Ceguera voluntaria

 

Ni el dueño del bar ni la camarera vieron nada cuando unos energúmenos delincuentes y cobardes agredían a dos guardias civiles en Alsasua. En el suelo y sangrando, inconsciente una de las víctimas, aún seguían los valientes gudaris pateándolo; tardó casi 300 días en curar. Y el honrado pueblo de Alsasua no le hizo el vacío a los canalla sino a la pareja de uno de los guardias, que ha tenido que irse a vivir a un lugar civilizado huyendo de lo que durante décadas huyeron quienes no pudieron aguantar más la presión nacionalista, como aquellos judíos que se fueron a tiempo de Alemania antes de que empezara la escabechina de verdad. Otros tuvieron menos suerte y los asesinaron antes.

A base de muertos nos acostumbramos los españoles a que se asesinara gente y nadie viera nada. La ceguera voluntaria se adueñó de una gran parte de la población vasca, que prefirió disculpar a los chicos con fundamento en lo fascista que era el Estado español. El supuestamente valiente y aguerrido pueblo vasco miraba para otro lado mientras ETA hacía el trabajo sucio y los meapilas del PNV recogían unos frutos políticos ensangrentados. Aquel patético Arzalluz hablaba de chiquilladas cuando la kale borroka quemaba autobuses. Pero entre las instituciones del Estado, el Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil ganaron esa guerra unilateral que una parte de los vascos había declarado a España, y fueron cayendo una tras otra las cúpulas sucesivas de ETA. Al cabo se tuvieron que rendir entre protestas de que no querían ni vencedores ni vencidos.

¿Hemos quedado en tablas? No es lo que dice la historia.

La antigua ceguera ante los asesinatos se vuelve mera miopía cuando se trata de interpretar cómo acabó todo aquel horror. ¿Nos rendimos nosotros, los españoles? ¿Son los nuestros los que están encarcelados? ¿Hemos entregado las armas y nos hemos plegado a la dictadura atroz que siguió a la de Franco y los vascos consintieron? Ahora ETA anuncia su disolución definitiva para contrarrestar lo que llaman “el efecto Alsasua”.

Se han hecho verdad todas las profecías de quienes predicaban que la sangre llamaba a la sangre. Quienes nos advirtieron de que un pueblo que alienta asesinatos se pudre por dentro y luego cuesta generaciones devolverlo a la civilización. Por eso resulta tanto más alarmante que Cataluña haya empezado la misma senda que ya sabemos cómo acaba. Los mafiosos CDR acabarán matando a alguien o a muchos. Es tal la rabia que surge de la frustración por el engaño sostenido al que los sometieron que, incapaces de ajustar cuentas con los trapaceros que los engañaron, vuelven su ira hacia quienes identifican como el enemigo. Por eso insisten en el carácter pacífico de los Jordis subidos al techo de los coches de la Guardia Civil destrozados pacíficamente por los revolucionarios de las sonrisas. Por eso huyen los más conspicuos artífices de esa gran mentira que fue el prusés. Por eso no ven que llevan tres presidentes caracterizados por la corrupción y la más amplia delincuencia. Por eso no ven cómo están hundiendo a Cataluña en el desprestigio, en un ambiente en que hasta los curas – como pasó en el País Vasco – dejan de ver para seguir creyendo en su pueblo, supuestamente elegido.

Mucho me temo que tendremos que andar de nuevo el camino que ETA trazó, pero esta vez expresado en catalán. Sólo hay algo a nuestro favor: que ya sabemos cómo se acaba con ellos en el más breve tiempo posible.

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