Sánchez ¿piensa rápido o despacio?

Dos sistemas opuestos dominan nuestra mente (D. Kahneman). Uno es meramente intuitivo, responde aunque le falten datos – incluso cuando no tiene ningún dato que le permita fundamentar su respuesta – y conduce a errores de bulto a una parte muy significativa de la humanidad.Tal sistema produce resultados preocupantes, como que los americanos nombren presidente a un patético chulo de bar, que los rusos vean en Putin un renovador del imperio de los zares que en su día asesinaron y que los chinos no vean en Xi un emperador muy parecido al que derrocaron.

El otro proceso es lento, recaba datos, los procesa, analiza las consecuencias y sólo responde si tiene algo sólido que decir. Es el sistema que, si se populariza, acaba en las plazas de Maidán, las revoluciones de octubre y los fusilamientos tipo Nicolai y Elena Ceaucescu. Es lento el proceso, no el resultado, que a veces se nos aparece fulgurante como el rayo.

¿Qué proceso llevó a Sánchez a lanzar una llamada inequívoca a la inmigración no regulada?

Que los más de seiscientos náufragos estaban en riesgo vital resultaba evidente para cualquiera y alguien tenía que hacer algo; desde tal perspectiva la decisión de Sánchez resulta inatacable y no veo que nadie sea capaz de rebatirla. Pero a medida que se desarrollan los hechos y nos empieza ya a llegar la previsible oleada de pateras al olor de la regularización, parece claro que no se trataba sólo de salvar náufragos sino de lanzar una cuestión a toda Europa: hay que replantear la inmigración ilegal de forma solidaria y sin excepciones a la hora de repartirla y gestionarla. Hasta la fecha habían sido Italia y Grecia los grandes sufridores. Desde Italia, ahora, exhortan a Sánchez a acoger a cien mil al año porque ellos acogen a más, muchos más. Es posible que ahora España entre en el reparto del pastel, y eso hasta que recibamos más de cien mil al año y decida Sánchez, o el que venga, que hay que pasar la pelota a otros. Son cifras, no especulaciones: más de mil este fin de semana, hay cincuenta y tres fines de semana al año, ya tenemos holgada la mitad de la cifra. La otra mitad venía sola, con concertinas y sin ellas, que esa es otra idea – la de quitarlas – hija del pensamiento rápido, similar a la abolición de la pena de muerte por la II República, a la que volvió en cuanto se vio obligada a pensar despacio.

De momento la llegada del Aquarius al puerto de Valencia se está viviendo como una fiesta  de la solidaridad. Así será hasta que llegue el dar trigo en forma de derecho de asilo o permiso de residencia. Entonces puede que ocurra como con la liberación de Eindhoven a finales de la Segunda Guerra Mundial: la población, tras cuatro años de ocupación nazi, recibió a los americanos con pastelitos y copas de ginebra – pensaron rápido – pero luego los británicos no fueron capaces de tomar el puente de Arnhem, los nazis regresaron y pillaron a la gente a cara descubierta: los machacaron sin más. Quienes ahora nos halagan y se muestran agradecidos ¿persistirán cuando se les tenga que deportar a Bangla Desh o se les niegue el asilo? ¿Seguiremos nosotros de fiesta cuando los aspirantes se cuenten por cientos de miles? ¿Cuánto cuesta un subsidio, techo, asistencia sanitaria y educación para un flujo constante y creciente? Alguien, entonces, tendrá que pensar lento, echar cuentas e incluirlas en los Presupuestos Generales del Estado, que ellos consensúan pero pagamos nosotros. Es más: ¿Aceptará el supremacista Torra su cuota de seres que sobreviven, los pobres, sin ser catalanes genéticamente bien formados? ¿El mismo Torra que se extraña de que Sánchez lo trate como presidente de autonomíqa y no como virrey? ¿Y Urkullu? ¿Arriesgará la pureza racial euskalduna a base de empadronar musulmanes?

Puede que el propio Sánchez se vea pronto en el trance de limitar la inmigración si el asunto no se resuelve en Europa, se le va de las manos y se le echan a la calle los parados sin subsidio, los privilegiados pensionistas de 600 euros, las maltratadas y acogidas, los padres de hijos en riesgo o situación de pobreza… y los bañistas que este verano van a recoger en las playas gente agonizante que llega a la costa en una lancha de juguete. Nos esperan telediarios indigeribles.

Si tiene pensado Sánchez resolver la baja natalidad a base de dar asilo a todos los que huyen de sus países y de sus gobiernos infames es cosa que no sabemos, pues no hay programa y se improvisa sobre la marcha. Pero una cosa es sacar el esqueleto de Franco del estrafalario y siniestro valle que nos legó y otra muy distinta comprometer la supervivencia de la sanidad, la educación, los servicios sociales y el hambre de unos cuantos o unos muchos. Para eso hace falta más legitimidad que la que le dan sus amiguitos y compañeros de gamberrada. Y esto sólo se resuelve a base de elecciones pues sólo entonces los que pagan eligen: Nos, el pueblo soberano. Y será mejor que lo haga antes de que se publique la sentencia de los ERE, porque cuando caigan los que van a caer no se podrán contener las alusiones a Gürtel y hasta puede que se le revuelvan las amistades y del finado señor Sánchez nunca más se sepa nada. Que quizás sería lo mejor.

 

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