Mafia y denominación de origen

Lutero eliminó la mediación eclesiástica pecador-Dios y promovió la libre interpretación de las escrituras, además de cubrir a la IC de oprobio por el mercadeo de las indulgencias. Por eso en los países de tradición protestante hay quien va a la cárcel por no mentir – el entorno de Trump se está agotando – mientras en los paises católicos la gente miente a sus anchas, curas incluidos al menos en asuntos de pederastia, y encubren sin pudor a los nuestros a base de mentiras por las que, en principio, habrían de ir al infierno, ese en el que ya ni ellos creen. Se limitan a confesarse, como un marido revoltoso, y a retomar la carrera furtiva donde la dejaron.

El juicio del prusés está sacando a la luz la mafia mentirosa y antigua que sojuzga a Cataluña y la pastorea como dueña del cortijo. Del 3% hemos pasado a algo mucho más sustancioso: queremos todo un país en el que aplicar el 3%, consagrar el nepotismo de sangre y de partido y ganarnos el silencio espeso que toda mafia necesita para sobrevivir. Y van surgiendo empresarios que hacen encargos acordados en una esquina o en la barra de un bar de hotel, a ruego de un tal Toni, dividen el almacenamiento para eludir los registros, no saben qué imprimen ni qué reparten… y no leen los periódicos ni ven la televisión, aunque sea TV3, por lo que desconocían que hubiera en marcha un referéndum ilegal. Los cárteles del narcotráfico necesitan empresarios así para repartir bolsitas y papelinas sin hacerse preguntas sobre lo que va dentro, recaudar y liquidar cuentas con el padrone. Unipost se lo debería pensar: lo mismo salen de la crisis en que están.

Con los juicios que llevamos vistos – EREs y tarjetas black, por ejemplo – ya sabemos qué sutil entramado de lealtades remuneradas genera un país en que los más elementales principios están ausentes; ni la mojigata izquierda, tradicionalmente sujeta por sus tradiciones, deja de caer seducida ante el dinero fácil y el cordón umbilical que genera entre el beneficiado y el padrone, que convierte una dádiva ocasional en un proyecto de futuro. Y si eso hace la izquierda ya pueden imaginar la derechona española, cuyas sucursales autonómicas han dado muestras de una iniciativa inimaginable cuando se trata de administrar eficazmente el dinero público.

Tenemos que deslocalizar a la mafia, que ya no es sólo italiana, y empezar a identificar denominaciones de origen de todo el planeta: la mafia catalana, la mafia española – de esa vamos sobrados sólo entre la casta política -, las mafias autonómicas, las mafias locales y hasta las de pedanía, que también las hay. La mafia del papel y de las fotocopiadoras, la de suministros médicos, de derivaciones de todo tipo de la red pública a la privada. Las mafias editoriales, la del papel prensa, los conciertos petroleros, de seguros, de concesionarios de vehículos, la que oculta la guerra gasolina-diesel, la del lento despegue del coche eléctrico o la poco fundada guerra contra las nucleares.

Y volviendo al tema de inicio, hay que imaginar que Cataluña queda en manos de esa magia siniestra que se está revelando en el juicio a base de siolencios, titubeos, amenazas subliminales, concierto con la defensa… Y hay que imaginar que casi ocho millones de personas, hoy silentes, quedan en manos de esa gentuza si el Tribunal Supremo no acierta a dar con los mecanismos legales que permiten condenar a quien, según su derecho, se niega a declararse culpable, y obviar a quienes mienten para ganarse el derecho a seguir siendo parte de su particular “cosa nostra”.

Dan ganas de irse pero los más serios países del mundo o están muy alejados – Australia – o son demasiado fríos para un sureño. Así que sólo nos queda el “beatus ille”, la vuelta al campo, la vida modesta y sosegada. La huida.  Y al final la muerte, que todo lo recompone.

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