El chino disfrazado y el calibre del hombre bala

Me gustaba el circo de pequeño. El plato fuerte eran los tigres y los leones. Siempre temía que se comieran a Ángel Cristo, un espectáculo penoso de los que lo mismo me hubiera hecho entrar en religión. A base de látigo y mucho ambientador – los leones huelen a león y los tigres a tigre, ¿o era el domador? – al final se pasaba el rato pero lo que me tranquilizaba era ver que el domador llevaba una pistola al cinto por si algún animal se desmandaba. Había también un hombre bala al que paraba una red. Resultaba espectacular pero todo lo que no fuera que se les fuera la mano en la fuerza y el tipo atravesara la carpa y aterrizara en mi barrio me dejaba francamente insatisfecho. Luego, tras payasos y monos vestidos de persona haciendo monerías, venía Pinito del Oro: focos al trapecio, música tremenda y la voz de director de pista: señoras, señores, les rogamos el máximo silencio: está en juego la vida de la artista. Y en efecto, Pinito se ponía a hacer el pino sin manos sobre el trapecio que iba para allá y para acá, mientras el marido de la artista se situaba debajo, siguiendo en la pista el bamboleo, para tranquilizarnos con la vana esperanza de pararla si se caía y que él saliera también ileso. Constituían un ejemplo inmarcesible de amor conyugal franquista: hasta que la muerte nos una. Pero el que más nervioso me ponía era un tipo disfrazado de chino que salía a la pista donde había una tabla con muchas varas verticales. Entre fanfarrias circenses empezaba a situar platos sobre las varas, les daba impulso y, al principio, giraban resueltos. A medida que había más y más platos los primeros se ponían al borde de caer y el falso chino se tenía que multiplicar frenéticamente para mantener los platos girando a base de menear las varas. Un sinvivir.

Miro ahora a Sánchez y no lo veo con una pistola al cinto para dispara al líder del propietariado cuando se lo quiera comer con guarnición de presupuestos hace una semana inasumibles. Tampoco veo que tenga debajo a nadie para pararlo en la caída y morir acompañado. Pero sí le veo cada vez más cara de chino. Aún no amarillea pero es cuestión de días, quizás de horas: los catalanes quieren un referéndum, jueces sumisos a sus caprichos y los delincuentes en la calle; los vascos quieren una confederación, la vacuna contra el art. 155 y pasta; los Ceaucescu se conforman con una senda bolivariana que nos lleve a donde ha llevado Maduro a los pobres venezolanos; la morralla quiere pasta acompañada de constitución hecha picadillo. Desde que somos una compota de comunidades autónomas todo el mundo se siente agraviado por España y se lo cobra en pasta y constitución. Así que platos, muchos platos que mantener girando, con amenaza constante de crisis. Y yo en las gradas sufriendo.

Hemos visto al líder del propietariado y al Dr. No morrearse indecentemente sin tocar del programa ni el índice; ahí lo esperan los comparsas: para que se le ponga de verdad cara, ojos y color de chino cuando tenga que convencer a tigres, leones, hombres bala y trapecistas para que no se coman a nadie, que no traspasen la carpa, que no se caigan a la pista y, sobre todo, que no se le caiga un plato al pobre chino de tramoya, en este caso Sánchez.

Tendremos hoy un presidente disfrazado de chino cuya mayor credencial democrática estriba en no haber ganado nunca unas elecciones. Se ganó a la mitad de los socialistas de carnet después de haber sido echado por la otra mitad, y quizás repita el salto mortal cuando lo echen de la presidencia los que dicen ahora que lo piensan votar. Lo harán por echar a Rajoy, no porque les guste Sánchez, que ya ayer tarde empezaba a recoger velas después del arranque mañanero y empezaban a achinársele los ojos y a mostrar cierta tendencia a hombre bala mal calibrado. Espero que no acabe en mi barrio y lo llene todo de sesos y vísceras.

Señoras, señores, comienza el espectáculo. Se ruega el máximo silencio: está en juego la vida del artista.

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