
No es una novedad que el Partido Popular dé su apoyo y respaldo al Gobierno de la Nación en materia de lucha antiterrorista; de hecho, no recuerdo momento en el que se haya mantenido otra postura desde Génova 13. Lo que parece más que lógico es que, si realmente lo que quiere el Ejecutivo socialista es aniquilar a la ETA, lo primero que ha de hacer es proceder a la ilegalización inmediata de todas aquellas organizaciones políticas que no son sino satélites al servicio de los terroristas.
Mientras ANV goza de representación institucional en numerosos consistorios vascos y navarros, el PCTV tiene presencia en el Parlamento de Vitoria. Muchas son ya las pruebas en contra de esta gentuza, sin que hayamos de ceñirnos simplemente a la no condena permanente de asesinatos, extorsiones y violencia callejera.
Lo que ha de instarse no es sólo evitar que vuelvan a concurrir en las próximas elecciones, sino que habría de disolver los mencionados grupos municipales y parlamentarios. Porque sería de chiste contemplar cómo alguno de ellos se cuela en el Congreso de los Diputados o en el Senado el próximo mes de marzo.
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Quien con niños se acuesta, mojado se levanta, ya lo saben. Y por ello a nadie pueden sorprender las crisis abiertas en los últimos tiempos con Marruecos y Venezuela. Se trata de la prueba más palpable y sintomática del estado por el que atraviesan las relaciones diplomáticas actuales del Reino de España, dirigidas por Zapatero y Moratinos (en muy poco se les unirá Buenafuente, no lo duden).
Lo más sangrante y triste de todo ello es darnos de bruces con la patética imagen que nuestro Gobierno ofrece en el exterior, sin apenas conocimientos del funcionamiento diplomático, y sin capacidad de reacción ante los problemas más elementales y básicos que pueden planteársele a cualquier país; pero es que cuando esto sucede, lo hacen tarde y mal.
El problema del Gobierno de Rodríguez Zapatero es que carece de una planificación en materia exterior que mostrarnos a los ciudadanos de este país; ahora, siempre habrá lugar para la sonrisa, la bromita, la carcajada, el talante, y para prestarse a comicadas como la de la pasada semana, en el programa de La Sexta, que precisamente dirige y presenta el humorista Buenafuente.
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El proyecto de Constitución del dictador venezolano Hugo Chávez ha enfrentado a la sociedad hasta tal punto que miles de personas han salido a las calles de Caracas y otras ciudades del país en señal de protesta.
La única intención del gorila rojo es la de afianzar por las buenas o por las malas el llamado “socialismo del siglo XXI” con un proyecto de Constitución que da un giro de 180 grados a las instituciones venezolanas y a la administración de ese bello país caribeño. Dicho texto está siendo debatido estos días en la Asamblea Nacional, dado que ha de aprobarse en referéndum el próximo 2 de diciembre.
Y es que el principal motivo que lleva a Chávez a esta modificación constitucional es el de perpetuarse y apuntalar su régimen, restando posibilidades a sus miles y miles de detractores, disidentes y opositores. Todo ello a base de restringir al máximo las libertades individuales, parapetándose en una necesario avance de la justicia social.
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Piensa el dictador venezolano Hugo Chávez que el mero hecho de que en su país se celebren unas elecciones cada cierto tiempo supone que en Venezuela está establecido un sistema democrático con todas las de la ley. Y es que una democracia liberal se caracteriza, fundamentalmente, no sólo por escoger representantes en el Parlamento o en el Gobierno periódicamente, sino por vetar ciertas conductas y ciertos excesos; o dicho de otra forma, limitar el poder que éstos ejercen sobre los individuos. Se establece así una balanza en el que el contrapeso de dicho poder no interfiera en las libertades individuales; y no digamos si nos referimos a una cuestión primordial como son los Derechos Humanos.
Bajo esa denominación de “democracia” se parapetan dictaduras al más puro estilo bananero, que lo único que consiguen es esconder bajo sus faldas verdaderos regímenes dictatoriales. La última de Chávez ha sido acelerar un claro proceso hacia la voladura controlada de la sociedad civil venezolana a través de maniobras de nacionalización empresarial, como pretende su homólogo boliviano, Evo Morales. Todo ello con el catalizador de la supresión de ciertos medios de comunicación.
Otro escenario preocupante sigue siendo Cuba; nos encontramos en fechas de la celebración del 105 aniversario de su independencia, motivo de felicitación, como así lo hiciera George Bush, no sin dejar de desear para la Isla un futuro de dignidad, derechos humanos, libertad y oportunidades.
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El próximo 27 de mayo, Tony Blair pondrá un punto y a parte a su dilatada vida política, pero a buen seguro que esta circunstancia no supondrá un punto de inflexión en relación a las políticas que seguirán los británicos durante los próximos años. A pesar de los numerosos desaciertos que Blair haya podido cometer durante su mandato, lo cierto es que han sido muchos más los réditos obtenidos por ese país y por el conjunto del continente europeo de rebote.
Es digno de elogio que Blair, socialista convencido, decidiera, desde el mismo momento de su llegada a Downing Street, defender a ultranza el desarrollo de una izquierda moderna, y es indudable que para ello no podía prescindir del legado de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, preludio de un liberalismo conservador que ha extendido sus raíces por varios países, entre los cuales estuvo la España presidida por José María Aznar (1996-2004).
Solamente dilapidando el intervencionismo del Estado sobre los asuntos económicos es alcanzable un bienestar social pleno, papel que han de asumir ineludiblemente los ciudadanos desde la sociedad civil en todas sus expresiones.
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La fotografía del Presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, ante el paso de la bandera de los Estados Unidos durante el transcurso del último desfile de las Fuerzas Armadas del 12 de octubre en Madrid, día de la Hispanidad, fue bien distinta a la de aquélla en la cual, en un gesto de desprecio sin precedentes, permaneció sentado, como inmovilizado, en la tribuna de autoridades, mostrando de esta forma su antiamericanismo más rancio y casposo, al estilo caribeño de Evo Morales, Hugo Chávez o Fidel Castro.
En esta ocasión, el mantenerse levantado, al tiempo que ausente (bien es cierto que sin atreverse a mirarla fijamente en ningún momento), no sólo respondía a un estéril intento de subsanar el desencuentro diplomático ocasionado hace años; ahora hemos sabido los españoles que la pretensión del Ejecutivo nacional-socialista de Zapatero no es otro que el de dar un golpe de timón a su errática política exterior, por lo menos en relación al Centro y al Sur de América.
El descrédito internacional generado por el Gobierno español desde la marcha de José María Aznar y del Partido Popular ha estado motivado, principalmente, por un exagerado sentimiento “anti-yanki” propugnado a los cuatro vientos por los socialistas tras su llegada al poder gracias a los atentados del 11-M en Madrid, los cuales se niegan a esclarecer, vetando cualquier tipo de iniciativa parlamentaria al respecto.
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A finales de agosto pasado, la senadora Dilian Francisca Toro, presidenta del Senado de Colombia, se declaró partidaria de permitirle a Raúl Reyes, el actual dirigente de las Farc, "acudir a hablar de paz" en el Capitolio nacional, pues ello constituiría, según ella, “la apertura al acuerdo humanitario y a la paz”. Para Dilian Francisca Toro tal “conversación” con Raúl Reyes podría incluso ayudar a la “reconciliación definitiva” en Colombia.
Sin hacerse rogar, el jefe insurgente respondió a través de una revista bogotana que estaba dispuesto a acoger esa brillante iniciativa. A velocidades asombrosas, y a espaldas del país, Dilian Francisca Toro redobló sus esfuerzos para que tal encuentro fuera rápidamente un hecho.
Antes de que la opinión pública y los legisladores tuvieran tiempo para discutir sobre la conveniencia y la legitimidad de semejante encuentro, los medios anunciaron que éste estaba a punto de cristalizar: la Comisión de Paz y el grupo Acuerdo Humanitario del Senado se había reunido para discutir --no si era razonable invitar a ese individuo al Congreso--, sino acerca de las “medidas de seguridad” que deberían ser tomadas para proteger la vida y la libertad del citado personaje durante su eventual incursión en la capital del país.
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En la madrugada del 13 de julio de 1994, un remolcador atestado de disidentes cubanos, hombres, mujeres y niños, escapaba a oscuras de las aguas cubanas en dirección a Estados Unidos. Sorprendido por las autoridades cubanas, fue embestido repetidamente por varios barcos hasta hundirse con sus aterrorizados ocupantes a bordo. Resultado, cuarenta muertos, diez de ellos niños. Pues bien, éste es el Castro mimado en nuestras televisiones. Su régimen viene marcado por el terror desde el principio; entre Castro y el Che Guevara, sádico y analfabeto intérprete del comunismo, convirtieron la represalia asesina en dogma del nuevo régimen.
Así, para los disidentes y represaliados de la isla, Castro es el cruel dictador que aterroriza casa por casa y barrio por barrio; implacable, rencoroso, sin asomo de piedad. Pero además, para los gobernantes y políticos extranjeros, Castro aparece como un tipo sosegado, con las ideas claras y muy, muy listo. El único logro de Castro en decenios de dictadura ha sido saber tomarle el pulso a los países occidentales, a sus políticos y a sus sociedades. Da igual que su fortuna se calcule entre las primeras del mundo mientras su pueblo se muere de hambre y sólo come arroz y alubias, alubias y arroz. O que los episodios de crueldad salvaje se acumulen en su haber: Castro tiene una inexplicable vitola de estadista mundial.
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Las buenas noticias son que el dictador en el poder más longevo de Iberoamérica, Fidel Castro, podría enfrentarse pronto a su desaparición tanto política como física. Las malas noticias es que podría ser reemplazado por un hombre fuerte latinoamericano más joven, más ambicioso y más peligroso.
No, no hablamos de Raúl, el hermano de Fidel, aunque haya tomado las riendas del poder cubano por el momento. Es el presidente venezolano Hugo Chávez por el que deberíamos estar preocupados.
Chávez, que ha sido el aprendiz político de Castro durante años, se ve a sí mismo listo y bien posicionado para seguir con el legado revolucionario de Fidel, liderando a América Latina y a otros en una cruzada antiyanqui.
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Así como cambió varios símbolos patrios, Chávez debería cambiar el himno de su gobierno. Después de todo, no se anda con pequeñeces. Al anunciar su actual gira mundial, empezando en la Cumbre del Mercosur de Córdoba, para luego seguir a Rusia, Bielorrusia, Irán, Qatar, Vietnam y otros países, declaró que se trata de un "esfuerzo por salvar al mundo de tantas amenazas y guerras, de tanta hambre y miseria". Chávez se siente que es un salvador, se siente un verdadero dios.
Claro que parece un dios destructor, al estilo Lucifer. "Oigan esto, un F-16 puede lanzar un misil a una distancia máxima de 70 kilómetros, [pero el Sukhoi 30 alcanza] 200 kilómetros", se jactaba el presidente venezolano al explicar su decisión de comprar 24 de esas aeronaves rusas de destrucción.
Entonces, para su nuevo himno, debería contratar a "Los Pibes Chorros", una banda musical que causa polémica en Argentina porque sus canciones ensalzan a los delincuentes, pero están muy acorde con la situación de los "boli amigos" de Chávez. "Pibes", en lunfardo porteño, significa niños y "chorros" significa ladrones.
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