Justicia una y trina

Billie Holiday cantó Strange fruit y no la escuchamos. Muchachos negros aparecían ahorcados en un árbol como la más extraña fruta que se hubiera visto, pero al cabo eran “nigger”, negratas sin derechos, más próximos a ser cosa que a ser humanos. John Lennon, décadas más tarde, nos cantó de nuevo y dijo que la mujer era “the nigger of the world”. Tampoco lo escuchamos.

Sí, la mujer es “el negrata del mundo” ahora que los ciudadanos de color empiezan a no ser ahorcados por una chusma de blancos-anglosajones-protestantes aunque, si los WASP son policías, aún juegan a disparar al negro cuando se cansan de tirar al blanco; el blanco es de cartón con una diana impresa; los negros no son de cartón, tampoco las mujeres, y siguen  siendo las negratas del mundo, por eso les siguen disparando a los negros con balas y a las mujeres con semen. Hasta con sentencias se les dispara.

La justicia profesional acaba de hundirse en un pozo infecto a base de despropósitos. Los condenantes light no han acertado a construir una sentencia decentemente redactada que no sonara a componenda ni tuviera retazos incomprensibles, como la extravagante apelación al ilegal acuerdo de pleno no jurisdiccional de 25 de abril de 2005 con el que el Tribunal Supremo – que esas cosas las ha probado poco – decidió que a efectos sexuales daba igual penetrar que hacerse penetrar. Metafísica sexual. No acertábamos a entender qué querían decir pero luego lo supimos: que la felación que el delincuente practica a su víctima equivalía a penetrarla oral, vaginal o analmente – insisto, lo han probado poco o nada – lo que dio lugar a que chupar el sexo a un hombre contra su voluntad fuera figura agravada (violación) por la supuesta penetración, pero chupar la vagina a una mujer sin su consentimiento no porque, huelga recordarlo, las mujeres no tienen pene que pueda ser chupado. Alguna vez nos explicarán qué tiene que ver semejante disparate con el asunto de la manada pero ni eso nos han ahorrado en un mundo en que la mujer sigue siendo el negro de este mundo y algunos jueces se empeñan en hacer filosofía de salón en sus sentencias, adobada de algo de sociología cutre.

El absolvente ha sido más aseado en la redacción, cargada de erudición ridícula y estéril, para concluir que fue la víctima quien se puso en situación de ser penetrada por todas partes y por cinco machotes en celo que se la pasaban como un equipo de baloncesto se pasa la pelota. Un “jolgorio” dice que fue; una borracha imprudente que propició lo que terminó sufriendo. Y acabó no dictando un voto particular sino una sentencia alternativa en la que no se ahorró ni el nombre: SENTENCIA, con mayúsculas. No voto particular disidente: SENTENCIA, como si fuera un Juez de lo Penal llamado a fallar él solo lo que debieron resolver entre tres y evitarnos el espectáculo. Y eso después de haber dado signos inequívocos de parcialidad objetiva a lo largo del juicio en el que prácticamente los acusados no necesitaban defensa teniendo a su favor a aquel magistrado. Como en la playa de Omaha en Salvar al soldado Ryan, “nadie está donde tenía que estar.”

Me remito a la página 16 de la sentencia de verdad, no la disidente. Léanlo: “un habitáculo de forma irregular y tamaño reducido (unos 3 m²)” en el que cinco machos impedían la salida a la vez que rodeaban a una mujer menuda, bebida y en shock, con los ojos cerrados ante lo que se le venía dentro, que no encima. Repartan mentalmente cinco armarios en tres metros cuadrados y acomoden en medio a una mujer, por menuda que sea. Hicieron con ella cuanto quisieron. Pasó a ser cosa y no persona, como las dianas de tirar al blanco, y eso es indicio de que a partir de un determinado momento, aunque se hubiera morreado con uno de sus verdugos, la situación era objetivamente intimidatoria y la víctima quedó a merced de esa chusma. Ella hasta pudo querer un polvo con uno de ellos pero no el ser mercancía para todos. Ni le preguntaron ni hubiera importado su negativa. La cosificación de la víctima caracterizó a los nazis, a los esclavistas, al  Ku Kux Klan, a los Skin head, a los yihadistas y a tantos otros seres abyectos que nos ha tocado soportar.

Abatida la pieza, necesitaban un trofeo y empezaron a grabar y fotografiar hasta que uno de ellos, ante el cariz que tomaban los acontecimientos, decidió que aquello se tenía que acabar, paró el jolgorio, que para ellos sí lo fue, y se fueron no sin antes quitarle a la víctima el móvil y sacar del mismo la tarjeta SIM y la de memoria. Y no se ahorraron la difusión de los vídeos y las fotos con comentarios: “follándonos a una los cinco”, “todo lo  que cuente es poco”, “puta pasada de viaje”, “hay video” (página 86).

El absolvente ha contaminado el juicio de parcialidad. Los condenantes han hecho un derroche de incompetencia. La única solución consiste en anular el juicio y repetirlo, lo que tampoco sé si arreglará nada porque ya todo el mundo irá resabiado a la repetición, acusaciones y defensas.

Recuerdo una tesis doctoral en la el doctorando citó a un jurista británico que había definido al juez como un ser independiente y dotado de sentido común; si además sabe Derecho, añadía, “le será muy conveniente”. Lo que ha faltado es sentido común y lo que ha sobrado es Derecho rancio. No hacen falta más leyes ni más severas. A base de populismo punitivo hay ya dos tipos de violación que tiene asignada una pena más grave que el homicidio. Y ahora el gobierno habla de reformar por enésima vez el código penal, reforma que por no ser retroactiva no mejorará lo que tenemos y empeorará sensiblemente lo que vendrá. ¿Se puede legislar que todo denunciado sea condenado si se trata de un delito sexual? Sí, pero Europa acabará por echarnos del club. A punto estuvimos cuando la Doctrina Parot. Entonces eran etarras las piezas a abatir.

Cuando un etarra de apellido Otegui disparó por la espalda a dos erztzainas y después de dos jurados que no se pudieron constituir porque nadie quería ser jurado – la infamia y la cobardía ya se habían generalizado en el país de los gudaris – surgió un jurado sumiso que dio por probado que se podía a la vez disparar por la espalda con una escopeta de caza y no querer matar a los ertzainas, y apreció, además, que el chico no era dueño de sus actos, o sea, que la escopeta actuó poco menos que sola, y absolvieron. Hubo que acudir a la justicia profesional para arreglarlo nueve años después.

¿Podrá remediar la justicia el extraño asunto, la rara fruta que es la mujer que se viola sola entre penes que se disparan sin que el dueño los controle?

De momento que anulen. Luego ya veremos.

 

 

 

 

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