como bien podría saber el ministro García-Margallo, eso lo puede decir ahora, es lo que tiene la Memoria histórica, porque si se le hubiera ocurrido mencionar la próstata de Franco en vida del dictador le hubiera dictado, a la media hora, una orden de dimisión que inmediatamente hubiera recibido a través de un motorista. Obviamente la ocurrencia de aquel general que preguntaba por lo suyo, poca importancia represiva tendría, porque también entre generales como entre bomberos no hay que pisarse la manguera. La cosa es que hasta el momento nada se sabe de Trillo, al que tanto le debe el P.P., dicen que está estudiando inglés a marchas forzadas, y pronto veremos donde lo colocan. Puedo dar fe de que el cartagenero hace unos excelentes michirones, hasta ahí puedo leer. ¡Viva Honduras” o ¡Manda güevo! Al ministro José Manuel García-Margallo le va la marcha y tiene muy claro que los Institutos Cervantes tienen que seguir en su ministerio de Exteriores, desde las FAES le han querido marcar una hoja de rutas de nombramientos y no se ha dejado doblegar.
Otro asunto es el del ministro de Educación José Ignacio Wert que ha metido la gamba, dos veces en una semana, qué diría la caverna mediática si hubieran sido las Bibianas o Pajines. La pasada semana en su comparecencia en el Congreso “achacó, al menos en parte, las altas cifras de fracaso escolar en Ceuta y Melilla a una avalancha de marroquíes, que no existe. Al parecer el ministro confundió a marroquíes con musulmanes españoles muchos de ellos desde hace varias generaciones. La otra gamba fue al hablar de la asignatura Educación para la ciudadanía y puso un ejemplo equivocado para argumental que la asignatura estaba enfocada al adoctrinamiento ideológico. Manifestó: “Los capitalistas son como ratones que corren en la rueda cada vez más deprisa: El capitalismo corre hacia el abismo. Pero ese abismo no es, como muchos marxistas imaginaron, su fin inevitable, que dará pasó al socialismo” Pues resulta que la cita y el texto que puso como ejemplo pertenece a un ensayo del profesor de Filosofía Carlos Fernández Liria, que no es un libro de texto ni un manual para el alumno, sino un ensayo en el que se ofrece una visión crítica de la citada asignatura. En fin yo no sé si el ensayo del profesor Carlos Fernández titulado: “Educación para la Ciudadanía. Democracia, capitalismo y Estado de derecho”, lo ha leído el ministro o si desde su gabinete le endilgaron la cita de marras. Si se la endilgaron ya debería de mandarle la dimisión al que corresponda con el conserje del ministerio. No deja de tener cierta gracia los ríos de tinta que se han vertido para criticar la Educación para la Ciudadanía. Ya no sé lo que hubiera ocurrido sí la hubieran llamado Educación para el populacho”. Y lo mismo me ocurre con los marxistas de la cita que tampoco sé si son de Groucho o de Marx. Eso lo que a veces me ocurre cuando oigo ciertas ocurrencias que me sacan mi lógico discurrir.
Desde un punto de vista conceptual resultan sorprendentes las mil y una interpretaciones, acerca de la crisis mundial que se ha instalado en nuestro sistema, son tantas y tan diversas que aún no sabemos ni cómo ni quiénes la crearon, excepto para bastantes reduccionistas que consideran que la culpa fue de menganito, que es algo así como coger el rábano por las hojas, y, que ya puestos, por la misma deducción: hasta podrían achacarle la culpona al cha-cha-cha.
Si no fuera porque esta crisis estructural, que no cesa, se está llevando por delante los pequeños ahorros de muchas familias y resulta dramática para los antiguos parados de larga duración y los de nuevo cuño, se podría hasta ironizar y decir: ¿Crisis? ¿Qué Crisis? Y sin embargo, ahí siguen los paraísos fiscales y un libertino y liberal mercado financiero sin regular, con sus productos tóxicos y especulativos.
Desde hace un tiempo he estado con la mosca detrás de la oreja, esperando a que en cualquier momento el motorista municipal tocara el timbre de mi puerta y me entregara la citación para ser presidente de mesa electoral; en las últimas ya lo fui. Creo que definitivamente no llegará.
En las primeras elecciones democráticas me tocó repetitivamente ser presidente de mesa una y otra vez; aquellas elecciones sí que eran una auténtica fiesta de la democracia. Y una y otra vez, repetíamos en las mesas electorales, el cura Antón, que era cura obrero, y un servidor que por entonces se sentía como el bachiller Sansón Carrasco, del Quijote. Afortunadamente en mi barrio ya hay más bachilleres, título requerido por lo visto para ser presidente de la cosa.
Ni el más optimista de los soñadores podía pensar, hace unos lustros, que la globalización de la información llegaría a cotas tan altas. Empezamos este vertiginoso siglo XXI presenciando, a tiempo real, la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, sin poder discernir sí lo que estábamos contemplando en la pantalla del televisor, sucedía en la realidad o era unos hechos de ficción.
Ahora, hace unos días, hemos asistido con la globalización de la información a la venganza contra Bin Laden, viendo la captura del autor intelectual de aquel episodio que conmovió al mundo; otra noticia más que ha vuelto a dar la vuelta al mundo en 80 segundos. Si ya hace un tiempo nos decía MacLuhan que: “una imagen vale más que mil palabras”, nunca este dicho sería más acertado si nos mostraran la foto de Bin Landen, muerto.
En este mundo globalizado hay noticias de las que uno, no se libra de ver o escuchar ni escondiéndose en el lugar más recóndito, pues de pronto, recibimos el impacto del bombardeo informativo por tierra, mar y aire, es decir: por prensa, radio y televisión. Una de esas noticias globalizadas, concretamente, a la que me quiero referir: ha sido el enlace de Guillermo y de Kate : la llamada boda del siglo. Al parecer la Monarquía británica ha salido fortalecida, después del gran éxito mediático del evento preparado minuciosamente, y los ahora duques de Cambridge han superado la revalida ofreciendo una imagen moderna. Sobre el mismo escenario, sobrevolaba el recuerdo de aquella boda de cuento de hadas, entre el príncipe Carlos y la princesa Diana. Esta noticia que en un principio no me decía ni fu ni fa, me la he tenido que tragar y sí no quería caldo, pues dos tazas. Oiga, que no quería, y al final hasta tenía más gula de ver más modelitos, más zapatos de damas y ya es que me pirrado con el desfile de pamelas y tocados. Ah, los tocados, dios santo: ¡Qué glamour!, ¡qué exuberancia!
¡Qué exuberancia! En mitad de la globalizada crisis económica. Entre cuentos de hadas, princesas y caperucitas rojas, desde luego que parecen éstos otros tiempos a aquéllos en los que Joaquín Sabina, cantaba: “Las niñas ya no quieren ser princesas, / y a los niños les da por perseguir/ el mar dentro de un vaso de ginebra/pongamos que hablo de Madrid”. Claro que tampoco la movida y la marcha del Madrid de entonces es la del Madrid de ahora. Quien lo probó lo sabe.
Ahora las niñas parecen que quieren volver a ser princesas, y mucho ha contribuido nuestra princesa Leticia, y las otras damas de las modernas monarquías escandinavas. Esa savia que está llegando a las monarquías, esa sangre plebeya que se mezcla con la regia azul y hereditaria, parece una nueva limpieza de sangre de las casas reales del siglo XXI. En mitad de esta galopante crisis que se ceba con los más pobres, curiosamente, a la princesa que le cantaba Serrat, tiene ahora más actualidad, de manera especial en esas casas en la que ninguno de sus miembros recibe un jornal; musitaba Serrat: Tú no, princesa, tú no. / Por Dios te lo juro: / tú no andarás de rodillas/ fregando pisos, / no acabarás hecha un zarrio/ como tu madre, / cansada de quitar mierda/ y de parir hijos.”
Curiosamente, desde hace varios meses, esperaba en mi estantería, la película de The Queen que dirige magistralmente Stephen Frears, y al azar, le llegó su momento. Frears cuenta la noticia de la muerte de la princesa Diana y la retirada de la reina Isabel II al palacio de Balmoral. El recién elegido primer ministro Tony Brair, ante las muestras de cariño de los ciudadanos, tiene que convencer a la reina para que regrese a Londres. El director retrata a una familia real en crisis, con el característico humor inglés, y nos muestra el cariño que los ingleses tenían por Diana. “la princesa del pueblo”, y hasta insinúa que pudo ser un accidente programado. Visto lo visto, se puede entender porque los laboristas Tony Brair o Gordon Brown no fueron invitados a la boda y sin embargo, sí, los conservadores Margaret Thacher y John Major.
Volviendo a la boda, ya me imagino, a las cientos de chicas, después de ver ese desfile de personajes, con su glamour, con sus pamelas y sus tocados. ¡Ah, los tocados!, ya me las imaginó con los sueños de ser princesa por un día. Precisamente Kate Middleton se prepara, a partir de ahora para volver a ser la princesa del pueblo, en un futuro inmediato. Mientras tanto, ni podrá comer marisco ni jugar al monopoly. En fin cosas raras de la realeza británica.
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Ni el más optimista de los soñadores podía pensar, hace unos lustros, que la globalización de la información llegaría a cotas tan altas. Empezamos este vertiginoso siglo XXI presenciando, a tiempo real, la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, sin poder discernir sí lo que estábamos contemplando en la pantalla del televisor, sucedía en la realidad o era unos hechos de ficción.
Ahora, hace unos días, hemos asistido con la globalización de la información a la venganza contra Bin Laden, viendo la captura del autor intelectual de aquel episodio que conmovió al mundo; otra noticia más que ha vuelto a dar la vuelta al mundo en 80 segundos. Si ya hace un tiempo nos decía MacLuhan que: “una imagen vale más que mil palabras”, nunca este dicho sería más acertado si nos mostraran la foto de Bin Landen, muerto.
En este mundo globalizado hay noticias de las que uno, no se libra de ver o escuchar ni escondiéndose en el lugar más recóndito, pues de pronto, recibimos el impacto del bombardeo informativo por tierra, mar y aire, es decir: por prensa, radio y televisión. Una de esas noticias globalizadas, concretamente, a la que me quiero referir: ha sido el enlace de Guillermo y de Kate : la llamada boda del siglo. Al parecer la Monarquía británica ha salido fortalecida, después del gran éxito mediático del evento preparado minuciosamente, y los ahora duques de Cambridge han superado la revalida ofreciendo una imagen moderna. Sobre el mismo escenario, sobrevolaba el recuerdo de aquella boda de cuento de hadas, entre el príncipe Carlos y la princesa Diana. Esta noticia que en un principio no me decía ni fu ni fa, me la he tenido que tragar y sí no quería caldo, pues dos tazas. Oiga, que no quería, y al final hasta tenía más gula de ver más modelitos, más zapatos de damas y ya es que me pirrado con el desfile de pamelas y tocados. Ah, los tocados, dios santo: ¡Qué glamour!, ¡qué exuberancia!
¡Qué exuberancia! En mitad de la globalizada crisis económica. Entre cuentos de hadas, princesas y caperucitas rojas, desde luego que parecen éstos otros tiempos a aquéllos en los que Joaquín Sabina, cantaba: “Las niñas ya no quieren ser princesas, / y a los niños les da por perseguir/ el mar dentro de un vaso de ginebra/pongamos que hablo de Madrid”. Claro que tampoco la movida y la marcha del Madrid de entonces es la del Madrid de ahora. Quien lo probó lo sabe.
Ahora las niñas parecen que quieren volver a ser princesas, y mucho ha contribuido nuestra princesa Leticia, y las otras damas de las modernas monarquías escandinavas. Esa savia que está llegando a las monarquías, esa sangre plebeya que se mezcla con la regia azul y hereditaria, parece una nueva limpieza de sangre de las casas reales del siglo XXI. En mitad de esta galopante crisis que se ceba con los más pobres, curiosamente, a la princesa que le cantaba Serrat, tiene ahora más actualidad, de manera especial en esas casas en la que ninguno de sus miembros recibe un jornal; musitaba Serrat: Tú no, princesa, tú no. / Por Dios te lo juro: / tú no andarás de rodillas/ fregando pisos, / no acabarás hecha un zarrio/ como tu madre, / cansada de quitar mierda/ y de parir hijos.”
Curiosamente, desde hace varios meses, esperaba en mi estantería, la película de The Queen que dirige magistralmente Stephen Frears, y al azar, le llegó su momento. Frears cuenta la noticia de la muerte de la princesa Diana y la retirada de la reina Isabel II al palacio de Balmoral. El recién elegido primer ministro Tony Brair, ante las muestras de cariño de los ciudadanos, tiene que convencer a la reina para que regrese a Londres. El director retrata a una familia real en crisis, con el característico humor inglés, y nos muestra el cariño que los ingleses tenían por Diana. “la princesa del pueblo”, y hasta insinúa que pudo ser un accidente programado. Visto lo visto, se puede entender porque los laboristas Tony Brair o Gordon Brown no fueron invitados a la boda y sin embargo, sí, los conservadores Margaret Thacher y John Major.
Volviendo a la boda, ya me imagino, a las cientos de chicas, después de ver ese desfile de personajes, con su glamour, con sus pamelas y sus tocados. ¡Ah, los tocados!, ya me las imaginó con los sueños de ser princesa por un día. Precisamente Kate Middleton se prepara, a partir de ahora para volver a ser la princesa del pueblo, en un futuro inmediato. Mientras tanto, ni podrá comer marisco ni jugar al monopoly. En fin cosas raras de la realeza británica.
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Ni el más optimista de los soñadores podía pensar, hace unos lustros, que la globalización de la información llegaría a cotas tan altas. Empezamos este vertiginoso siglo XXI presenciando, a tiempo real, la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, sin poder discernir sí lo que estábamos contemplando en la pantalla del televisor, sucedía en la realidad o era unos hechos de ficción.
Ahora, hace unos días, hemos asistido con la globalización de la información a la venganza contra Bin Laden, viendo la captura del autor intelectual de aquel episodio que conmovió al mundo; otra noticia más que ha vuelto a dar la vuelta al mundo en 80 segundos. Si ya hace un tiempo nos decía MacLuhan que: “una imagen vale más que mil palabras”, nunca este dicho sería más acertado si nos mostraran la foto de Bin Landen, muerto.
En este mundo globalizado hay noticias de las que uno, no se libra de ver o escuchar ni escondiéndose en el lugar más recóndito, pues de pronto, recibimos el impacto del bombardeo informativo por tierra, mar y aire, es decir: por prensa, radio y televisión. Una de esas noticias globalizadas, concretamente, a la que me quiero referir: ha sido el enlace de Guillermo y de Kate : la llamada boda del siglo. Al parecer la Monarquía británica ha salido fortalecida, después del gran éxito mediático del evento preparado minuciosamente, y los ahora duques de Cambridge han superado la revalida ofreciendo una imagen moderna. Sobre el mismo escenario, sobrevolaba el recuerdo de aquella boda de cuento de hadas, entre el príncipe Carlos y la princesa Diana. Esta noticia que en un principio no me decía ni fu ni fa, me la he tenido que tragar y sí no quería caldo, pues dos tazas. Oiga, que no quería, y al final hasta tenía más gula de ver más modelitos, más zapatos de damas y ya es que me pirrado con el desfile de pamelas y tocados. Ah, los tocados, dios santo: ¡Qué glamour!, ¡qué exuberancia!
¡Qué exuberancia! En mitad de la globalizada crisis económica. Entre cuentos de hadas, princesas y caperucitas rojas, desde luego que parecen éstos otros tiempos a aquéllos en los que Joaquín Sabina, cantaba: “Las niñas ya no quieren ser princesas, / y a los niños les da por perseguir/ el mar dentro de un vaso de ginebra/pongamos que hablo de Madrid”. Claro que tampoco la movida y la marcha del Madrid de entonces es la del Madrid de ahora. Quien lo probó lo sabe.
Ahora las niñas parecen que quieren volver a ser princesas, y mucho ha contribuido nuestra princesa Leticia, y las otras damas de las modernas monarquías escandinavas. Esa savia que está llegando a las monarquías, esa sangre plebeya que se mezcla con la regia azul y hereditaria, parece una nueva limpieza de sangre de las casas reales del siglo XXI. En mitad de esta galopante crisis que se ceba con los más pobres, curiosamente, a la princesa que le cantaba Serrat, tiene ahora más actualidad, de manera especial en esas casas en la que ninguno de sus miembros recibe un jornal; musitaba Serrat: Tú no, princesa, tú no. / Por Dios te lo juro: / tú no andarás de rodillas/ fregando pisos, / no acabarás hecha un zarrio/ como tu madre, / cansada de quitar mierda/ y de parir hijos.”
Curiosamente, desde hace varios meses, esperaba en mi estantería, la película de The Queen que dirige magistralmente Stephen Frears, y al azar, le llegó su momento. Frears cuenta la noticia de la muerte de la princesa Diana y la retirada de la reina Isabel II al palacio de Balmoral. El recién elegido primer ministro Tony Brair, ante las muestras de cariño de los ciudadanos, tiene que convencer a la reina para que regrese a Londres. El director retrata a una familia real en crisis, con el característico humor inglés, y nos muestra el cariño que los ingleses tenían por Diana. “la princesa del pueblo”, y hasta insinúa que pudo ser un accidente programado. Visto lo visto, se puede entender porque los laboristas Tony Brair o Gordon Brown no fueron invitados a la boda y sin embargo, sí, los conservadores Margaret Thacher y John Major.
Volviendo a la boda, ya me imagino, a las cientos de chicas, después de ver ese desfile de personajes, con su glamour, con sus pamelas y sus tocados. ¡Ah, los tocados!, ya me las imaginó con los sueños de ser princesa por un día. Precisamente Kate Middleton se prepara, a partir de ahora para volver a ser la princesa del pueblo, en un futuro inmediato. Mientras tanto, ni podrá comer marisco ni jugar al monopoly. En fin cosas raras de la realeza británica.
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Después de esta luenga cuesta de fin enero recién finiquitada, con la crisis de la crisis que se resiste al ser coronada; en un día de nubes grises y plúmbeas, me acabó de comprar un libro que me ha dejado frito y gélido el bolsillo, y, que sin embargo me ha contentado y calentado el alma. Una pura contradicción, puede que en ocasiones, como la vida misma. Como mismamente, puede que esta nota escrita en día grisáceo, usted la lea en una luminosa y azulada mañana. Así es la vida.
Me acabo de comprar el libro titulado: “Antonio López. Dibujos”, que pesa varios kilos y que vale 50 euros y qué como dice por megafonía el gitano que vende tres toallas a un euro: ¡Merece la pena! Es un hermoso libro.
En el estéril debate de sí el libro analógico sustituirá al de papel, el libro que ahora tengo entre mis manos, no tiene debate. Este libro, de gran formato, sobre el proceso creativo del artista es un libro para observar y leer y hasta para oler y oír el susurro de las páginas al pasar, en el cual, el tacto, el oído y la vista, se recrea. En la elaboración de este libro tan cuidadosamente editado, en la que ha participado el pintor, como complemento a la gran parte gráfica, nos encontramos con un sucinto y apasionado texto del artista y con un brillantísimo y sutil escrito de Francisco Calvo Serraller, a modo de ensayo, que nos da todas las claves para entender las pautas creativas de Antonio López.
Como berlanganiano que soy os debo una explicación y os la voy a dar: hace unos meses en una tertulia ocasional platicábamos de cine y de pronto la conversación se encasquilló al preguntarnos los concurrentes si García Berlanga vivía o estaba muerto. Ninguno tuvo la certeza de afirmar una cosa u otra, a vuelapluma poco importó, y seguimos hablando de la extensa filmografía de don Luís y de su personalidad y su carisma; uno glosó sobre el carácter erotómano y fetichista y la colección “La Sonrisa Vertical” que dirigió; otro eligió el tema de cómo podía sortear Berlanga a la censura de entonces con películas tan sutiles como “El Verdugo”, en la que se resaltaba el trabajo de Rafael Azcona como guionista, o de ¡Bienvenido Mister Marshall”, en la que participaron Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura, que aunque la versión original había recibido algunos cortes, era toda un critico canto de epifanía al llamado Plan Marshall: “Americanos os recibimos con alegría..Viva tu madre, Viva tu Tía. Y por último el menor hablador de los tres participantes de esa improvisada tertulia se destapó parlando sin parar, y ya no dejando hablar a nadie, se disparó contando las estructuras corales de los filmes “Patrimonio Nacional”, de “La Vaquilla” y de “Todos a la Cárcel”; hasta que se disolvió la tertulia con la llegada de un cuarto personaje al que todos después de saludar, esquivaron. Ahí, quedo el asunto.
Sin embargo, el asunto y el dilema de sí Berlanga vivía o no; desafortunadamente volvió a surgir, al tiempo, de manera imprevista y ya sin vuelta de hojas ni recovecos. La noticia estaba en todos los medios de comunicación: “Berlanga, había muerto”. Curiosamente unos días antes yo había vuelto a ver dos extraordinarias películas, que con mucha intensidad me habían despertado la memoria llevándome en volandas a los territorios sentimentales de mi adolescencia, a la España en blanco y negro. La primera película era “Calabuch” y trataba del profesor Halmiton, un sabio un pelín chiflado que pensaba que las bombas atómicas de hidrógeno, de cobalto, eran buenas para la humanidad y que huyó al descubrir que se había equivocado y se llevó la fórmula de su inventó a un pequeño y apacible pueblo mediterráneo en el que podía vivir y morir en paz, esta película me llevaba al cine neorrealista italiano y por asociación de ideas al mejor Cesare Pavese e Italo Calvino. La otra era “Plácido”, esta película sí que había dejado marcas en mi memoria en aquella fase en la que uno tomaba conciencia de lo que era la justicia social y lo que era la caridad. Les recuerdo la sipnosis: “En una pequeña ciudad de provincia, unas señoras aficionadas a hacer la caridad inventan una campaña navideña bajo el lema “Cene con un pobre”, piensan que es bueno invitar a cada menesteroso a las mesas de las familias pudientes y darle el afecto de una familia para su ánimo. Se contrata a Plácido, que viene con su motocarro para participar en la cabalgata organizada dentro del programa de la fiesta. Acepta, pero se da cuenta de que le vence aquel día una de las letras a través de las cuales está pagando su motocarro”. Y “Placido”, ese gran peliculón me llevó sin querer a Vittorio De Sica y al gran Federico Fellini. Ese “Plácido que como todo gran clásico se torna moderno y contemporáneo. ¿Se imaginan, en estos tiempos de crisis de la crisis, si a alguna organización o entidades en fomentar obras pías, se le ocurre montar una nueva campaña navideña de “Cene con un pobre”? Que cada uno y cada una y cada cual saque sus propias conclusiones. Ahora que todas las noches se encienden las luces esplendentes, esta película me lleva a la otra: “Qué bello es vivir” de Frank Capra, mi preferida por Navidad, y me enternece ver al abrumado y pequeño banquero que de después de la desaparición repentina de un gran cantidad de dinero se intenta suicidar, acosado por la codicia del gran banquero que lo quiere llevar a la ruina; que gran papel el de de James Stewart y que gran lección para ese capitalismo sin alma que ha perdido el humanismo, para ese capitalismo salvaje y para esas teorías de los nuevos conservadores que nos llevan a la ruina, a algunos de éstos si toman la fatal decisión no lo salva ni el más viejo ángel, por no decir ni Dios, que ansíe tener sus alas. Supongo; al menos en la película.
Mister Berlanga era todo un getleman, con una socarronería y un lucido sentido de la ironía y un humor mediterráneo inigualable; lo pude comprobar en una de aquellas Semanas de Cine Español, que cada año se celebraban en Murcia por los ochenta, en las que yo colaboré. Por cierto aquellas semanas de cine sí que eran lo mejor de lo “No Typycal” que por estos pagos hemos tenido y gozado. En una de esas semanas, creo que se le hizo un homenaje y por aquí estuvo Berlanga unas jornadas. En uno de esos días no habíamos vistos varias veces y al anochecer me lo encontré de nuevo y traté de hacerme el disimulaó. Iba yo por una acera, calle de Correos abajo y él venía por la otra acera, calle arriba. De pronto se quitó el sombrero y me llamó a voz en grito y me dijo: ¡Eh, eh, buenas noches!, ¿Es qué no me conoces? Así era el maestro Berlanga. Y ahora, después de un tiempo lo hecho de menos, de manera que como alcalde que no soy, ni siquiera pedáneo, os debía una explicación, y os la acabo de dar.
La noticia de la muerte de Enrique Morente que nunca debió de ser noticia la recibí como un golpe helado como un hachazo invisible al más puro estilo hernandiano, de pronto sentí que se me había muerto un amigo a quien tanto quería. Enrique y Miguel, Morente y Hernández forman un binomio sentimental de una parte muy importante de mi vida, desde que la voz y la poesía se fundieron en el homenaje discográfico que el maestro Morente le hizo al poeta de Orihuela en 1971.
Morente ha sido uno de los grandes del flamenco de los últimos tiempos, para mí el más grande, el gran revolucionario de los cantes desde el más puro conocimiento de la historia de la flamencología, bajando al pozo del clasicismo y empapándose sin prisas, bebiendo sorbo a sorbo la esencia, para después darse por entero hasta entregarse, ha recorrido un intrincado camino, a veces con muchas bifurcaciones, hasta que encontró el estilo y el espíritu de su voz.
Enrique Morente tenía la llave de los cantes, desde su conocimiento enciclopédico, por eso desde los cánones con su innata genialidad se adentraba en la fusión de los compases y los tercios jondos con otras músicas, sin perder nunca un ápice de flamencura, como un heterodoxo que buscara el más allá, sin perder nunca el norte de lo más puro, desde un sentido ortodoxo. No hay contradicción, cuando las cosas se hacen desde el conocimiento y la verdad: uno puede amar al pintor Velázquez y querer ser un Picasso de su tiempo. Si observamos la historia del Flamenco, desde principios del siglo pasado, con esas dos escuelas: la del don Manuel Torre y la don Antonio Chacón, esa misma historia se repite con los dos genios del reciente tiempo. Enrique Morente viene a representar a la escuela de don Antonio Chacón y Camarón de la Isla representaría la gran siguiriyero Manuel Torre. A su vez, en este caso, las dos maneras diferenciadoras de cantar propiamente con ese rajo tan especial; la de manera de los payos y las de los cales. Dos concepciones que se igualan en la genialidad ya sin matices.
Si el Flamenco es una forma de vivir, Morente era el Flamenco. Enrique era el gran intelectual del flamenco si ser propiamente un intelectual. A través de su ciencia infusa y de su condición de humilde de autodidacta le llegaban los cantes como revelados. Y así llegó a ser el gran maestro de maestros por su magisterio sencillo, por su forma de dar y de darse era un auténtico Sócrates del Flamenco.
Desde mi condición de comentarista, como a mi me gusta, o critico de flamenco como otros me llaman, he tenido la ocasión de reseñar muchas actuaciones de este gran genio. Y ninguna me ha dejado indiferente, siempre había algo nuevo en sus cantes, era algo así como ir a ver torear a Curro Romero o Rafael de Paula. Las actuaciones de Morente tenían ese halo espiritual porque él nunca dejaba de aprender y siempre subía al escenario como si fuera un joven a punto de empezar. Y de pronto, en las últimas actuaciones surgía el misterio, Morente cantaba los tercios de un cante con el compás de otro, como un domador de leones como un encantador de serpientes, mezclaba las letras clásicas, y no sabías que estaba cantando, y aquello sonaba a cante grande. Y encima era una persona educada, sencilla y la mar de divertida con un sentido de la ironía y del humor creativo e inigualable, lo que le hacía un gran personaje.
Desde muy joven ya me adscribí a la cofradía de aquella minoría selecta de morantianos que disfrutábamos con cada nueva entrega, con cada nuevo experimento y creación del maestro, por lo que obviamente todos aquellos a los que no les gusta Morente, pueden considerar parciales mi comentario, con toda la razón. Lo mío con Morente ha sido, es, y seguirá siendo pura devoción. A principios de los 90, estaba calentando motores en los camerinos de La Unión para cantar en el Festival de las Minas, con los rasgueos del maestro Juan Carmona. Afinaba la garganta y mientras tantos se iba cambiando de camisas; tenía tres: una floreada, otra lisa de color verde y otra negra. Al final eligió la negra. Les dije: “Os pongo un trago”. Y Morente miró al gran Habichuela y exclamó respetuosamente: “Bueno por mí, pero lo que diga el maestro Juan”. Y el maestro Juan, muy solemne, dijo: “Vale, ponnos unos buchitos de güisqui”. Así era el maestro respetando por edad a otro maestro. No me gusta escribir sobre la muerte reciente de los personajes a los que admiro, prefiero dejar un tiempo, en esta ocasión no sucede así, que el maestro me lo perdone cuando esté junto al coro de los serafines. Descanse en paz.
Para ponerle la guinda a la más que interesante y potente programación de espectáculos de la Semana Grande de CajaMurcia, qué mejor que una de las grandes voces del panorama lírico internacional, para clausurarla, a lo grande. Con mucha expectación se esperaba la actuación de gran soprano Violeta Urmana en los ambientes operísticos y musicales, junto al tenor Alfredo Nigro, a lo que les acompañaban la Orquesta Sinfónica de la Región, dirigida en esta ocasión especial por el compositor Miguel Ángel Gómez.
Con todas las localidades agotadas, con todo un gran amplio abanico de la sociedad, casi nadie se quiso perder el gran acontecimiento musical. Como no podía ser de otra manera, ahí estaban la mar de Juan Antonio Campillo e Ignacio Iztiaga, así como el gerente de la Fundación, Pascual Martínez. Y entre los muchos poltíticos se podía ver a los consejeros de la comunidad Autónoma, Inmaculada García, de Economía y Hacienda y Juan Antonio Bascuñana, de Política Social, así como al concejal de Urbanismo del ayuntamiento de Murcia, Fernando Berberena.
Tampoco se quisieron perder el gran acontecimiento el rector de la Universidad de Murcia, Jose Antonio Cobacho, el presidente de la Audiencia de Murcia, Andrés Pacheco y Enrique Quiñonero, magistrado del TSJ de Murcia, o el secretario general de la U:G,T de la Región de Murcia, Antonio Jiménez, así como Begoña García Retegui ,la candidata a presidenta a la próximas elecciones en Comunidad Autónoma, el economista José Ignacio Gras, o el presidente territorial de contentos, la plana mayor de CajaMurcia: Carlos Egea, su presidente; los subdirectores generales la CAM, Angel Martinez.
El primer disco que tuve fue “Ara que tinc vind anys” de Joan Manuel Serrat y llegó a mis manos por arte de birlibirloque, a través de un circunvecino. Su padre que era camionero y que hacia viajes a Barcelona lo había traído sin ningún motivo aparente, vaya usted a saber de donde había salido aquel vinilo, y su hijo me lo cambió por un par de peonzas.
En un lugar preferente de mi habitación estuvo expuesto aquel disco con la cara de un Serrat en la portada que parecía observarme. No lo pude escuchar durante meses, no tenía tocadiscos.
Al cabo de un tiempo, a mis catorce años, hice mi primer viaje a Barcelona y allí descubrí el mundo y la modernidad, desde la atalaya de las casas de mis primos que habían emigrado, y la vida de aquellos charnegos que después veía retratados en las magnificas novelas de Juan Marsé. Aquel viaje iniciático desde la tranquila provincia al bullicio de la gran ciudad me hizo cambiar la percepción de las cosas, de las gentes y de la multitud en el Camp nou. No me pregunten de qué equipo soy. Al regresar, tras el largo verano, mi santa madre se había metido en la aventura de comprarme un tocadiscos y dos microsurcos, uno de Miguel Ríos, otro de Adriano Celentano, que pagaría en doce meses mensuales de 125 pesetas que parecían y eran una millonada. Por fin pude oír “Ara que tinc vind anys”. Y esas cosas no se olvidan, como tampoco el primer amor y el beso que nunca dimos, eso no se olvida y ahí está en el recuerdo como la primera vez que vimos la inmensidad del mar, con la sorpresa, con el mismo asombro que los habitantes de Macondo contemplaron el hielo por vez primera que le trajo Melquíades.
Cada concierto de Paco de Lucía se transforma en una gran fiesta flamenca, en un gozo inigualable ético y estético para los sentidos, y como no podía ser de otra manera en el Auditorio de Murcia, con el recuerdo de su soberbio recital en el último Festival del cantes de las Minas de La Unión, se le esperaba con ganas y con todo el papel vendido.
Nada más salir al escenario ya recibió un atronador aplauso; comenzó a templar la guitarra y de repente una voz sonora, exclamó: “monstruo”. A la que Paco, siempre parco en palabras sobre el escenario, le respondió con guasa gaditana: “Eso me lo dices después en la calle”. Ahí estaba plantado, solo ante el peligro escénico, toda una leyenda viva, todo un referente mundial, para muchos la mejor guitarra de todos los tiempos del flamenco. Nos llegaba Paco de Lucía, a punto de cumplir los 63 años, del Teatro Real de Madrid, en la que había ejercido de embajador ante la candidatura presentada ante la UNESCO para declarar el flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, que apoyan conjuntamente Andalucía, Extremadura y Murcia.
Domingo, 12 de febrero
Paulino Toribio
Julián Moreno Mestre
Antonio García Fuentes
Juan Fernandez Krohn
Padre Fortea
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Atticus-444
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Chris Gonzalez -Mora
Juan Granados