Vacunas: o ciencia o charlatanes

No hay término medio. Y si no, busquen en la red “España Sindrome de Ramsay Hunt” y les saldrá la horrible noticia de una madre que no quiso vacunar a su hijo contra la varicela y ha terminado difundiendo por Twiter que su hijo acabó contrayendo la enfermedad de Ramsay Hunt que, en realidad, es un conjunto de síntomas que configuran lo que la medicina entiende por síndrome. Parálisis facial, herpes en el oído con manifestaciones cutáneas severas, sordera lateral… Busquen, si lo pueden soportar, imágenes en la red. Un horror más de los que la vida distribuye al azar, con la diferencia de que éste se puede evitar y esa madre – ojalá encuentre el consuelo que yo le deseo y su hijo una parte de la salud perdida -, por escuchar cantos de sirena de charlatanes asociados en alguna página web, no quiso poner remedio preventivo a lo que ahora ya resulta irremediable.

Los móviles han salvado vidas, muchas, y también han acabado con otras por andar jugando a wasap mientras conducían. Internet nos ha facilitado el acceso a casi todo el conocimiento acumulado por la humanidad pero igualmente ha permitido la expansión de la más abyecta charlatanería sin base razonable alguna. Hemos avanzado enormemente pero siempre hay un resquicio de retroceso. Quien salta adelante siempre deja atrás el polvo que sueltan sus zapataillas al tomar impulso, y ese polvo, en ciertas materias, resulta mortal para quien lo prefiere al salto adelante que dio quien lo dejó.

Todavía en ciertas partes de África hay quien cree que el SIDA se cura teniendo relaciones sexuales desprotegidas con una adolescente virgen. Ya pueden imaginar el resultado: dos contagiados, una de ellas muy joven. También está muy extendida allí la creencia de que el clítoris no amputado puede matar por contacto al feto y, antes que a éste, al hombre que penetre a una mujer no mutilada. En esa misma liga juega la estúpida creencia en el efecto pernicioso de las vacunas, que no sólo producen autismo sino que matan más que curan, con la diferencia de que los occidentales tenemos acceso a una cultura y a una orientación profesional que, en principio, debería librarnos de semejantes saltos atrás en el bienestar de nuestros hijos.

Tomo de Pinker (En defensa de la Ilustración, pp.93-94 de la edición española) la siguiente lista de santos laicos que deberían ir sustituyendo a los sanadores Cosme y Damián: W. Foege, con la vacuna y erradicación de la viruela salvó 131 millones de vidas; M. Hilleman y las ocho vacunas que propició salvaron a 129 millones de personas; J. Enders y su vacuna contra el sarampión salvó a 120 millones; G. Ramon y su vacuna contra el tétanos y la difteria salvó a 60 millones más, y P. Ehrlich y sus antitoxinas de tétanos y difteria salvaron a otros 42 millones; G. Eldering y P. Kendrick y su vacuna contra la tosferina salvaron a 14 millones. Después de esas cifras, seriamente contrastadas, ¿puede algún cuñado al uso, alguno de esos especialistas en conspiraciones o cualquiera de los charlatanes que pululan por las redes sociales sostener que de nada ha servido el esfuerzo de quienes se han dedicado al estudio y no a la elucubración ni al perfecccionamiento de rituales chamánicos que a nada nos condujeron en los primeros dos millones de años de evolución?

Repito: ojalá esa madre encuentre la paz y el consuelo. Ojalá su hijo recupere en parte la salud a base de algún santo laico que consiga la curación o la atenuación del síndrome. Mientras tanto, hay que señalar públicamente a quienes en materia médica se atreven a discutir con los únicos que de verdad saben al respecto, después de estudiar desde los 3 años hasta los 30 y dedicarse con verdadero ahínco a la salud de los demás. Y no me digan que algunos se equivocan porque si es así, entonces tenemos que dejar de conducir todos nosotros, y no lo hacemos.

O ciencia o charlatanes: no hay término medio.

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