Justicia y quimioterapia (bolivarianas)

Puede salir mañana una manifestación que exija de forma terminante mayores dosis de quimioterapia para las mujeres aquejadas de cáncer. Y digo que puede porque peores barbaridades se están reivindicando en la calle sin que nadie salga en defensa del sentido común, no digamos de la ley. Pero si saliera una manifestación como antes dije, los médicos ni siquiera enarcarían una ceja y seguirían aplicando las dosis que vienen avaladas por contrastados estudios científicos de los que nadie en su sano juicio se aparta, como ningún ingeniero deja de considerar las herramientas de cálculo para determinar la resistencia de los materiales. En tales ámbito no cuentan las opiniones y sí las certezas, y por eso nuestra vida cada vez es más larga, los puentes no se caen y los edificios se sostienen en pie. Pero la justicia es opinable.

Opinar sobre justicia es hoy tarea de barra de bar. Cada cual tiene opinión y la expresa sin rubor por disparatada que sea. El sabio Iglesias, el del chalet, compareció ante la alcachofa proponiendo que desapareciera la diferencia entre abusos y agresiones sexuales, lo que igualmente comportaría eliminar la frontera entre hurto y robo y la mucho más significativa distinción entre homicidio y asesinato, entre otras. Lo dijo y se quedó tan pancho. Nadie lo puso en su sitio, nadie lo llamó ignorante descerebrado, que era lo que merecía el mastuerzo. Arrastrados por el desbordamiento sentimental de la sentencia de “la manada”, se abrió la veda del disparate y se dio la gente a la caza mayor con la resolución del neo converso: la justicia soy yo, yo sé lo que hay que hacer, dejadme zolo.

Ahora ha sido el gobierno del okupa de la Moncloa el que se ha echado al monte por boca de la apergaminada Celaá: no importa que la sentencia de Juana Rivas haya consistido en la estricta aplicación de la ley desde la igualdad constitucional, el indulto ya se está cociendo porque eso de que una mujer entre en prisión es algo que no podemos consentir. Y tampoco nadie ha salido a ponerla en su sitio recordándole esa antigualla de la separación de poderes, lo que nos aboca a una justicia sectorialmente bolivariana – violencia contra la mujer, accidentes laborales… – con jueces y fiscales que no son libres de aplicar la ley si no es a gusto de las masas ignorantes a la par que enfervorecidas.

Por suerte el art. 225 bis del Código penal se le pasó por alto a la infausta Bibiana Aído cuando redactó su delirante ley de protección integral que iba a proteger a las mujeres de las agresiones de sus parejas presentes o pasadas, y no pudo, por tanto, eximir a la mujer del trato igualitario que reclama el artículo 14 de la Constitución, como sí hizo con agresiones, lesiones, coacciones, amenazas e injurias, entra otros delitos menores y mayores. Por eso la lloriqueante Juana Rivas, hasta hace unos días autora presunta de un par de delitos de sustracción de menores, ahora ya no es presunta sino condenada por haber sustraído a sus hijos de la custodia legítima de su padre, desobedeciendo todo tipo de órdenes judiciales, nacionales e italianas.

La misma gente que se echó a la calle cantando lo de “Juana está en mi casa” anda ahora maldiciendo que en España se condene a una mujer por lo mismo por lo que se condena a un hombre sin ningún problema, y el asunto ya no admite más demora en su replanteamiento si lo que aspiramos es a construir un país serio. O eso o habrá mañana manifestaciones exigiendo más quimioterapia, menos vacunas – y más sarampión, polio, etc. -, la supresión de los tendidos eléctricos, el impacto ambiental cero en toda actividad humana y disparates inalcanzables por el estilo.

Juana Rivas tiene todo el derecho a recurrir y la justicia todo el derecho a confirmar. Si tal ocurre, Juana Rivas debe ingresar en prisión aunque sólo sea para reafirmar el Derecho vulnerado y disuadir a otras del torcido camino elegido por ella. Si no es así, ¿qué hacen en prisión las más de cuatro mil mujeres que hoy están presas, algunas por haber matado a sus hijos? ¿Soltamos igualmente a la confesa asesina del niño de ocho años que entorpecía su relación con el padre? ¿Por el mero hecho de ser mujer?

Quienes hoy vociferan resultan incapaces de ver que piden lo mismo que los secesionistas catalanes para sus presos, algunos vascos para los asesinos de ETA y muchos políticos para los chorizos de su partido.

 

 

 

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