Síndrome disociativo catalán

Esta es la situación a que ha conducido Puchifrites, de momento, a una política catalana que alguna vez creímos que era seria y podía seguir siéndolo incluso en tiempos confusos. Y no se ve el momento en que la realidad se imponga y el conjunto secesionista, en un momento de lucidez ocasional que todo loco acaba teniendo, termine de soltar amarras de un delincuente fugitivo y en plena alienación que ha instalado a Cataluña en el ridículo histórico – él mismo lo dijo y lo escribió -, sin más finalidad apreciable que la de salvar su propio culo rebelde, hoy sumido en una realidad paralela en la que sólo él vive.

Vivimos los demás en la esperanza de que, en efecto, no se pueda engañar a todos todo el tiempo y se llegue al punto de dar un puñetazo unánime en la mesa que ponga fin a la alucinación echándola al pozo de la realidad mágica de donde nunca debió salir. O eso, o va a conocer el mundo una farsa que pasará a los libros de la historia psiquiátrica como “el síndrome disociativo catalán”, constituido en lo fundamental por un presidente que no lo es en una república que tampoco existe. Sólo falta que le den el número 155 en la nomenclatura de las enfermedades mentales para cuadrar el disparate, pues se acabará describiendo como síndrome en el DSM-V, se estudiará en los programas de ciencias políticas y sociológicas e incluirá episodios como el cambio de vehículo en un túnel, la paranoia del helicóptero, que cursará como fobia específica, y el Trastorno Obsesivo Compulsivo del noble arruinado y la puta vieja: yo fui, yo tuve, yo iba a conducir a mi pueblo a la libertad… y he arrastrado a todo un pueblo que parecía culto y sano a un delirio necio compartido sólo por miedo a qué dirán de mí en la plaza de aldea en que se ha convertido la política catalana.

La CUP, que ni siquiera entonces era nadie, llevó del dogal a Mas al basurero de la historia, y ahora, que es menos que nadie, pretende llevar al conjunto secesionista ERC- PDeCat a un desierto de cuarenta años al que nadie sobrevivirá, pues morirá hasta el último sin ver una imaginaria tierra prometida.

Cataluña necesita un crucero Piolín lleno de psiquiatras y una enfermería especializada en el cuidado de alucinaciones colectivas. Las mentiras sobre las que se ha basado el famoso prusés se han enredado unas con otras en una madeja infame de la que Puchifrites no sabe salir, y habrá que irlas desmontando con mucho tiento hasta dejar la realidad desnuda: no hay más legitimidad que la que surge de la ley, el 1-O fue un pucherazo infame, el 9-N un carísimo picnic festivo, lo de los días 6 y 7 de septiembre de 2017 un golpe de estado en toda regla y así sucesivamente. Y de todo eso se han de bajar los secesionistas, mejor antes que después, porque a la fuga de empresas seguirá la fuga de ciudadanos cuando quienes se mantienen cuerdos vean que los están dejando sin futuro para ellos y para sus hijos.

Son los catalanes no afectados por el síndrome los que tienen que poner fin al desaguisado. Son ellos los que tienen que forzar a los delirantes a poner fin a la aplicación del art. 155, diseñado para tiempos excepcionales como fueron los del otoño pasado. Son los catalanes en su sano juicio los que tienen que tomar el mando y devolver a las instituciones catalanas el respeto y el prestigio que una pandilla de descerebrados ha dilapidado. Tendrán que bajarse de muchos burros a los que siguen subidos mientras el cobardón Puchifrites pretende ser un mantenido perpetuo y tener intervenida, desde Bruselas, la política de uno de los territorios más activos de la UE.

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