Parresía

El hambre y la Eucaristía (2)

17.06.17 | 04:58. Archivado en Homilías

En la fiesta del “corpus” o fiesta del pan, es importante partir de una reflexión sobre el hambre. De hecho, sabemos que Jesús nos alimenta. Por eso, transcribo un texto impresionante, dónde se describe lo que es el “hambre”. Ciertamente, que la religión todo lo reduce a ritos (vacíos), y suele ser tan escrupulosa que está más atenta a las “normas rituales”, que a la vida que celebra, en orden a ello transcribo un relato simple y profundo. Un tercer relato, intenta ayudar a descubrir, que si creyéramos realmente que Cristo está en medio nuestro (eso celebra la liturgia eucarística), todo cambiaría. Hambre, rito y presencia, tres relatos para pensar y celebrar la eucaristía.

1) COMER ES ENSOLARSE

Comer —ingerir alimentos— es hacerse de energía solar. Fotones diversamente cargados caen incesantes sobre la superficie del planeta: por ese proceso sorprendente que llamamos fotosíntesis, las plantas los atrapan y los transforman en materia digerible. El diez por ciento de la superficie terrestre del mundo, unos 15 millones de kilómetros cuadrados, un cuarto de hectárea por cada ser humano, se dedica a eso: a criar plantas que hacen la clorofila que sabe transformar la energía electromagnética del sol en energía química que produce las reacciones que transforman el dióxido de carbono de la atmósfera y el agua de las plantas en oxígeno que respiramos e hidratos de carbono que comemos. Todo lo que comemos, en última instancia, directa o indirectamente —a través de la carne de los animales que las comen—, son esas fibras vegetales cargadas por el sol.
Esa energía es lo que necesitamos para recuperar y reconstituir nues¬tras propias fuerzas. Esa energía entra al cuerpo bajo diversas formas: grasas, proteínas, carbohidratos —líquidos y sólidos. Para saber cuánta energía consigue cada cuerpo hay una medida: LA CALORÍA.

La física define a una caloría como la cantidad de energía necesaria para aumentar un grado centígrado la temperatura de un gramo de agua. Para funcionar, un cuerpo necesita grandes cantidades de energía: por eso se usan, para medir su consumo, unidades de mil calorías —las kilocalorías. Las necesidades calóricas de cada persona varían según su edad y situación. Pero, grosso modo, se calcula que un bebé de menos de un año necesita comerse unas 700kilocalorías por día, 1.000 hasta los dos años, 1.600 hacia los cinco. Y un adulto necesita entre 2.000 y 2.700 según su físico, el clima donde vive, el trabajo que hace. La Organización Mundial de la Salud considera que un adulto que no come un mínimo de 2.200kiloca¬lorías diarias no consigue recuperar su gasto de energía: alimentarse. Es un promedio —una convención— pero sirve para entender el cuadro general.
Un adulto que no consigue ingerir 2.200 calorías de comida por día pasa hambre. Un chico que no consigue sus 700 o sus 1.000, según su edad, pasa hambre.


El hambre es un proceso, una lucha del cuerpo contra el cuerpo.
Cuando una persona no consigue comer sus 2.200 calorías por día, pasa hambre: se come. Un cuerpo hambriento es un cuerpo que se está comiendo a sí mismo —y ya no encuentra mucho más.
Cuando un cuerpo come menos que lo que necesita empieza por co¬merse sus reservas de azúcar; después las de grasa. Cada vez se mueve me¬nos: se pone letárgico. Pierde peso y pierde defensas: su sistema inmunitario se debilita por momentos. Lo atacan virus que le causan diarreas que lo van vaciando. Parásitos que el cuerpo ya no sabe rechazar se le instalan en la boca, duelen mucho; infecciones bronquiales le complican la respiración y duelen mucho. Al fin empieza a perder su escasa masa muscular: ya no pue¬de pararse, y pronto no podrá moverse; duele. Se acurruca, se arruga: la piel se le pliega y se le quiebra; duele. Llora despacio; quieto, espera que se acabe.


Poca gente —demasiada gente— se muere directamente de hambre; muchísima se muere de enfermedades o infecciones que son mortales porque sus cuerpos debilitados por la poca comida no pueden combatir; enfermedades o infecciones que una persona normalmente alimentada ni siquiera notaría.
Poca gente —demasiada gente— se muere directamente de hambre. La mitad de los chicos que se mueren antes de los cinco años en un país como Níger se mueren por causas relacionadas con el hambre.

Extraído del libro EL HAMBRE de Martín Caparrós. Ed. Planeta, 2014. pág. 21-22.

2) EUCARISTÍA

En una tribu de primitivos seres humanos,
el más espabilado descubrió un día la manera de hacer fuego.

La manipulación del fuego ha sido el invento
que más ha contribuido al avance de la civilización humana.

El inventor quiso hacer partícipes a otras tribus de aquellas ventajas;
así que cogió los bártulos y se fue a la tribu más cercana.

Reunió a la comunidad y les explicó la manera de hacer fuego
y como se podía utilizar para mejorar la calidad de vida.
La gente se quedó admirada al ver aparecer el fuego,
como por arte de magia.
Todo eran muestras de admiración y agradecimiento.
El visitante, les dejó los aperos de hacer fuego y se volvió a su tribu.

Unos años después, volvió por la aldea
y les preguntó por las ventajas que habían logrado con la utilización del fuego.
Cuando lo vieron llegar, todos mostraban su alegría
y le condujeron a una pequeña colina apartada del poblado,
donde habían construido una plataforma y en lo más alto habían colocado
una preciosa urna, donde habían guardado con devoción
los instrumentos de hacer fuego que les había regalado.

Toda la tribu se reunía allí con frecuencia,
para adorar e incensar aquellos instrumentos tan valiosos.
Pero…
ni rastros de fuego en toda la aldea.
Su vida seguía exactamente igual que antes.
Ninguna ventaja había extraído de sus enseñanzas.
Seguían sin atreverse a usar el fuego.


3. CRISTO PRESENTE

Se cuenta de un monasterio que, tras unos años de esplendor y de vitalidad, que se traducía también en vocaciones numerosas, empezó a experimentar un declive notable.
Preocupado por la marcha que iba tomando, el abad decidió ir a consultar a un anciano ermitaño, que vivía no lejos del monasterio. Llegado hasta él, el anciano le dijo:
“El problema que tiene su monasterio es que en él está viviendo Cristo y ustedes no se han dado cuenta”.
De vuelta a casa, el abad reunió a todos los monjes y les comunicó lo que el ermitaño le había dicho. No hizo más. A partir de ese día, cada uno de los monjes empezó a tratar a cada hermano como si fuese el mismo Cristo…, porque -¿quién sabe?- podía haberse “disfrazado” del menos pensado.
En muy poco tiempo, el monasterio había recobrado e incrementado su vitalidad como nunca antes se había conocido.

Puesto que Jesús está en todo, todo es eucaristía...
Si no sabemos vivir la vida como eucaristía,
la celebración eucarística
se nos escapará entre la magia y la rutina.

¡Saludos cordiales!
Juan Manuel


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