Tanto demócratas como republicanos coinciden en cuanto al futuro de las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán; así se ha venido poniendo de manifiesto a lo largo y ancho de la campaña presidencial que tendrá lugar este 2008.
En fechas recientes el Presidente Bush ya optó por descoser -aunque no romper- con el General Musharraf, debido a su falta de determinación y debilidad frente al terror y la situación que Pakistán debería de haber afrontado de forma inminente.
Bien es cierto que la relación entre las administraciones norteamericana y pakistaní fueron siempre débiles y no estuvieron exentas de tiranteces, pero se optó por mantener una situación que se pensaba era la mejor dentro del desalentador panorama existente.
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Ya son más de 3.500 a día de hoy los soldados estadounidenses que han perecido en suelo irakí. Una cosa es que todavía se sigan poniendo en duda las razones que desencadenaron la batalla, y sobre todo la estrategia puesta en marcha por el Pentágono a partir del derrocamiento de Sadam Hussein en 2003, esto es, durante la posguerra; pero lo que en ningún caso ha de producirse es la aberrante politización de dichas muertes llevada a término desde altas instancias, no sólo norteamericanas, sino también europeas.
Más bien, habría de hacerse todo lo contrario: alabar la profesionalidad y ejemplar actitud de un ejército que, a pesar de haber sido desahuciado y abandonado por la gran mayoría de países aliados, continua dando la cara por la libertad y por la defensa de los derechos de millones de personas en todo el Mundo. ¿Hemos de recordar, llegados a este punto, que hablamos del mismo ejército y de los mismos soldados que ya en su momento libraron a Europa de las garras del más feroz de los totalitarismos?
Desde diversos medios de comunicación de la progresía estadounidense cercanos al Partido Demócrata, como sucede con el New York Times y con el congresista Jack Murtha, respectivamente, se insiste en politizar dichas muertes. Muchos menos soldados norteamericanos han fallecido con motivo de las guerras de Irak o Afganistán en acto de combate, que a lo largo de toda la historia militar de los EEUU.
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La figura del senador independiente Joe Lieberman, ha sido una de las más controvertidas en los últimos tiempos en Estados Unidos; recordemos cómo con motivo de la intervención de las fuerzas norteamericanas en suelo irakí, Lieberman practicó una defensa a ultranza de dicha guerra y de las políticas en esta materia de George W. Bush, lo cual le costó el repudio más contundente por parte del Partido Demócrata, su propio grupo político.
Lo cierto es que a nadie se le escapa el gravísimo peligro que Irán entraña para la comunidad internacional y la seguridad mundial y, en concreto, para la estadounidense. Desde el Partido Demócrata, al otro lado del Atlántico, se suceden las voces requiriendo la retirada de las tropas norteamericanas de Irak; por otro lado, también hemos sido testigos de cómo Colin Powell -ex jefe de la diplomacia norteamericana en el primer mandato de Bush- se desmarca solicitando el cierre de la prisión militar de Guantánamo en la Isla de Cuba y el traslado de los casi cuatrocientos prisioneros en ese recinto a Estados Unidos..
En estos momento se hace más necesario que nunca la iniciativa de EEUU contra Irán; habría de valorarse concienzudamente un ataque militar contra este país, entre otras cosas, para evitar que se sigan entrenando terroristas que posteriormente se encargan de asesinar a soldados estadounidenses.
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Lo repiten una y otra vez. Ahora vamos en "operaciones de paz", ya no hacemos la guerra. Nuestros soldados actúan bajo el mandato de Naciones Unidas, no en acciones unilaterales. El que la historia reciente muestre exactamente lo contrario no es problema, ni ellos están muy leídos en dicha disciplina ni les importa demasiado. Confían en que los electores tengan tan poco interés como ellos y que la música les guste. Sin embargo, la realidad es terca y no se deja domar por monsergas partidistas.
El término "operación de paz" no pertenece al vocabulario literario sino al técnico. En realidad recoge un abanico de misiones que tienen en común dos cosas, que la fuerza es de Naciones Unidas o está auspiciada por dicha Organización y que tiene como objetivo el logro de la paz. Para la consecución de este fin cabe el uso de la fuerza, en particular en las denominadas operaciones de "imposición de la paz". No son unidades pacifistas, son formaciones militares en acciones específicas de su propia condición armada.
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19.09.06 @ 09:46:08. Archivado en Oriente Medio
El Papa Benedicto XVI no es infalible más que cuando habla ex catedra, pero sus palabras sobre la jihad no han sido equivocadas. La interpretación que el mundo musulmán actual hace de la "guerra santa" auspiciada por el Corán no es la quietista o de superación individual, sino la del Mahoma guerrero y expansionista. La jihad hoy es una guerra contra infieles, apostatas y corruptos cuyo objetivo no es sino la instauración de regímenes fundamentalistas en Oriente Medio, la recreación del califato allí donde el Islam rigió alguna vez y la sumisión del resto del mundo a su fe o al servilismo. En ese sentido, su santidad Benedicto XVI hace bien en situar a la jihad fundamentalista en el mundo musulmán, junto a la secularización galopante en Occidente, como uno de los peligros más graves contra el cristianismo.
Moratinos ha salido corriendo a decir que las disculpas del Papa eran más que necesarias. El no debe ser creyente en casi nada, salvo en la causa árabe y se equivoca en su planteamiento. Es el Islam quien debe arrepentirse de sus violentas formas de este fin de semana. Lo contrario sería quedar rendidos a su maligna voluntad.
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Quien no sea cristiano no cree... o mejor dicho cree que Jesús de Nazaret no es Dios, y tanto en el mundo islámico como en el occidental puede dar públicamente todos los argumentos que le vengan en gana para demostrar su creencia. El que no sea musulmán cree que Mahoma no escribió el Corán copiando al dictado lo que Dios le decía, sino que fue escribiendo lo que a él se le pasaba por la cabeza. Si ese individuo intenta demostrar su opinión se juega la vida en el mundo islámico y es ya un hecho adquirido que se la juega casi en la misma medida en la parte del planeta que aún no lo es.
Quienes quieren Islam, que significa "sumisión", no están dispuestos a ningún tipo de diálogo en el que los infieles puedan utilizar argumentos contra su verdad. Son muchos los que quisieran denunciarlo pero no se atreven. Entre ellos sin duda hay también honestos y respetuosos musulmanes que si lo hacen corren, si cabe, mayor peligro. Pero como no se arriesgan no sabemos cuántos son, pero si sabemos que tienen una obligación especialmente grave de hacerlo y su silencio nos resulta ensordecedor y siempre sospechoso.
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Cada vez ocurre más veces, y cada vez más periódicamente. El mundo oficial musulmán vuelve a clamar iracundo contra quien considera que en Europa se pasa de la raya. Tras la yihad de las viñetas, en la que por cierto Benedicto XVI denunció la grosería gratuita del diario danés, ahora le ha tocado a la propia cabeza de la Iglesia Católica, por unas supuestas declaraciones anti islámicas pronunciadas el jueves en la Universidad de Ratisbona.
Ocurrió en Alemania, y la reacción ha sido la habitual: quejas airadas del mundo islámico, quema de iglesias en Gaza, denuncias del lobby islamista en Europa y escándalo fingido en la progresía europea. Todos juntos y en unión. ¿Pero qué dijo el Papa realmente? Primero, que la yihad o guerra santa es irracional y atenta contra los mínimos principios humanos. Segundo, que quienes utilizan el terrorismo para defender a Dios están, en el fondo, atentando contra él. Y tercero, que buscar propagar la fe mediante la violencia va contra el hombre y contra Dios.
Benedicto XVI hizo más; recordó que el Islam moderado es bien distinto del islamismo radical, y que con el primero hay que colaborar. Para ello, apeló a las confesiones verdaderamente religiosas a unir fuerzas ante la secularización, el hedonismo y el relajamiento moral que vive Occidente. Recordó que, ante la enfermedad del ateísmo, las religiones deben trabajar juntas en virtud de la fe y de la razón. Por si fuera poco, el Vaticano estuvo rápido en recordar el sentido de las declaraciones papales, con unas disculpas que no han servido de nada, porque, casualmente, las cosas van por otro lado.
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Hace cinco años los miembros de la OTAN invocaban por primera vez en la historia el Artículo V del Tratado de Washington: Un ataque armado contra uno o más de los aliados en Europa o Norteamérica será considerado un ataque contra todos ellos. Era un 12 de septiembre, un día después de los trágicos atentados de Nueva York. Pero ya lo dijo Bush: el 11 de septiembre fue para ellos simplemente un mal día, para nosotros fue un cambio de actitud. Así, cinco años después, los aliados han abandonado nuevamente a Estados Unidos –y a Occidente– en el primer frente contra el terror. La llamada a los aliados del Comandante Supremo Aliado para Europa, general James L. Jones, para que cumplan con sus compromisos adquiridos para la expansión de la ISAF en Afganistán ha caído en saco roto.
Era de esperar. El principal drama de la Alianza son los propios aliados: no comparten valores ni intereses, no tienen la misma visión estratégica ante las amenazas, y por supuesto no tienen la misma voluntad. Así que cuando las tropas de la OTAN asumieron el control de la misión en Afganistán se vaticinó un recrudecimiento de la ofensiva talibán ante la temida debilidad de la Alianza, y así ha sido.
La única forma de salir de esta guerra justa y avalada por Naciones Unidas es ganándola. Sólo EEUU, Reino Unido, Canadá y Holanda se mantienen en la primera línea de combate. Entre los restantes algunos se ha negado silenciosamente a mandar más soldados. Otros, como Francia, se han excusado por sus compromisos asumidos en tierras libanesas. Y eso que sus servicios secretos han advertido del alarmante aumento de los combatientes extranjeros que llegan a Afganistán para morir como suicidas.
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Poco antes del verano la Federación de las Comunidades Judías en España le otorgó el premio Senador Ángel Pulido a Felipe González, con motivo del XX aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre España e Israel.
Apenas tres meses más tarde de recibir el galardón por lo que se supone fue su labor, el premiado viaja a Teherán, se reúne con sus dirigentes y regresa a España defendiendo el derecho de los ayatolas a seguir con su programa nuclear. Es hora de poner los puntos sobre las ies.
Es lógico que Felipe quiera hacer pasar el establecimiento de relaciones como mérito suyo y no como una obligación a la que se vio forzado; se entiende también que defienda ahora las ambiciones nucleares de la teocracia fundamentalista si eso le acerca a la Alianza de Civilizaciones de su epígono Rodríguez Zapatero. Pero lo que no se debe admitir es que quiera jugar en ambas bandas al mismo tiempo. O se hace pasar por Isaac González o por Felipenejad, pero Isaac Felipenejad no puede ser aceptable. Y por una razón muy simple: Mahamud Ahmadinejad, a quien justifica y defiende González, es un enemigo de Israel y de Occidente. Así de claro.
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En apenas unos días, coincidiendo con el quinto aniversario del 11-S, el presidente del Gobierno se ha dado un auténtico paseo por las nubes, jaleado por los medios habituales, que son casi todos. Se ha paseado del brazo de Kofi Annan, que por fin encuentra a alguien que le haga caso más allá de las dictaduras árabes y africanas; ha logrado unanimidad alrededor de su proyecto de enviar nuestras tropas a Líbano; mientras se quemaban autobuses, anunció que en breve habrá "noticias trascendentes" respecto a su pacto con ETA; ha afirmado en Helsinki, ante la estupefacción de los presentes, que el terrorismo es un problema de "comprensión" cuando medio mundo coloca a sus policías en alerta máxima. Y todo ello sin bajar un pie del trono celestial de la Paz en el que se encuentra cómodamente sentado. Lo que es mérito, tiene bastante.
En el festín pacifista que Annan y Zapatero se han dado en los últimos días, el primero ha felicitado al segundo por sus turbios manejos ante ETA, y el segundo ha proporcionado tropas para su singular interpretación de la resolución 1701. Ni uno ha preguntado cómo están las cosas en el País Vasco ni el otro ha cuestionado qué harán nuestras tropas en Líbano. Poco parece importarles. A ninguno de los dos se les conoce visión estratégica de fondo, por lo menos decente; eso sí, se les reconoce un dominio total y absoluto de la farándula, que los sitúa sobre la política diaria para flotar por encima del bien y del mal, de la corrupción y de las discusiones y rivalidades mezquinas del resto de los mortales.
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Cinco años tras los atentado del 11-S en Nueva York, uno mantiene su desconcierto ante una terrible paradoja en torno a la lucha contra el enemigo; se sabe quién es, se le conoce, se le castiga, pero resulta que la desunión en cuanto a cómo derrotarle es un punto de dificultad palpable que no puede llevarnos a nada bueno, seguro.
Todo ha cambiado desde el 11-S en el mundo libre y democrático; hoy sabemos que ningún país está a salvo del yihadismo ni del fundamentalismo islámico y, lo que es más grave, es que esa gentuza se encuentra infiltrada en nuestras sociedades abiertas y democráticas.
La captura de Sadam Hussein y la derrota de los talibanes han dado como resultado que tanto en Irak como en Afganistán vaya aflorando poco a poco la democracia y la economía de mercado; precisamente esto es lo que provocará los múltiples e incesantes intentos de evitar la reconstrucción de los países liberados.
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Otro 11-S en el tiempo que no en los hechos. No será por falta de ganas por lo que llegamos al quinto sin que se haya repetido el primero, porque de ellas don Laden, don Zawahiri y sus incontables hinchas nunca han andado escasos. Hay que reconocerles que a ello se han aplicado con ahínco, cosechando sanguinarios notables, incluso macabros sobresalientes por todo el universo mundo, con nuestra Atocha en un lugar siniestramente privilegiado, pero por más porfía que han puesto, la matrícula de honor no han vuelto a pillarla.
Pero aunque el éxito genérico de la mal avenida coalición anti-11-S esté tachonado de inevitables fracasos, también de éxitos andrajosos se puede morir. Hay que seguir viviendo y dejar que las primeras impresiones pasen. Una dosis de olvido es un antídoto siempre necesario, pero lo mismo que con los fármacos de verdad, puede ser letal si nos pasamos. Hay letras que para muchos sólo con sangre entran. Cada nuevo año en que el 11-S no es más que una fecha en el calendario crece el número de los que se abonan a la tranquilizante teoría de que es todo más bien cosa de polis y cacos, aunque, eso sí, bastante a lo bestia, pero ni hablar de guerra, que las cargas de caballería y las descargas de artillería no pintan nada en este fregado.
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