Llarena en el corralito

A los críos, en cuanto aumentan su capacidad destructiva y de autopuesta en riesgo, los echamos al corralito como a otros los metemos en prisión. Ahí está libre y seguro, decimos los padres, cuando en realidad ahí está preso entre barrotes y nosotros tranquilos porque sabemos que no meterá los dedos en ningún enchufe ni tirará de manteles arrastrando centros de mesa, floreros y vajilla. Tampoco irá escaleras abajo al menor descuido, así que a la virtud práctica le añadimos el consuelo de que lo hacemos por su bien.

Más problemático es el hecho de quien se mete en el corralito ya de adulto y voluntariamente, siendo además magistrado de ese tribunal al que, en evidente exceso, seguimos llamando supremo. Un señor camino de los sesenta y con graves responsabilidades no debe jugar en ningún corralito, y menos encerrar con él el prestigio de una nación que le dio el poder para que defendiera el interés público y no para que  consolidara una casta arbitraria convencida de que, por oposición, acceden a un poder del Estado y a una forma espuria de nobleza por oposición. Como los hechos han demostrado ya dos veces, no importa el grado de asentimiento que despierte el juguetón señor Llarena entre sus colegas; lo que a última hora importa es si sus juegos van a ser entendidos por jueces serios de otros países que comparten club con España y no van a tolerar el juego cuando hay de por medio derechos fundamentales.

De fondo tenemos una más que evidente extralimitación de las justicias belga y alemana, que quizás juegan en un corralito más amplio también hecho a la medida de sus caprichos, lo que no permite ignorar que el niñito Llarena fue advertido en dos ocasiones de que su soberbia abocaba al fracaso, como así ha sido, y él se mantuvo en la actitud displicente y desdeñosa de quien actúa “cargado de razón”. No se le ocurrió rectificar, dictar una nueva euroorden para suplir las deficiencias de la precipitada e incompleta de la jueza Lamela, que juega en otro corralito aún más cerrado como es la Audiencia Nacional.

A un magistrado español no le gana el pulso ni Dios que se colegiara en Madrid, y lo que  aparentaba ser universal siendo de mero consumo interno ha acabado dando la cara y envalentonando al bufón Puigdemont y a los fieles devotos de esa derechona meapilas y filonazi que pretende llevar a Cataluña a un paraíso ilusorio que no será, si es alguna vez, algo más que un corralito mucho más amplio, fuera de Europa y del Estado de Derecho en general. Que los dioses los amparen.

La anterior vez en que los supremos se embarcaron en salvar al país a base de pisotear los derechos de gente encarcelada (Doctrina Parot) que, por abyectos que fueran – y lo eran – debían ser respetados en sus derechos, hubo de ser el Tribunal Europeo de Derechos Humanos el que señalara el camino que conduce a la integración en la modernidad, dándole una doble bofetada de ida y vuelta a la chulesca justicia penal española en sus más altas instancias, es decir, en la cara del pueblo soberano. Ha vuelto a suceder: cuando un leve asomo de modestia y reflexión habría evitado el trauma, ha insistido el juguetón Llarena en argumentos sólo aptos para el mercado español. Esperar modestia en esa casta que exhibe plumas a la vez que enseña el culo, como el pavo real, es pedir mucho más que peras al olmo. Equivale a esperar legalidad donde la arbitrariedad amenaza con colonizar aquello que debería ser tomado con la seriedad que exige el quirófano de ingeniería social en que consiste el Derecho a Castigar del Estado.

Siga jugando Llarena en su corralito particular. Reclámese malentendido y cargue su responsabilidad en otros al modo Iglesias/Montero. Convoque un plebiscito entre sus colegas, que le darán la razón, por más que no resulte compartible por nuestros socios europeos. Siéguese la hierba debajo de los pies, insista en sus errores. A mí ya no me pueden defraudar más de lo que estoy después de cuarenta años de sufrir su arbitrariedad biena adornada de frases crípticas construidas en jerga acomodaticia para aparentar sabiduría e impedir que el pueblo llano entienda por dónde andan sus desvaríos. Porque si algún día se entiende el sentido de sus actos arderán las llamadas casas de la doble mentira: ni son palacios ni son de justicia. No son más que corralitos en que ejercer la sinrazón.

La clase política tragando y nosotros, una bofetada que viene y otra que va.

 

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1 comentario


  1. Harri Stone Lapierre

    Puede que tenga usted razón acerca de la arrogancia de la judicatura española, pero ¿cómo explica que el Ministerio Fiscal alemán (no un tribunal regional sin competencias) haya apoyado “sin matices” la extradición del Sr. Puigdemont?

    Será que el ministerio fiscal pide siempre la máxima pena (aunque no le compete en este caso) para los acusados, así porque lo valen…