Traidores antes que mártires

Lo que nos faltaba: ahora es la iglesia vasca la que se disculpa por las “complicidades, ambigüedades y omisiones” en que incurrieron mientras ETA asesinaba a placer a quienes no comulgaban con su sangriento delirio nacionalista. Los de mi edad recordarán a aquel nauseabundo Setién y a la cuadrilla con alzacuellos que lo secundaba en la condena de la violencia del Estado, a la vez que disculpaban al más cristiano modo a los chicos de la banda, aquéllos asesinos implacables..

Si fuera yo católico, si pudiera disculparles los brazos en alto saludando a Franco, el apoyo feroz a la dictadura, los abusos que consintieron en los pequeños que se les acercaron siguiendo la llamada de Jesucristo – dejad que los niños se acerquen a mí… – y los asesinatos a los que contribuyeron por acción y omisión, quizás pensaría en perdonarlos. Pero no lo soy y no tengo por qué atender al perdón que ahora solicitan. Renegados de su fe, negadores de su líder espiritual, prefirieron la vida cómoda de una parroquia silente a la vez que beata antes que un gesto de mera humanidad para con los asesinados y sus familiares. Hasta las honras fúnebres negaron a según quién. No estuvieron en los funerales en que se pedía por las víctimas de aquellos descerebrados que nos amargaron la vida a quienes, por estar lejos, nos dejaron vivir. Pero cuando era un etarra el caído se hartaban de responsos y rezos después de que un tipejo ataviado a lo Joaquín Blume hiciera algunas mariconerías delante del féretro de un asesino. Ahí sí estuvieron.

Leo que hasta el Vaticano publica que los curas vascos abandonan su ambigüedad, seguro que con la pretensión, con la vana esperanza de que los perdonemos. Ya antes nos pidieron perdón por los abusos, por Franco y por Pinochet, por la dictadura argentina y por tanto mal como sembraron llevados de su miedo. No es eso lo que habían aprendido en los Evangelios. Al contrario, tenían un ejemplo que seguir y decidieron traicionarlo. No se quisieron mártires, se negaron a dar ejemplo, y es ahora, cuando ETA deja las armas – o dice que las deja – cuando asoman la nariz a un mundo que ya no los entiende ni cree en ellos. Quienes han traicionado a quien reconocen como Dios ¿qué no harán con nosotros, pobres mortales?

Por más que busco en mi humanidad no encuentro razones para perdonarlos. No lo merecen. Alarmados por la caída de la fe en el País Vasco – sólo un 25% se declara católico – quieren repescar a los que echaron con su pésimo ejemplo, y todo con un gestito inane, una pequeña reflexión sobre un pasado que aún pesa y ha de pesar en la memoria de quienes los sufrimos de forma más o menos cercana. Confiésense y perdónense entre ellos, que para eso están ungidos con signo indeleble, pero que no no nos pidan perdón. El tiempo del coraje se pasó y nada hicieron.

Los infieles moriremos en paz y nuestra vida no habrá sido más que un momento luminoso entre dos eternidades, pero ellos creen que, una vez muertos, comparecerán ante un tribunal sumarísimo que pesará en una balanza sus obras, las buenas y las malas, y los hallará culpables o inocentes y los enviará al infierno que ellos han predicado o a un cielo que nunca nos han explicado. Pues prepárense. Acumulen disculpas, excusas y, si es que algún abogado ha conseguido pasar el filtro, búsquense el mejor porque les va a hacer falta. Si no puede un mortal disculparlos, ¿qué no hará un imaginado Dios de justicia?

Busquen piedras de molino, una cuerda y un río. Y procedan. No les deseo más. Ni menos.

 

 

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