Calcetines de colores

Me llega por varios sitios la recomendación de ponerme mañana calcetines desparejados, preferiblemente de colorines. Dicen que es para “visibilizar” – palabro de moda – la situación de quienes sufren síndrome de Down y contribuir a su integración. Me disculparán que no me una a la fiesta. El Down y toda discapacidad intelectual, no diré la enfermedad mental, me enfrenta a uno de esos misterios insondables de la naturaleza humana y no tengo al respecto verdad alguna que sostener. Vivo en el estupor y en el desasosiego personal, atenuado por el afecto natural que despierta en mí toda enfermedad que afecte a un crío, y los Down, la mayor parte, no superan en su vida el estadio de una niñez prolongada, llena de dificultades. Los trato con singular simpatía, la misma que profeso a esos niños ya casi adultos que veo pasear en sillitas enormes por unos padres a quienes querría  abrazar para transmitirle la solidaridad que me inspiran. Pero en vez de lucir calcetines raros les expondré lo que sé sobre los Down en España.

Aunque el Código penal prohibe los procedimientos dirigidos a la selección de la raza, cualquiera puede comprobar en bases estadísticas fiables que la pirámide de edad de las personas con Down hace tiempo que dejó de ser pirámide y ha pasado a formar un rombo cuya base y cima resultan, en cifras de 2016, prácticamente iguales. Y eso es el resultado de cortar por la base, que es lo que se está haciendo, conjugando el diagnóstico precoz de la enfermedad con la posibilidad de abortar en las primeras 14 semanas sin alegar causa alguna. Resultado: nueve de cada diez mujeres que han concebido un Down deciden abortar y darse otra oportunidad sin anomalías genéticas, de modo que la base de la pirámide se estrecha más y más a base de restar nacimientos.

He oído de todo al respecto. Algunos niegan que el Down sea una enfermedad, y aciertan en parte, pero la realidad – es una anomalía genética intratable – resulta peor que lo que niegan: el Down no es una enfermedad, es un conjunto de síntomas diversos que afectan al corazón, el paladar, la laringe, el crecimiento, el tono muscular y la capacidad intelectual, fundamentalmente, en forma que va desde importante a extrema. Por eso se le llama síndrome, porque la trisomía del par 21 se manifiesta en una serie de síntomas y no en uno solo.

En un país de mayoría católica, cualquier cosa que eso signifique, la mayor parte de las mujeres que abortan un Down son de tradición católica, lo que acredita que hay una lucha entre el bien que predican unos y el supuesto mal que practican los demás, en relación 1/9. Pero la peligrosísima corrección política que se ha impuesto nos impide hablar del asunto en público. La gente prefiere vivir en la ignorancia antes que enfrentarse a la verdad más cruda: de seguir así las cosas el Down dejará de ser un problema en apenas una generación, y pasaremos de los más o menos 35.000 que hay ahora mismo a poco más de 6.000, con tendencia a seguir bajando.

Mientras todo esto ocurre hay quien se empeña en buscarle al asunto la parte festiva de los calcetines desparejados que esconde el dilema ético que hay detrás. ¿Nos hemos convertido en selectores de razas o ya lo éramos – lo fuimos siempre – pero no queríamos saberlo? La pregunta tiene respuesta: lo somos. Y no hemos hecho más que empezar. Esperen, quienes puedan, 30 años y vuelvan a preguntar por la pirámide de edad de los Down. Si se cumplen las espectativas el rombo se habrá acabado de formar a base de estrechar la base de nacimientos y mantener la cima puntiaguda a base de muertes naturales. El número seguirá descendiendo y formará un rombo cada vez más minúsculo que se devorará a sí mismo hasta que los Down representen una cifra insignificante. O desaparezcan.

¿Y usted? ¿Qué piensa hacer hoy?

 

 

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