El Te Deum podemita

Las asambleas de Podemos deberían, en adelante, empezar con un “sursum corda” y acabar con el clásico “ite, missa est” dado que aunque parece que asisten en plan  referendum en realidad asisten a un misterio a la altura de la consagración, eje central de una misa como Dios manda, en que ciertas sustancias se transustancian y dan lugar a una realidad espiritual y mistérica con potencialidad salvífica: en este caso el 15M.

Hubo malintencionados que interpretaron la consulta como un reparto de responsabilidad por cuotas entre los boquiabiertos y cabezacerrados feligreses; incluso quien opinó que se trataba de obligar a la feligresía a constituirse en avalistas del mal paso que en buena hora había dado el líder supremo al alimón con la portavoza. Pues no acertaron, sostengo. La consulta no tenía otra finalidad que aunar voluntades en un acto místico de fe ciega en el líder (y la portavoza), a modo de Te deum dirigido a no se sabe bién quién o Quién. Un acto de fe colectiva al estilo CEDA: el Jefe no se equivoca: ¿está claro?

Fue tal el fervor que se permitía la comunión múltiple a base de votar todas las veces que uno quisiera, incluso sin ser uno propiamente del movimiento espiritual que lideran los ya tantas veces citados. No voté yo porque aún me queda un residuo de temor de Dios, pero bien sabe el diablo que estuve tentado. Y no voté porque con el teclado delante, listo ya para disparar, me imaginé una de esas cosas tontas que al final te acojonan: ¿cuántos estarán en este momento haciendo lo mismo que yo? Y justo en ese momento se me encendió en la cabeza el coro angélico de You can´t always get what you want y me vi a mí mismo formando parte del coro, entonando una acción de gracias a San Marx por haber inventado la visión materialista y dialéctica de la historia que permite – exige – que se den a un tiempo una cosa y la contraria para que de la lucha de contrarios surja la luz. Y quedé cegado.

En ese momento vi la luz – eso es dialéctica, tovarich: cegado y viendo luz -, y esa luz me salvó de la blasfemia que hubiera sido comulgar con los Ceaucescu sin haber aprendido antes la doctrina ni haber sido bautizado en la fe que a ellos los honra y a mí me envilece. Máxime ahora, con el PP hecho jirones, Ciudadanos que no se aguanta las ganas y Sánchez… El pobre Sánchez, que parecía haber mejorado de lo suyo, se ha metido él solo en la misma estúpida faena que le regaló el nieto de Ceaucescu a Rajoy: la moción de censura entendida como cancha para que el impasible le lea la cartilla desde el púlpito de las Cortes a todos los que se atrevan a ir sin más voluntad que la de decirle a Rajoy que no les gusta. Ya saben lo del viaje y las alforjas. Pues eso.

Ha obrado el nieto de Ceaucescu el milagro de convertir la autocrítica en autoloa cantada por una legión de fieles con fe inquebrantable. ¡Ha sido él y la portavoza ! Han conseguido lo que le faltó al Nuevo Testamento: liar a Jesucristo con la Magdalena y engendrar una saga dinástica para la eternidad. Han conseguido el coro que no consiguió John Lennon para Tomorrow never knows, esa obra maestra en Sol Mayor. Pero a la hora de ponerle nombre a esta composición han dado con un título –I, me, mine – que mejora incluso la proclamación urbi et orbi de quién era la morsa entre Lennon y McArtney.

Y por delante… un futuro esplendente. Más o menos como la Unión Soviética.

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