Tranquilizadora justicia popular

Ha pasado desapercibido lo que ocurrió en Baró de Viver (Barcelona) poco antes de nochebuena. Había en la localidad un tipo enchulado, recién salido de prisión, que alardeaba pistola en mano y aparentando redaños como para usarla. Tenía al vecindario acobardado. Las autoridades, lejos de detenerlo para, por lo menos, quitarle la pistola, condescendían con la situación, pues no otra cosa es activar un servicio de mediación que ni siquiera tuvo tiempo de acometer actuación alguna. La parte loca de la idea es la que incluye que con un tipo armado lo que hay que hacer es enviarle negociadores, y tuvo su consecuencia loca: se produjo en el barrio un homicidio contra un vecino de 40 años y el resto convocó una concentración de repulsa en la puerta de la casa del vecino pistolero.
Parece ser que el pistolero era el autor del homicidio – o eso pensaban los vecinos -, así que tales vecinos se fueron creciendo mientras que el matón, sabedor – como todos ellos – de que con una pistola podía matar a dos o tres pero que los demás lo iban a hacer picadillo más menudo cuantos más matara él, no se atrevió a defender su territorio y terminó huyendo por una ventana trasera junto con las tres generaciones de familiares que vivían con él: patriarca, hijos y nietos, más nueras, yernos… Todos huyeron en un gesto de civilizada prudencia, momento que los vecinos, venidos arriba de forma irremediable, aprovecharon para entrar en la casa y prenderle fuego al colchón del dormitorio principal, lo que propició que la casa entera ardiera, quedando devastada y con escasas posibilidades de ser ocupada de nuevo por el matón y su trupe, y eso si se les ocurre regresar alguna vez.
No deja uno de pensar que si Bernardo Montoya y su familia hubieran sido tratados igual, la recordada Laura seguiría con nosotros. El mundo era mejor cuando ella estaba aquí, con su juventud y sus ganas de viajar y pintar, del mismo modo que el mundo no será mejor pero sí que nos parecerá menos malo una vez que sabemos que Bernardo Montoya tiene por delante treinta años de prisión o más. Como también sabemos que los vecinos de Baró de Viver tienen un futuro más tranquilo desde que el matón se fue con los suyos, perseguido por un cierto olor a chamusquina.
No se trata de alentar que estas cosas ocurran. Es más, cabe tachar la actitud vecinal de sumamente ineducada por aquello de prender fuego a un colchón, con el mucho humo que eso suelta y, además, la peste. Debemos mostrarnos, por tanto, reacios a admitir que la inactividad oficial justifique actitudes vecinales como la antes expuesta. No la justifica, no, pero en la medida en que consigue resolver el problema no podemos negar que la cosa pública discurre por mejores cauces cuando la ausencia de policía convierte en policía a cualquiera que tenga una idea que ponga fin a cualquier forma de matonismo. Los CDR, por ejemplo. El día que los pasajeros del AVE que sale de Gerona le den una paliza a los CDR que obstaculizan las vías es posible que como seres humanos nos degrademos un poco por la pendiente australopiteca, pero como ciudadanos de orden lo mismo subimos un par de peldaños. Hágase el orden y perezca el mundo… pero de forma ordenada.
El asunto tiene enjundia y merece la pena que nos lo planteemos: ¿podemos sustituir al Estado cuando éste último debe hacer y no hace? ¿Debemos, por contra, sacrificarnos en pro de las buenas formas y dejar que nos avasalle un chulo de barra de bar?
Ustedes dirán.

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