Sin tibieza alguna

El parlamento autonómico de Cataluña, reunido en sesión asamblearia más propia de campus revoltoso, aprobó unas leyes que daban por hecha la ruptura con España y con el orden constitucional, que iba a ser sustituido por un orden bolivariano a la medida del demente Puigdemont. Nos pareció a muchos que había llegado el momento de intervenir la autonomía catalana pero el impasible Rajoy esperó a que el luego fugado proclamara la republiqueta dando lugar a grandes males: se nos escapó el fantoche, otros se fueron tras su estela y al fin nos vimos abocados a montar un macrojuicio de final incierto que le ha costado ya algunos revolcones a la endeble justicia española.

Quedó patente que el no hacer no era la mejor opción. Hoy volvemos a tener la oportunidad de comprobar si eso sigue siendo cierto.

La invocación de la vía eslovena hacia la independencia por parte del supremacista Torra – hoy orante y ayunante recogido en Montserrat, donde se va a reencontrar con el espíritu de Himmler – verbaliza una acometida contra el Estado que, al ser calificada de “eslovena”, incluye la apelación a las armas y al levantamiento tumultuario, pues en no otra cosa consistió lo que formaron los eslovenos mientras Yugoslavia saltaba en pedazos. El problema es que Sánchez resulta ser todavía más débil – e infinitamente más tonto – que Rajoy, y dependiendo como depende de los apoyos que consiga tras mendigar a calzón bajado, no está para reñir a quienes lo auparon allá donde ni su madre se atrevió a soñar que llegaría.

España no es la Yugoslavia en descomposición de la que se desgajó Eslovenia organizando una miniguerra en toda regla, aprovechando que una parte del ejército yugoslavo quedó en su territorio. Entre una cosa y otra hubo casi cien muertos. ¿Va a esperar Sánchez a que haya por lo menos una decena antes de tomar las riendas y olvidarse de acabar la legislatura? Porque mientras él fluctúa se aprestan los aguerridos cuatro gatos que respaldan al Puchi y al excelso genético Torra a una guerra en plan somatén, porque a los mozos no parece que los tengan de su parte, al menos no en bloque como quisieran, y armados con armas ligeras y más bien cortas, siendo el bélico uno de los pocos escenarios en que el tamaño sí importa. Mucho. Luego es el momento de comparar las armas cortas de los mozos y las largas, muy largas, de las tres divisiones del ejército español que tienen su sede en Cataluña de forma permanente. ¿Cuenta el aguerrido Torra con ese ligero inconveniente?

Dado que las fuerzas de choque que han de triunfar en esta revolución se contraen a los CDR y a los pocos desesperados que teniendo escopeta deportiva la quieran poner al servicio de la historia, la proclamación que terminó en decenas de detenidos – algunos presos – lo de ahora acabará con muertos de verdad, de los que se velan y entierran y luego hay que conmemorar. Y sepa el devoto Torra que para unas fuerza de seguridad como las españolas, a las que él desprecia como Hitler despreció a rusos y judíos, acostumbradas a vérselas con ETA, los CDR le pueden durar un día si se lo toman con relajo y sin despeinarse; si acometen la tarea en plan urgente en una mañana no queda ni un CDR comiendo caliente en casa de su mamá.

Debe Sánchez tomarse en serio las voces que llaman al art. 155 ya, retomar el control de los mozos, impedir definitivamente la chulería de los CDR a la hora de cortar carreteras y perseguir a Torra por conspiración, proposición y apología de los más clásicos delitos contra el orden constitucional, y dejar claro como la luz que esta vez no habrá retraso en la reacción ni se propiciarán males mayores. O eso o que se apriete los machos para lo que le viene en esta misma legislatura y, sobre todo, en la siguiente.

En cuanto a Torra y sus cofrades, advertidos quedan. La anterior asonada acabó en prisión; la actual puede acabar con varios funerales colectivos. Si es lo que quieren, sea, pero no es lo que queremos la mayoría sensata de este país llamado España.

 

 

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