Estrategia perdedora de jugada forzada

Por lo visto en Cataluña no hay mucha afición al ajedrez, al menos en Convergencia – ya, ya sé que ahora han cambiado de marca -, que no supo ver con claridad lo que nunca  hubiera hecho Unió: firmar un pacto que por una parte le permitía seguir en el gobierno mientras por otra la ataba a la CUP mucho más de lo que anticiparon en su delirio. Necesitaban tantos votos, tantos le prestó pero ni uno más, que por eso mismo y para demostrar quién mandaba en el cotarro se cobró la CUP limpiamente la primera pieza: la mismísima cabeza de Mas, al que echaron al basurero de la historia con todos los deshonores anejos a los honorables despojados de su honorabilidad. Y van dos seguidos, el muy deshonrado Pujol y el guapito y deshonrado Mas, responsable principal de la asociación con la CUP para tapar las muchas vergüenzas que tenía acumuladas a costa del 3%. Y ese es, fundamentalmente, el origen remoto del lío en que se han metido estos insensatos. Una huida hacia delante con jugadas forzadas hasta llegar a donde estamos.

Al ligarse a la CUP Convergencia se metió, ella sola, en una espiral de jugadas forzadas de la que no ha salido ni se espera que salga si no es a costa de perder cualquier rédito electoral, porque cuando pase el jorn del merde y no haya república catalana se van a dar bruces con la cruda realidad que hoy no quieren ver: que no habrá un Estado de Derecho post España que no sea el Ordenamiento Jurídico español, que los inhabilitados seguirán en su inhabilitación, que los 5 millones y pico de euros que han de pagar por la patochada del 9N o los pagan o se meten en una especie de muerte civil a efectos económicos, que no va a haber jueces adictos que juzguen sus desmanes y que, por tanto, la secuela de la intentona va a descabezar la política catalana, que tendrá que reinventarse prescindiendo de los más obcecados, loados sean los dioses todos.

Cortar la cabeza a quien tiene una mala cabeza probablemente lo mejora, por más que ya para nada le sirva ni a él ni a los demás. Pero cortar cabezas simbólicas, arrinconar definitivamente a los descerebrados de la CUP, hundir a Convergencia en la vergüenza y en la insignificancia, aunque sea a costa de dar paso libre a una ERC que quedará tan descabezada como sus socios conservadores… suena a música celestial, pero ese es el horizonte cercano, el que se adivina para el día 2 de octubre, cuando los catalanes que no han hablado puedan acudir a una urnas constituidas como mandan los cánones y expresar de una vez lo que quieren. Y lo que quieren no es el desorden al que los conduce la CUP ni la corrupción infinita de la que proceden los neo Demócratas Catalanes, antigua Convergencia.

Así que demos a la CUP por muerta por más que su espíritu atormentado pueda aún dar coletazos que la propia sociedad catalana se encargará de neutralizar. O eso o se euskaldunizan, lo que me parece harto improbable dado el seny. Convergencia conocerá sus horas más bajas y va a llevar mucho tiempo que Cataluña olvide lo que le ha hecho. Y sólo queda ERC, cuyo papel en todo esto ha sido una especie de medio camino entre la nadadora y guardadora de ropa Colau y la mera decencia política, esa que nunca han conseguido alcanzar. Y eso la gente lo sabe y ya piensan a quién se puede votar que no haya de hundirlos más aún en la frustración y el cansancio.

Afirmo, en conclusión, que el “pos” de este vendaval va a ser una depresión colectiva, un preguntarse eternamente cómo se han dejado meter en este lío y una obligación de rectificar cuanto se ha hecho mal, y la próxima vez que les dé por inependizarse harán primero las cuentas y estudiarán bien la ley, porque otra metedura de pata como esta a corto plazo y Cataluña no va a saber dónde esconderse hasta que al mundo se le olvide el ridículo que ha hecho dejándose llevar por los zarrapastrosos de la CUP.

 

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Detroit (Barna)

 

Quienes plantean una solución policial/militar para la insurrección catalana harían bien en ver la película Detroit y entenderán lo fácil que es incendiar una ciudad con solo dar un mal paso. Cerrar un bar sin licencia – y dejar tres muertos al paso en el hotel Algiers – costó posteriomente 40 muertos más, 1.189 heridos y más de 2.000 edificios destruidos. Para poner fin al motín tuvo que intervenir el ejército y la Guardia Nacional, incluyendo el envío de las Divisiones 82 y 101 aerotransportadas, las mismas que veintitrés años antes habían caído sobre Normandía para poner fin a Hitler, lo que da idea del calado de los disturbios. Así que si lo que quieren es un principio de guerra civil, esa que está pidiendo a gritos el indocumentado Espargaró, con muchos muertos y fracturas irremediables, ya saben lo que tienen que hacer: incendiar el polvorín, dar motivos a los cachorros de la CUP y esperar contecimientos que no tardarán en llegar.

Esa solución encajaría muy bien en la piara de descerebrados que, como Iglesias y las juventudes hitlerianas de la CUP, esperan que en cualquier momento se precipite el fin del capitalismo para entonces tomar ellos las armas e imponer una economía planificada a base de planes cuatrienales – es como el plan Bolonia pero aplicado a la política – cuyo incumplimiento se salda fusilando a los culpables de la sequía, de la mala planificación, etc., etc. Volver a los tiempos de Stalin para intentar de nuevo lo que Stalin no supo plantear según la infalible profecía de Lenin; el revisionismo los condenó al fracaso pero es cuestión de intentarlo otra vez con el catecismo de Marta Harneker en la mano. El asunto, sin embargo, encajaría mal, muy mal, en una Europa a la que pertenecemos y en una civilización que nos toca defender sin incurrir en el despropósito de acabar con el canibalismo comiéndonos a los caníbales.

Si alguna verdad ha deslizado Puigdemont entre la sarta de mentiras que lo caracteriza es el hecho de que a dos millones de personas  – envalentonadas por la impunidad del iluminado que los seduce tocando una flauta perversa – no hay quien los pare en una jornada dominical preprogramada para dar suelta a un odio hacia España y los españoles que resultaba inimaginable hace apenas un par de meses. Un odio que se va a manifestar con estruendo el próximo domingo. Un odio que puede que ellos no olviden pero quien sí sé que no olvidará será un pueblo español – ya saben, esos que viven en España – al que le costará unas cuantas generaciones olvidar los agravios sin fin, la permanente bofetada a costa de un franquismo que nos imputan a todos y al que ellos dicen no haber contribuido, la negación hasta de genes comunes en gente que lleva viviendo junta desde antes de los romanos… Pero no siempre fue así.

Hubo un interregno venturoso en la convivencia hispano-catalana. Fue propiciado por los catalanes en aquella exitosa maniobra que los llevó a ponerse en manos de Francia a través de Pacto de Ceret (1640). Aquella efímera república catalana acabó con la Paz de los Pirineos (1659), viéndose obligada España a perder plazas en centroeuropa y obligada Cataluñaa a ceder a Francia el Rosellón, Conflent, Vallespir y parte de la Cerdanya, plazas  que los astutos catalanes dejaron invadir por tropas francesas que venían en su ayuda. Acabado el conflicto y exprimida Cataluña hasta lo indecible, los franceses dijeron que se quedaban y se quedaron. En España no pudieron. Napoleón tampoco pudo.

Así que España ya sabe lo que tiene que perder dando un mal paso el próximo domingo 1 de octubre. Cataluña, por su parte, no tiene ya territorio que perder que no sea territorio del Reich. Perderían otras cosas. Un mercado de 46.5 millones, un club de lujo con vecinos como Francia, Italia o Alemania, además de España, el crédito internacional, las alegrías que a veces les da el Barsa y, por encima de todo, la tranquilidad de saber que en un momento de ira siempre se pueden calmar echándole la culpa a Franco mientras miran airados a Madrid. Sin con eso se contentan no merece la pena formar la de Dios es Cristo.

 

 

 

 

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Cataluña: escala de Richter social.

Desde el 17 de septiembre, en que sólo había violencia verbal, hemos dado dos pasos hacia la evolución de esa misma violencia hasta alcanzar el tiro en la nuca, las bombas y cuanto le sigue. Es  el camino que trazó ETA y hay quien quiere que se repita.

La violencia verbal suele ir seguida de prácticas intimidatorias, y esas ya las tenemos, incluso dirigidas a hijos de alcaldes no independentistas. La infamia se instala y hoy ya hemos visto cómo han dejado los neo gudaris la persiana de una pequeña empresa regentada por familiares de Rivera. Así empezó todo en la larguísima lucha contra ETA, esa que nos costó casi 900 muertos, 21 de ellos de una tacada, peligrosos catalanes de compras en Hipercor. Otegui estaba al tanto y alentaba aquella lucha de liberación. Acabó en prisión seis años. Ahora nos lo presentan en Cataluña como un demócrata ejemplar. Si a quienes presentan a Otegui como ejemplo también los apoya Maduro, no hacen falta más credenciales sobre con quién nos estamos jugando el futuro.

Tras la intimidación viene la fuerza física proyectada primero sobre cosas. Ya hay tres todo terreno de la Guardia Civil destrozados por pacíficos manifestantes de la CUP. Y las armas robadas del interior. Menos mal que aún queda sensatez como para que un político que se habla con ambas partes haya conseguido que se reintegren, porque sólo nos faltaba que en el día y noche del día 1 de octubre algupos descerebrados contaran con armas automáticas para prender la mecha de una masacre inevitable que encajaría a la perfección en el programa que Marx diseñó y Lenin afiló: hay que agudizar las contradicciones hasta que el sistema reviente, y ese es el momento de que los soviet tome el poder al grito de sus comisarios políticos: la tierra para el que la trabaja y el trigo para el comité.

Después de la fuerza aplicada a las cosas, en vista de que el Estado no se blandea, la violencia cambia de objetivo y se dirige a las personas. Y el aislamiento de los disidentes conduce al gueto. Y los guetos acaban siendo arrasados por tipos en plan SS. Y las gentes emigran hacia lugares civilizados mientras que en el posgueto reina el caos, el saqueo y la ausencia de cualquier institución parecida al orden jurídico.

Así que ya sólo nos faltan dos pasos para llegar al caos absoluto: primero irán a por las personas  en plan intimidatorio y luego irán a por las personas con ánimo de limpieza étnico/ideológica. También el precedente lo marcó el País Vasco, fundamentalmente con aquella infame partida de dominó a la que faltó un punto porque lo había asesinado ETA. Los otros tres, lejos de acudir en apoyo de la familia deshecha, se buscaron un sustituto para aparentar la normalidad que los asesinos imponían: no habéis visto nada, esto no va con vosotros, seguid con vuestra partida. Y ellos siguieron como los corderos siguen a su pastor azuzados por el perro del pastor, y luego al matadero. Con la misma mansedumbre, igual de callados, acaban despiezados colgando de ganchos.

Puigdemont se crece en la escalada a que ha conducido a su pueblo y a España. El Estado tiene el monopolio de la fuerza y acabará usándola en relación directa con la fuerza que se le oponga. Y puesto que la guinda del pastel será la detención de los más conspicuos inspiradores, cuanto antes mejor. Los afectos ya están rotos, con unos por acción y con otros por el silencio culpable de quienes no apoyan este disparate pero tampoco organizan una manifestación millonaria que les diga que no en la calle. En plan Gandhi: aquí estamos, no vamos armados, no rompemos coches de los mozos, no quemamos contenedores ni amenazamos a nadie; aquí estamos para deciros que paréis de una vez esta locura que sólo puede acabar mal, muy mal o peor. Pero han aprendido la lección de los jugadores de dominó: que lo resuelva la Guardia Civil y así matamos dos pájaros de un tiro: nos libramos de quienes nos conducen a la ruina y, a la vez, tenemos la coartada de maldecir a la Guardia Civil, a los jueces, a Rajoy…

Sigue el siniestro conteo de esta escala de Richter social que mide la magnitud de los terremotos sociales. Estamos a dos pasos de completar el trayecto y quedan sólo 10 días para que llegue el jorn del merde. No me consuela pensar que lo veré por televisión, lejos del  ruido, el humo y la furia que temo. Si no acabo lamentando cosas peores.

 

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El soviet de Sant Feliú

Los que nos quitamos el pelo de la dehesa discutiendo con los ayatolás marxistas de los 70 identificamos el rabo sovietizante en el cordero mejor disfrazado. Y ese rabo se lo hemos visto a la propuesta de Iglesias de convocar una asamblea de “todas las fuerzas políticas comprometidas con la democracia” – todos menos el PP y C´s – y alcaldes de toda procedencia – ¿Todos? ¿Los andaluces también? -, es decir, devolver el poder a los soviet para que nos arreglen una situación que se arregla cumpliendo la ley. Pero la ley no le gusta al señor de la coleta igual que no le gustó a Maduro el resultado de las elecciones y por eso la constituyente y todo lo demás. Vidas paralelas, diría Suetonio.

La ley y las instituciones que de ella se derivan contienen y ordenan el uso del poder, pero ya nos dejó dicho Marx, y tiene el coletas bien asumido, que las democracias occidentales sólo aparentemente son democráticas, siendo lo democrático de verdad que el pueblo asuma el poder por las bravas y lo ejerza según le peta. Hay democracias formales, como la nuestra, que sólo aparentan serlo, y democracias materiales – no me atrevo a decir “reales” por no molestar a la afición podemita -, como la organización de un referéndum al margen de la ley, sin garantías, con censo robado, sin locales, sin nada que sirva para homologar el resultado, obstáculos que no dejan de estar inspirados en las democracias burguesas y, por tanto, no ha lugar ni a considerarlos. Es una apelación a la democracia directa, esa que se pregunta, como Lenin, “libertad ¿para qué?”, y se contesta que la única libertad legítima es la que arrambla con la burguesía y devuelve el poder a los soviet, esas “instituciones” que tanto bien hicieron por la Unión Soviética y los países vecinos a los que libró de la bota burguesa durante tres malditas generaciones.

Siendo, como es, aficionado a Juego de Tronos, raro es que no se le haya ocurrido al mozo proponer que el aquelarre democrático que plantea se celebre en la iglesia de Sant Feliu de Fumanya, en el alt Berguedá, por la noche y, a ser posible, con gota fría para darle un tono épico a la hazaña, llamada a ser la nueva Covadonga en versión catalana podemita. Allí se concitarían los poderes emanantes del pueblo soberano, excluidos los traidores a la causa, y de ahí saldría, por fin, la ansiada república catalana que, como bandera clavada en la playa del desembarco de la modernidad en España, no se plantea otra cosa que echar abajo España entera y dejarnos sumidos en un mar de taifas irreconcialiables y con una economía de vuelta a la Edad Media, propia del ámbito de la iglesia de Fumanya. El círculo se va cerrando.

Y al cabo puede que el soviet de Sant Feliú resulte determinante del resultado de la votación asamblearia que sin duda habrá que hacer para decidir finalmente si se declara la república catalana o si, como es de temer, no hay más que apelar una vez más a una imposible negociación con el Estado español para conseguir un cupo como el vasco, de forma que sean tres, y no sólo dos, las comunidades subvencionadas dentro del Estado español.

Es tan antiguo el discurso, tan rancio y deslucido, que no merece la pena ni entrar al trapo. Urda el sr. Coletas el derrocamiento de Rajoy tras el éxito de la reciente moción de censura, y procure atraer al Dr. No a su causa, pero mientras lo consigue debería dejar de dar la lata o, mejor, deberíamos los demás elevar nustras preces a San Judas Tadeo, patrón de causas imposibles, por ver si nos libra de semejante plasta y podemos, por fin, centrarnos en resolver problemas en vez de perder el tiempo con propuestas que ya eran viejas a finales del XIX.

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ETA, mátalos

La violencia tiene una primera manifestación verbal que no siempre va seguida del ejercicio efectivo, pero en otras muchas ocasiones sí, como ocurrió cuando los vascos decidieron dejar que el oso moviera el árbol para recoger ellos las nueces y, en ocasiones, se echaron a las calles al grito de “ETA, mátalos”, con el resultado que todos conocemos. Por eso resulta preocupante el clima de violencia verbal que se ha instaurado en este país, desde el encontronazo de machos al que han conducido la cuestión catalana a los aspectos más comunes de la vida ordinaria.

En Murcia padecemos una movilización de pedanía para impedir que se ejecute una entrada provisional del AVE mientras se lleva a cabo el soterramiento de la entrada definitiva, ya proyectada y en proceso de adjudicación. El asunto ha cursado con cortes de la circulación ferroviaria, necesariamente disueltos por la policía, inicios de sabotaje – cemento y piedra en las vías – y una frase terrible que algún descerebrado ha puesto por escrito en las redes sociales: “… toda esa gentuza vendida contra la verdad y el pueblo sólo merecen una muerte horrible y a ser posible, cuanto antes”. Iba dirigida contra los periodistas que informan sobre la movilización y ya está en manos de la policía, que finalmente, espero, identificará el ordenador o el móvil desde los que se puso en marcha la infamia.

Desean a quienes disienten una muerte horrible y cuanto antes.

La impresentable Rita Maestre asaltó una capilla con una horda de facinerosas que, entre otras cosas, gritaba “arderéis/como en el treintayseís”. Lo de menos fue lo de enseñar las tetas – que ni eso -, pero tengo presente como propia la memoria que mi madre conserva de cuando, en el 36, vio arder las iglesias de Murcia y supo – tenía 6 años – que al cura del Carmen lo habían asesinado, arrastrado y atado desnudo a las rejas de la iglesia. La copla de Rita Maestre apelaba a esa forma de violencia. Y pedía su reedición, en nada corregida y sí aumentada.

Rajoy advirtió a los sediciosos que no menospreciaran la fuerza de la democracia; los sediciosos contestaron, por boca de Puigdemont, que no menospreciara Rajoy – y todos los españoles – la fuerza del pueblo catalán. De momento es mera retórica verbal pero el uso de la fuerza está ahí, a título de amenaza, como forma horrible de imponer la sinrazón y como manifestación extrema de que lo que pretenden es algo que normalmente se gana en una guerra.

Ahí está el primero de octubre y ninguno sabemos cómo cursará, aunque es de temer que tendremos una noche de cuchillos largos y mechas cortas. Que arderá el mobiliario urbano de Barcelona, que se apedrearán coches policiales, y no resulta dado limitar las posibilidades de la acción. Que habrá daños y heridos es seguro pero ¿habrá muertos? ¿Alguien se atreve a negar tal posibilidad?

¿Qué nos está pasando? ¿Cómo han llegado las cosas al extremo de no saber si tendremos o no un amago de vuelta a las barricadas, somatén, tiros en la calle…? ¿Cómo se ha alentado este asalto a la razón, esta negación de una legalidad que nos constituye como seres civilizados? Y no es tan sencilla la respuesta como la quieren ver los sediciosos: ningún gobierno, de ningún país civilizado, puede permitir que se atente contra la Constitución como se pretende hacer en apenas unos días después de todo lo que ya se lleva hecho.

No hay que pensar, como pretenden, en lo que haremos el día 2 de octubre; lo que deberíamos pensar todos es en lo que no deberíamos hacer el día uno. Pero abandonada la razón, como está, no cabe sino temer lo que nos espera si toda la violencia verbal desplegada acaba por dar los frutos que suele.

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Neo escolástica catalana

La última contribución ha venido de Madrid, para mucho más inri independentista, y ha salido de la podrida mente de Carmena: no es que el referéndum sea ilegal sino que lo han suspendido. Siendo, como fue, jueza, parece mentira el desvarío: este señor no cometió ilegalidad alguna, lo que pasa es que un juez lo ha enviado a prisión. Troceando el argumento – cometió un delito, lo juzgaron, lo condenaron y por eso está en prisión – se revienta el silogismo y al cabo no se sabe si el referendum es legal o ilegal, limitando nuestro conocimiento al hecho de que está suspendido. El asunto es de calado: si no queremos saber por qué está suspendido podemos culpar a Rajoy y a los jueces del TC de una arbitrariedad manifiesta. Y a eso nos acostumbró ETA y una parte significativa de la población vasca, esa misma que empalmó la sumisión a la dictadura de Franco con de la de los divertidos chicos de la banda: no lo han matado sino que ha fallecido (por cierto, busquen la etimología de fallecido y encontrarán un precedente romano de lo políticamente correcto).

El gran Russell, Mr. Bertrand, definió a los escolásticos de la única forma que merecen: maldiciéndolos con una mera descripción que suena a diagnóstico mental, pues la escolástica no fue sino una patología mental que atenazó a la ciencia durante demasiados siglos como para que no haya rebrotes como los que ahora nos ocupan. La escolástica, dijo D. Bertrand, se caracteriza por un horror enfermizo ante los hechos y una preferencia absoluta por lo meramente terminológico; no importa lo que una cosa “es” sino las palabras con que pensamos y definimos dicha cosa, al margen de que los hechos contradigan a las palabras, pues ya se sabe que los hechos mienten mucho y las palabras no.

Recapitulen, aparten el humo de los titulares, y verán que el día a día se ha convertido en la Suma Teológica del siglo XXI: España no es una nación sino un estado plurinacional, sin que sea dado contar cuántas naciones se esconden tras el palabro España; la legalidad española que legitima las instituciones catalanas da a luz, con mucho fórcep y mucho mirar para otro lado, a una nueva legalidad que, por el hecho de existir sobre el papel, ya no puede ser revisada desde la legalidad de la que proviene; todo lo que sea votado se sitúa de inmediato por encima de la ley – el milagro democrático de las leyes y los decretos -, lo que nos lleva a una imposible votación sobre el olvido de las corruptelas y ponemos en libertad a los corruptos condenados… Y esto se convierte en el cuento de nunca acabar.

Ya me lo dijo mi jefe y amigo D. Gerardo Landrove: no te canses – decía – estamos en tiempos de reivindicar lo obvio. Y tenía razón. Más razón que un santo, me atrevo a decir.

Hay dos reproches que hacerle al impasible Rajoy: el retraso en la aplicación temporal del art. 155, le guste o no al plurinacional y a su admirado coletas, y la detención efectiva de los más significados artífices de la patochada. Basta comprobar cómo el mero anuncio de que quien rompe platos los acaba pagando para que tres directores de medios secesionistas alcancen la fase del “sí, pero”, porque si hay algo que esta gente defiende a capa y espada es el patrimonio; pues ahora imaginen que lo que se juegan es la libertad, más allá de un horizonte de inhabilitaciones que hará de las autonómicas que vienen un verdadero sudoku para completar candidaturas.

El referendum volverá a ser una engañifa como la del 9N. El día 2 de octubre no habrá una república catalana ni regirán las delirantes leyes aprobadas de tapadillo. La vida seguirá y personajes como Junqueras, Forcadell, Turull, Forn, Romeva, etc., etc., no podrán concurrir a mantener el delirio porque su situación procesal se lo va a impedir a corto o medio plazo. Y si no hay concesiones en materia de cupo vasco redactado en catalán, las cosas seguirán, la enemistad se hará crónica – el peor de los males – y el resto de catalanes, ahora silentes, tendrán que asumir que el camino no es este y volveremos a la casilla de salida: España nos roba y, además, nos gana guerras como la de sucesión, con lo que los partidos del Barsa van a tener más intermedios que una ópera al uso.

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Pepe Gotera y Otilio y su soñado martirio

A los lectores de Periodista Digital no nos hacía falta que el presidente de la Eurocámara nos recordara que la deriva de estos desarrapados los conduce – a ellos y a Cataluña – al frío exterior del Kosovo heteroadministrado. Lo sabíamos porque mi vecino de blog y admirado amigo, Pablo G. Váquez, había hecho lo que ninguno en los últimos tiempos, entretenidos como estamos con el guirigay del parlamento catalán: leerse la letra grande y pequeña del Tratado de la Unión y señalar, en una entrega reciente (No es lo que parece (es lo que es))-, que el artículo 4.2 del Tratado de Mastricht establece que la UE “respetará (…) – respecto de los Estados miembro – su identidad nacional, inherente a las estructuras fundamentales políticas y constitucionales de éstos, también en lo referente a la autonomía local y regional“, y también “su integridad territorial”, la que el fantoche de Mas y su cuadrilla creían que podían violentar a base de supuesta astucia pueblerina.

Y no ha faltado ni la guinda grotesca y chusca de que sean ellos mismos quienes, apelando a su condición de europeos, invocan una legislación que los condena a la penuria identitaria. No hay parangón de ridículo más acentuado si no es la imagen del famoso torero “el Puchi” a quien su subalterno “el niño de Sant Boi” le planta un par de banderillas en lo alto de los lomos y se va a descojonarse al burladero.

Es lo que ocurre cuando uno olvida el peligro que tiene escupir al cielo o mear río arriba en el agua que luego se ha de beber.

Los curiosones leímos a D. Pablo y no supimos ver cuánto de anticipación había en su aparentemente inocente entrega, y ha tenido que ser el presidente de la Eurocámara el que venga a recordarnos que tenemos por aquí gente pensante y, enfrente, descerebrados de encefalograma plano que se abandonaron al delirio de que la democracia se puede volver contra sí misma y colocarse, como han hecho ellos, un par en todo lo alto que – y bien que me revienta citar la frasecita – “si a nosotros nos honra, a ellos los envilece”.

Escribo esto en la noche del día 7, cuando aún no se ha apagado el humo de los primeros truenos del Estado contra la ofensiva de quienes son ya cadáveres políticos – si no directamente zombis penitenciarios – de una España y de una Cataluña que, después de ellos, se aboca a unas elecciones autonómicas en las que el seny catalán se expresará echando al basurero de la historia a Junqueras, Gabriel, Forcadell, el gobierno catalán en pleno, a los funcionarios y alcaldes que se dejen llevar por el ardor guerrero que les han predicado y a ese charnego llamado mayor de los mozos – Trapero se apellida el mozo – que ya ha asomado la pata rebelde asegurando que la gente bajo su mando protegerá a los votantes y no a las leyes que los legitiman a todos ellos.

Pero la gente no es tonta, al menos no del todo, y cuando consideren que se juegan el puesto, la pensión y la vergüenza de verse en una autobús de la Guardia Civil rumbo a la Plaza de la Villa de París (Madrid), a donde da la fachada sur de la Audiencia Nacional, volverán sobre sus pasos y, como acaba el soneto, se irán y no habrá nada.

Habrá, eso sí, un rosario de aspirantes al martirio que, a medida que pase el tiempo, darán la única imagen válida para la historia con minúscula: apenas unos delincuentes revoltosos que habrán enterrado toda aspiración secesionista para un par de generaciones – por lo menos -, y ocuparán en la prensa local un par de recordatorios de cuando Cataluña, muy a su pesar, se vio liderada por una cuadrilla de ineptos con aspiraciones de antecedentes penales.

 

 

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Todo sigue su disparatado curso

¿Les ha llegado el GIF en que la impresentable Ana Gabriel se tienta el sobaco y luego se huele los dedos? Ocurrió en la cámara catalana. Se ve que la moza albergaba dudas sobre el estado higiénico de esa camiseta de manga corta que lleva sobre otra de manga larga, y acudió a la prueba infalible de impregnarse las esencias a base de toqueteos y comprobarlas luego en el laboratorio de la nariz. Una gourmet, aquí la muchacha, que se huele los sobacos como los arúspices de Roma leían el futuro en los higadillos de un pobre cordero.

¿Y qué le dijo ese rancio olor a sobaquina sobre lo que va a ocurrir en menos de un mes?

En el mejor de los casos le diría que probablemente el impasible Rajoy tiene un plan bien trabado que pondrá fin a la patochada, pero el acongoje – pongan la jota donde quieran – crece exponencialmente ante unos soberanistas enloquecidos e inmunes a su más reciente fracaso – la gestión de los atentados – y al mucho mayor que les espera el día 1º de octubre. O eso quiero pensar y espero que piensen muchos.

Hace tres años, en el llamado 9N, el mismo Rajoy impasible acudió a la larga cambiada y permitió un día festivo con simulacro de votación que se despachó como se despachan las romerías de pueblo, con vítores a la virgen local y una comilona campestre, pero también supuso el germen de lo que ahora tenemos y tememos.

El 1-O  – que, repito, debería leerse “uno a cero” a favor de la cordura que representa la Constitución y la legislación derivada – puede cursar de muchas formas, incluido un estallido puntualmente violento a manos de los desesperados oliscones de la CUP y de los  amiguitos de Rufián que, menos señoritos que él, se sienten aún capaces de virtud revolucionaria activa. ¿Pero imaginan que la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía, con apoyo militar si fuere preciso, reciben la orden de intervenir en varios miles de mesas pseudoelectorales? ¿En cuántas de ellas serán ciudadanos comunes los que se opongan a la intervención y den lugar a revueltas violentas? ¿Habrá autobuses para llevarlos a todos a la Audiencia nacional para imputarlos por rebelión? Se ha permitido de forma garrafalmente imprudente que crezca la hidra a la que no se puso fin cuando estaba aún en fase huevo – eran los tiempos de Mas, ¿recuerdan? -, y ahora la serpiente se ha puesto gorda como un toro y pararla – no digamos matarla – nos va a costar lo que no está en los escritos.

Menos mal que estos revolucionarios de salón andan tan irresueltos que ni siquiera se ponen de acuerdo en si deben formar un ejército o no. Mientras la angélica Colau se reafirma en su alergia a bolardos, maceteros  y cualquier forma de fuerza armada – pese a que su “país” es responsable del 25% de la fabricación de armas en España – ese pobre Puigdemont, cuya imagen está cada día más cerca de aquel triste Calimero, responde que “sin complejos” habrá que crear un ejército que instale y defienda la libertad recién adquirida en unas urnas que dice tener. Tarde, muy tarde llega, porque si se ha de imponer por la fuerza la ruptura con mi país, España, un mínimo de previsión habría exigido la creación de dicho ejército antes de lanzarse a dar el golpe contra el Estado, igual que resultaba prudente inventar el paracaídas antes que el avión. Porque si todo lo han de fiar a la poca o mucha fuerza que hagan los mozos, repetiremos la triste y vergonzosa escena de unos mozos detenidos por la Guardia Civil por orden de la II República, aquella Arcadia añorada en que todas las bondades se dieron para sucumbir luego ante la fuerza organizada del general golpista y superlativo.

Así que, como siempre, lo más seguro es que ya veremos…

 

 

 

 

 

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El mono se tapa los ojos

Los atentados de Barcelona y Cambrills son capítulos añadidos al 11S y a nuestro 11M, junto a otros “11algo” de Londres, Berlín, Niza… De lo aprendido debemos retener el no atender a conjuras siniestras ni permitir que una mala instrucción nos impida conocer la verdad, como en parte ocurrió con el 11M, tan falsamente cerrado que alentó aquella “conspiranoia” que aún colea entre quienes se aferran neuróticamente al mundo del día anterior. Vuelven y vuelven al tema en la vana esperanza de tener razón retrospectiva sobre por qué pasó aquello y quién lo hizo, y así explicarse definitivamente por qué perdió el PP las elecciones (que fue por mentir).

El asunto está ahora en manos de la Audiencia Nacional, órgano suficientemente centralizado como para que quepa esperar una instrucción no ideológica sino científica. Se exige y espera, además, una instrucción transparente como cocina dando al comedor, bajo la atenta mirada de los consumidores, sin la encerrona juez-fiscal que nubló la instrucción del 11M. Una declaración de secreto tan corta como sea posible y una práctica procesal presidida por la igualdad de armas es lo que hace falta. Defensas y acusaciones informadas, tal como exigen las vinculantes Directivas europeas, porque si no hay tensión procesal, si no se da la libertad de acusación y defensa, algunos aspectos de la cuestión no serán nunca conocidos o serán mal conocidos por haber sido dolosamente tergiversados, y detrás acecha una nueva conspiranoia: lo ha alentado el Estado para difuminar el referéndum. Y de sandeces estamos ya más que hartos, tal como ocurrió con el suicidio de Blesa, que derivó desde el “lo han matado” el “un brazo no da para tanto”.

Los hechos requieren investigación exhaustiva para cerrar secuelas delirantes. Sabemos que en la tarde del miércoles anterior a lo de las Ramblas hubo una explosión en que murió el urdidor y máximo responsable de tanto horror; que el cadáver quedó entre los escombros y que entre los escombros se encontró, cuando por fin buscaron, documentación relativa a la preparación y ejecución de la matanza. También se encontró la anormal acumulación de ciento veinte botellas de butano y algunas otras sustancias explosivas, y consta acreditado que los mozos de escuadra impidieron de forma efectiva el acceso de los Tedax y de la Guardia Civil al lugar de la explosión bajo excusa de que era un mero accidente sin más significado. Es decir, que cuando aún no podían saber afirmaron saberlo todo, con lo que retrasaron la respuesta policial y, quizás, la disminución del daño.

¿Alguna instancia de poder de la Comunidad Autónoma de Cataluña ordenó que no se investigara más allá de esa verdad oficial impuesta? ¿Retrasó esa orden la necesaria consideración terrorista del suceso? ¿Se actuó en nombre de la misma verdad oficial que daba un muerto cuando wasap daba 13?

El jefe de mozos venía obligado por ley, y la cúpula de poder sobre él también, a poner todos los medios para impedir determinados resultados a base de diligencia, y no hubo tal sino desidia y voluntad de que la policía española no contribuyera a esclarecer el asunto. “Dejadme zolo”, dijo alguien con acento catalán, y a partir de la soberbia se consumó el despropósito. Las mentiras del gobierno alabando la colaboración ocultaban y ocultan el desconocimiento, la falta de información derivada de una muy concreta falta de investigación sencilla y obvia: la inmediata determinación del explosivo utilizado, que habría orientado la investigación hacia el yihadismo y, puestos a desear, habría permitido frustrar la ejecución o entorpecerla de forma efectiva por mero acoso a los ejecutores.

Es un deseo/delirio que también aspira a un imposible efecto retroactivo que nos libere del luto y de la opresión en que vivimos. Un criterio ideológico se impuso a la verdad conocible y quienes así obraron antepusieron delirios y aspiraciones personales a la defensa de la ciudadanía. Califican de informal la comunicación con la policía belga – lo ha desmentido el alcalde de Vilvoorde, calificando de formal la relación – y menospreciaron lo que ofrecían los agentes españoles, y así dejaron a su gente y a muchos extranjeros en manos de una chapucera investigación autonómica que ha actuado a la altura de los guindillas precursores de la policía local profesionalizada, incluida la tardía determinación de que la muerte del cooperante Pablo, al que insisten en llamar Pau, no se debía a abatimiento por la policía sino a asesinato por parte de uno de los terroristas; Pablo pasó de ser un éxito policial (“abatido un terrorista”) a una más de las víctimas.

Rajoy insiste en alabanzas a la coordinación mientras el patético Puchi comienza a extraer de los atentados la carroña política con la que quiere alimentar el referéndum. Deberíamos todos retener el eslogan – No tinc por – para cuando le den el uso alternativo para el que ya están preparados, por más que parezca que algunos monos, de momento, no quieren ver.

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Las SS de la CUP

El impulso cateto que vertebra el nacionalismo ha parido finalmente un grupo violento que le ha brotado a la CUP en plan bíblico: de una de sus costillas. La transversalidad anticapitalista ha parido una organización juvenil y violenta al modo en que lo hicieron la Falange, el nazismo y cuantas otras dictaduras, marxistas o no, se han dado, pues lo esencial de la dictadura queda al margen del matiz que autoproclama. ¿Hace falta citar a Maduro y su astracanada macabra, elevada ya sobre más de una centena de muertos? ¿Quién sino las juventudes bolivarianas asaltaron por primera vez el parlamento legalmente constituido?

Sólo en la edad juvenil se puede vivir un inocente petardo en la pata de un anuncio comercial como una batalla ganada a la historia, y ellos lo hicieron. Me refiero a ARRAN – apréndase esas siglas: son las SS del independentismo catalán -, esos gudaris con barretina que echaron abajo un toro de Osborne con unos petardos para dejar inequívocamente expreso su rechazo a cuanto suene a español y, a última hora, a no catalán simplemente. Con más acierto y contundencia unos integristas evangélicos americanos tuvieron ahorcado a un Papá Noel durante las fiestas navideñas para que a nadie le cupiera duda sobre la seriedad de su juicio moral sobre el personaje.

Estos chicos, herederos de la kale borroka de sus primos vascos, no sólo quieren una Cataluña habitada exclusivamente por catalanes y charnegos conversos, pretenden también que sólo catalanes de raíz – ¿Genética, ideológica? – visiten sus tierras y monumentos. Son a la cultura el equivalente al “dejadme zolo” del torero, cabreado con el toro y a punto de acuchillar. Quieren una Cataluña encerrada en sus valles, que manan un 3% aparte de leche y miel, para darse un respiro histórico y dejar que crezca y se fortalezca la semilla catalana auténtica, sea esto lo que sea. Quieren, como quiso Franco, encerrarse con los suyos y exterminar a los otros, incluido incordiar a turistas de todo el mundo que, por razones similares, han dejado de ir a Egipto, a Túnez, a Inglaterra y a todos los sitios que no inspiran sosiego.

Conviene no tomar a broma ninguna amenaza que haya superado el nivel de mera palabrería. Estos ya han afectado a muy concretos negocios y han llenado Barcelona de “tourist go home”, siguiendo el ejemplo del grupo ultranacionalista hebreo de La vida de Brian. No desperdician oportunidad de hacer el ridículo más pastueño por mejor joder la vida de compañeros y compañeras, de catalanes y catalanas, de vascos y vascas y de polacos en general.

Hace falta un Muñoz Seca que ordene hechos y personajes en una astracanada tipo Don Mendo. Una especie de El virgo de Visanteta enriquecido con figurones como la madre superiora y el abad, el hereu de los cochazos, Mas “el inhabilitat”, Forcadell y sus canguelos… Y ese Junqueras, a medio camino entre jabalí y humano, que sólo ha hecho pie ideológico cuando ha visto en peligro su patrimonio. Puro romanticismo.

Obscenamente evidente y ahora, además, violento. Desde las bases que, por escasas que sean, darán mucho que hablar el próximo 1-O, que debería sonar a uno a cero y, sin embargo, no se termina de ver.

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