Vergüenza propia y ajena

Nos enseñó el gran Quevedo en su Origen y definición de la necedad que el tonto original, el primero de todos, el que puso la simiente para que prosperaran otros tipos de tontos, fue aquél que se puso en lugar del que le pudieron decir que se quitara. Y en esa materia Sánchez sería el campeón mundial si no fuera que, por tonto, va a quedar sólo segundo. Y no puedo sino citar la autoridad de Mota, que se la ha ganado por lo mucho que circula por wasap: “tonto del tó y no pa un rato, pa siempre”. Ese es Sánchez, sin duda. Pero la pregunta angustiosa es otra: hasta dónde piensa hacer el ridículo ese tal Sánchez en defensa de su obsesión por gobernar es algo que no acertamos a medir quienes asistimos estupefactos al rosario de despropósitos en que está consistiendo su presidencia.

Empezó eligiendo un gobierno como quien elige modelos para una presentación de moda en plan show room. No por listos y eficaces sino por planta y fotogenia, aunque en las suplencias se ha metido a sí mismo el gol de la de sanidad, que no es otro sino Mota con peluca. Pero él, seducido por lo bien que daban en la escalinata de la Moncloa, olvidó repasar aspectos cruciales que a los demás no se nos iban a pasar por alto, y allí empezó el pim pam pum que dio al traste con dos de ellos, los de cultura y sanidad, y puso en jaque al propio Sánchez, al ministro astronauta, a la de Justicia y, a última hora, hasta a Borrell, que parecía un hombre sin tacha hasta que lo tocó Sánchez el gafe. Pero a esas alturas la cuota de decencia estaba ya agotada. No es que por lo mismo hayan dimitido otros: por plagiar en sus tesis cayeron los alemanes Theodor zu Guttenberg y Annette Schavan, y también la vicepresidenta del Parlamento Europeo Koch-Mehrin; por montarse un chiringuito financiero, Maxim Huerta y el ínclito Monedero; por sus malas relaciones o de sus familiares, Alfonso Guerra es el que más recordamos… Podríamos seguir pero, como ya dije, la cuota decente se acabó con la segunda dimisión, que fue cuando el gobierno en pleno decidió que ellos eran de granito y, por eso, inabatibles. La gente corriente entendió que la cara sí que la tenían de cemento armado y en cuanto al granito no nos manifestamos, pero ni el granito ni el cemento consiguen medio disimular la desvergüenza en que vive esta caterva con que nos hemos dado, sin haberlos votado ni mucho ni poco.

La cosa siguió con las meteduras de pata, en primer lugar de la señora de Sánchez, que compareció en la Casa Blanca vestida de bandera pero sin águila espatarrada, le chafó el look a la anfitriona y encima se quiso hacer amiga por ver si le sacaba unas perras para sus causas altruistas. A la srª Trump la salvó, con grave mosqueo, el personal de la Casa Blanca; a esa pobre muchacha que atiende por Begoña no hubo quien la salvara del patinazo. Pero no lo habíamos visto todo. Anda la red inundada de imágenes de la pareja con coronas del Burger King, Sánchez sentado en el trono del Rey y la Reina diciéndole al Rey que qué hacen, Sánchez cortando la tarta de la boda a la que fue de invitado, Sánchez tirando el ramo de la novia etc, etc, etc. Y por lo visto los únicos que pasamos vergüenza somos los españoles que ni lo votamos a él ni se nos pidió opinión sobre cómo portarse en las alturas.

Como traca final tenemos que los siempre inquietos indepes reprueban al Rey y proponen echar abajo la monarquía, y Sánchez no puede reaccionar porque como tiene pendientes los presupuestos, que ya intentó aprobar con una golfería de libro, pues no puede ponerse a mal con nadie, y en el saco entran indepes, etarras y gentes de muy mal vivir.

¿Cuánta vergüienza nos va a hacer pasar este mentecato?

¡¡¡Elecciones ya!!!

 

 

 

 

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