PUBLICADO EN EL MUNDO EL 29 DE MAYO DE 2008
Lincoln es noticia estos días merced al reciente libro publicado sobre su vida e impacto actual. Escrito por Andrew Ferguson, “Land of Lincoln” es una obra esencial para quien respete el legado del más elocuente defensor del Estado de Derecho y de la igualdad de oportunidades.
“Si una minoría prefiere la secesión a la conformidad a la norma, ejerce un precedente que, en su momento, la dividirá y destruirá; porque una minoría de entre ellos preferirá en el futuro la secesión a la conformidad (…). Por ejemplo, no podrá acaso una porción de la nueva confederación, un año o dos más tarde, separarse arbitrariamente de nuevo, precisamente de la misma manera en que porciones de la presente Nación desean separarse de ella”.
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PUBLICADO EN EL MUNDO EL 28 DE ABRIL DE 2008
Hay cierta honradez, cierta sinceridad, parafraseando a Ernest Hemigway, que pertenece al género indisimulable. Para mí era un encuentro esperado desde hacía tiempo, y la semana pasada tuve el inmenso privilegio de compartir unas horas con una mujer honesta, íntegra, recta, justa y equitativa. Carmen Iglesias estuvo en el Ateneo de Santander impartiendo una conferencia en el marco de un ciclo organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, a cuyo Patronato pertenece para orgullo de la Institución académica y su máximo responsable, Salvador Ordóñez, precisamente en el año en que se cumple su 75º Aniversario.
El currículum personal, profesional y académico de la Profesora Iglesias impide descuidar el más mínimo detalle y el significado a cada una de sus palabras, movimientos, gestos faciales o corporales; Carmen Iglesias es una mujer de desbordante inquietud intelectual, bondad, dulzura, arte y sensibilidad, tremendamente avanzada a su época y con una atractiva filosofía de vida, ingredientes que la convierten en todo un referente para un tiempo como el que nos ha tocado.
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Los dos principales partidos de izquierdas en España, PSOE e IU, acordaron esta semana que dejamos atrás proceder a la revisión de las condenas por parte de los Tribunales de Justicia durante la Guerra Civil y la posguerra franquista, todo ello con el apoyo de los independentistas gallegos, el BNG.
Dicho acuerdo consiste, para que se hagan una idea, en derogar mediante una disposición contenida en esa bochornosa Ley de Memoria Histórica que Zapatero se sacó de la manga, “aquellas normas dictadas bajo la Dictadura manifiestamente represoras y contrarias a los derechos fundamentales”, o lo que es lo mismo, hacer saltar por los aires en mil pedazos la legitimidad propio de dichos Tribunales en época del General Franco.
Con la invalidación formal de citadas normas, éstas ya no podrán ser invocadas por ninguna administración pública, ni tampoco por la autoridad judicial. A la vista está que lo que tanto la izquierda como los independentistas pretenden es que los tribunales revisen todos aquellos procedimientos judiciales franquistas a instancia de los descendientes de los perjudicados que así lo soliciten.
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¿Qué relación existe entre España y el cristianismo? El asunto puede ser analizado desde dos perspectivas: política o moral. Desde el punto de vista político, el debate sería en qué medida el cristianismo, la unidad católica, es un bien político para España. Desde el punto de vista cristiano, la cuestión es la de si España, como unidad política constituye un bien moral.
La primera perspectiva es la propia del debate, muy importante en el pasado, pero hoy preterido, de cuál es el papel del Cristianismo en la conformación de España como nación. La segunda perspectiva, es más reciente. La festividad de Santiago Apóstol, patrón de España y el debate suscitado en la Conferencia Episcopal Española por los cardenales Rouco y Cañizares son dos buenos motivos para reflexionar sobre esta cuestión: ¿es la unidad de España un bien moral?
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Quizá nunca como hoy, después de un siglo borracho de crímenes, tenga tanta razón Léon Bloy, que escribió: «Sólo hay una tristeza, y es la de no ser santos». Quizá nunca como hoy, que respiramos una atmósfera de afanes justicieros, hayan cobrado tanto relieve humano estas palabras.
La reciente confesión de Günter Grass es una viva prueba de ello. Una más de esa tristeza. De súbito, quien cogió el diccionario alemán por el gaznate, despojándolo de la falsedad de las viejas palabras y limpiándolo con las carcajadas y furia de su prosa, quien gritaba pidiendo justicia y verdad contra los seguidores de aquel iluminado de gesto histriónico e invitaba a los hijos a que se pusieran las gafas maravillosas de sus novelas para ver al padre y a la madre bajo una sugestiva luz parda, rompiendo escaparates, chillando como monas en celo, haciendo que asustados ancianos barriesen letrinas con sus canas... quien, como ningún otro escritor alemán, se ha burlado y ha subvertido el muelle amnésico que se encontraba bajo los cimientos de la recuperación material de Alemania, revela ya anciano que él mismo ha sido incapaz hasta ahora de enfrentarse abiertamente con su más negro pasado. Que sus pasos también están manchados por la culpa y la vergüenza y la pulsión del olvido.
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Se tejerá una historia oficial, para los vencedores, y acaso una antihistoria, no menos oficial, para los proscritos -predijo Azaña en 1937. Y, en efecto, cada generación parece tener «una lectura propia del acontecimiento histórico» (S. Juliá). Por más que repitan sentirse libres de cualquier hipoteca del pasado, la generación socialista actualmente en el poder tampoco ha escapado a ese sino. Y aunque lo suyo sea más bien la demoscopia, también tienen sus leyendas. Ahora las llaman «memoria». Se trata, claro, de relatos al servicio de un proyecto político: la ruptura del pacto constituyente con «la otra mitad», para entrar en sociedad con partidos nacionalistas, programados para desmontarlo todo, salvo su propio estado.
Nada muy original: una suerte de reedición del exclusivismo de partido del ochocientos o de las mayorías «naturales» de la República -ese complejo patológico de superioridad moral que, a veces, perturba la izquierda de nuestras cabezas. Desde este diseño político, es razonable que les guste poco una Transición que consideran llena de claudicaciones. Con este guión de ruptura y marginación, era de esperar un regreso a la visión maniquea de la República y la Guerra.
El propósito de este ajuste de cuentas con el pasado consiste en utilizar el sambenito franquista como ostrakón que contribuya a expulsar a la oposición -no ya del poder, que es la higiene del mecanismo partidario-, sino del sistema de alternancia. Nada que objetar. Porque, desde el rigor del análisis intelectual, las situaciones hay que juzgarlas únicamente en función de los objetivos de sus actores, los empresarios del poder socialista: maximizar y prolongar su poder por la vía negativa de marginar del sistema al rival, redefinido como enemigo. Y resulta de elemental cortesía académica reconocer los réditos de ésta y otras piruetas políticas socialistas.
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El futuro empezó en el congreso de Múnich de 1962, en que se reunieron para un ejercicio de concordia democrática españoles del interior y del exilio, antiguos «rojos» escarmentados y viejos franquistas, arrepentidos con una triste victoria (Prieto) en que se hicieron un daño a sí mismos (Azaña) infinitamente mayor que el que deseaban destruir (Prieto). Aquello terminó en la cárcel porque el general Franco se enfureció. Y con razón, desde su punto de vista: reconciliación y acuerdo eran lo contrario de victoria y enfrentamiento, la filosofía con que la dictadura mantenía «prietas las filas». Aunque la democracia todavía se demoró casi dos décadas, con esos mimbres de concordia se elaboró la Transición. No hubo ruptura: de la ley a la ley. Por primera vez logramos no saltar sobre la legalidad (Prieto), evitando lo que un gran historiador catalán (Vicens Vives) consideraba el maleficio de la historia contemporánea de España desde la francesada: quebrar los hábitos de obediencia y respeto a la ley. Sin duda, el presidente Suárez acertó a expresar un sentir generalizado cuando afirmó que el cambio consistía en articular jurídicamente lo que estaba en la calle: una realidad social que ya existía a esa altura en un país modernizado y transformado. Fue una transacción. Pero pierden -o escamotean- el pálpito de una época quienes ahora sostienen que miedo, claudicación y ocultación escoltaban el espíritu de aquel tiempo. Se hizo lo que se quería hacer: una democracia plural y, por ende, pactada. Se buscó el acuerdo como un bien democrático. Y las concesiones mutuas se interpretaron como la representación legal de una filosofía política tolerante que, renunciando al monopolio de la verdad, procuraba aceptar -en lugar de eliminar- al adversario. En aquel tiempo de alegría y esperanza, optimismo e ilusión, las cesiones no se tradujeron por claudicaciones. Como en el mito clásico de origen, demokratia se asoció a koinonía, la amistad cívica desde una filosofía política de concordia como declinación legal de un sistema de acuerdos para gestionar la discrepancia.
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La «Memoria Histórica» no existe. Basta con preguntárselo a un médico: los sujetos colectivos carecen de «memoria», que es una facultad individual. Es inevitable además que esos recuerdos personales estén limitados por un espacio reducido, un entorno personal, cultural e ideológico, determinado y resulten distorsionados por el prisma de experiencias posteriores. Normalmente, estaríamos ante anécdotas, más o menos fiables, más o menos generalizables: una fuente histórica más, en suma. Por eso, con recuerdos personales raramente se construye una descripción histórica significativa. Sin embargo, casi todas las sociedades políticas han acuñado su leyenda histórica: relatos del pasado que dan legitimidad y sentido al presente. Con frecuencia, sirven además de mapa en la derrota de cada periplo histórico. Es habitual, pues, que los guiones políticos de cada nueva etapa se hayan escrito con un ojo puesto en algún momento pasado y constituyan, por tanto, una fe de erratas de tiempos pretéritos -un hecho fácilmente detectable haciendo una lectura retrospectiva de nuestras cartas magnas-. Su valor hermenéutico para ese pasado que se pretende emular o corregir es raquítico. Contienen, sin embargo, claves interpretativas de peso para comprender mejor la configuración del presente. O dicho de manera contundente: las leyendas que los políticos fabrican con el tiempo pretérito no enseñan tanto de la historia del pasado que fabulan como del presente que construyen.
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La moda es pedir perdón. O exigir un minuto de arrepentimiento público. Y si puede ser con respecto a errores o abusos de un pasado remoto, mejor. En los viejos y ruidosos tiempos de la vanguardia del siglo pasado tuvieron mucho éxito las escenificaciones con animales: Gómez de la Serna recitaba desde el lomo de un elefante y Valle Inclán se quejó de que no se le permitiera subir al tranvía con dos leones. Hoy se lleva mucho el perdón con espejo retrovisor.
Los casos se multiplican, y entre nuestros políticos y algunos memorialistas dan para toda una antología del disparate. La esencia de esta pos-modernísima moda del perdón es que las atrocidades siempre las cometen o un hermético puñado de fuerzas oscuras -el Estado, el colonialismo, el imperialismo yanqui, la globalización...- o los supuestos antepasados del rival político - los fascistas, los comunistas, los alemanes... Dos ejemplos. Hace no mucho tiempo hubo una gran polémica porque el Congreso de los Diputados no consideró necesario pedir perdón por el fusilamiento de Luis Companys, tal y como propusieron los diputados de ERC con el respaldo de las principales formaciones nacionalistas e Izquierda Unida. Y este año -con ocasión del aniversario de la guerra civil- los gobiernos de Alemania e Italia han visto cómo se les llegaba a reclamar una disculpa por la intervención de Hitler y Mussolini al lado de las tropas franquistas.
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POR FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR / CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA (UNIVERSIDAD DE DEUSTO) Y PATRONO DE HONOR DE LA FUNDACIÓN PARA LA DEFENSA DE LA NACIÓN ESPAÑOLA.
El pasado pesa en España porque el presente lo manipula. El despropósito es asombroso, y lo peor del caso es que la falsificación del pasado se contempla sin escándalo, incluso con un cierto regocijo. La derrota, por lo que parece, estimula más la conciencia reivindicativa que la victoria... Han pasado más de 75 años, pero la Segunda República sigue siendo algo más que una triste, vieja y apasionante historia. Que el presidente Zapatero haya dicho que en España los demócratas son hijos de la Segunda República y que quien niega esto es porque no tiene detrás tradición democrática alguna resulta ya de por sí esclarecedor.
El debate político sobre la Guerra Civil, que ya es historia, o debería serlo, está abierto desde que en los últimos años se comenzaran a exhumar cadáveres en fosas comunes, buscando republicanos paseados, y poniendo los muertos de un bando sobre la mesa. El de la Segunda República se ha reavivado con ocasión de su 75 aniversario y parece proyectar el deseo de crear una nueva tradición y una nueva identidad: la de una España democrática, heredera, no ya de la política integradora de la Transición, sino de una mitificada España republicana. El pasado pesa en España porque el presente lo manipula.
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