Por última vez

Los tres últimos presidentes de la Generalidad de Cataluña se apellidan Pujol, Mas y Puigdemont. Pujol, caído de todos los pedestales, investigado por la golfada del 3% durante décadas. Mas, cooperador de Pujol, inhabilitado por adoptar decisiones ilegales, tiene embargado hasta su casoplón barcelonés por el mal uso que hizo de fondos públicos; también está metido en el núcleo exclusivo de la timba del prusés, el comité ejecutivo desde el que se dirigió el golpe de estado de barretina que se montaron sobre un delirio. Y qué les puedo decir de Puigdemont a estas alturas de su crisis psiquiátrica. Aparte de ser un prófugo de la justicia imputado por delitos que lo llevarán a prisión en cuanto pise territorio nacional, vive en el delirio de un territorio libre con sede en Waterloo desde el quiere dirigir la política catalana que, para su mente carcomida, no consiste en otra cosa que en tocarnos los argamandijos a los españoles, él que decía que su república nacería con la voluntad de que las relaciones con España fueran poco menos que un primor con lazos rosa.

No hace falta ser muy sagaz para afinar el diagnóstico: la Generalidad de Cataluña es la institución del Estado español más degradada, envilecida y corrupta de cuantas hemos dado, y ello más allá de lo que podemos imaginar para un futuro cercano.

Ahora pretenden profundizar el descrédito y el ridículo histórico proponiendo como presidente a un tal Sánchez, que ya no necesita mérito alguno para que sea tenido por delincuente escasamente honorable, en la tradición de los anteriores, esa que sólo permitirá honrarlos después de que ganen una guerra para la que les falta hoy y les faltará mañana valor. La hipocresía imperante exige un “presunto delincuente” pero cuando las acciones que se le reprochan las he presenciado, como aquella imagen de Sánchez y Cuixart subidos a un todo terreno de la Guardia Civil destrozado por los pacíficos insurgentes, ya no necesito anteponer hipocresía alguna al trato que le atribuyo al recluso Sánchez. Tiene el Derecho recursos para ponerme en mi sitio si piensa el pequeñajo asanchezado – qué vergüenza de apellido para un indepe – que me estoy metiendo donde no debo. Sea.

Aparte del hartazgo que produce la sucesión de días históricos, gestas imaginadas y ensoñaciones febriles que acaban sistemáticamente en fracasos monumentales trufados de insultos a España, a sus símbolos y a sus instituciones, entiendo que ha llegado el momento de hablar de política de verdad, no del remedo delirante que ofrece la peña indepe. Volvamos la vista a este país, el nuestro, y enterremos en el silencio el futuro inmediato de los fugados, la nada que los espera, la depresión incontenible en que antes o después caerán cuando consideren lo que se han buscado a base de apoyarse unos borrachos en otros para no caer al suelo. Acabarán como Ovidio, ése sí exiliado por orden del César, escribiendo unas “tristes” a la altura de su inconsistencia.

No habrá arranque sublime como el de Ovidio, que no concebía la vida sin Roma y todo lo que Roma le daba: “Cum subit illius/tristissima noctis imago”. Cuando los acometa la imagen tristísima de aquella noche en que salieron de España camino de la vergüenza internacional, a punto de convertirse en figurones del carnaval flamenco o en la imagen bipolar de quien se peina estilo etarra o repija según quien la vaya a entrevistar y la consigna que deba transmitir para abrirse paso en el país más caro de Europa, vendrán entonces las lágrimas nada simbólicas de quien entiende repentinamente que ha desperdiciado su vida en una empresa sin futuro ni gloria, sin épica alguna. Perecerá su imagen, que sólo sobrevivirá en dichos chuscos de pueblo sin ni siquiera la solidez que los lleve a ascender a categoría de refrán. Chistes y memes, cachondeo que no aspira legítimamente ni al nivel de los cuentos de Calleja.

Si no surge algo que merezca comentario más allá de este último, hasta aquí hemos llegado. A partir de ahora me ocuparé de ideas tanto tiempo aparcadas y de realidades tangibles como las pensiones o el paro, lo que de verdad nos importa. Hablar de Cataluña no merece la pena mientras los propios catalanes no den el paso al frente y defiendan el territorio, el pueblo y la historia que hace unos años resultaban admirables y algunos, hace apenas unas semanas, se encargaron de enlodar.

Adios, prusés.

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