Con el culo al aire

Una excuñada mía, excelente persona, fue siempre mujer optimista y buena en el mejor sentido del término, muy creyente e incapaz de dar un espectáculo. Pero un día, de viaje por Andalucía, paró junto a su marido e hijos, todavía críos, en la plaza de un pueblo pequeño en que unos soldados que hacían la mili esperaban el autobús. Hizo el ademán de tomar a uno de sus hijos y ese fue el momento en que la falda se le vino a los tobillos, y no fue capaz de dejar caer al crío y poner fin a la situación; dejó, azorada pero tranquilamente a su hijo en el suelo, y se apresuró a subirse la falda y recobrar la compostura. Me lo contó muerta de risa. Pasó vergüenza, claro, pero ni ella se ha de condenar por el inocente espectáculo ni creo que los soldados contaran el episodio si no fue, a su vez, muertos de risa. Le habían visto las bragas a una madre joven pero sin mérito alguno por su parte ni malicia por parte de la exhibicionista. O sea, nada.

Peor fue lo de mi amiga y compañera A., que estaba bañándose en su piscina con amigos y el oso de su marido que, estando ella en el agua y a punto de salir, por hacer gracia la cogió por las muñecas y empezó a capuzarla a base de entrarla y sacarla del agua mientras miraba al tendido. Ella gritaba desaforadamente – siempre fue algo exagerada – y cuanto más gritaba ella más se reía él, hasta que miró hacia abajo y descubrió que a su mujer se le había bajado el bañador en la primera zambullida y andaba con las tetas al aire – un buen par – mientras él seguía con la broma. Luego ella me lo contó muerta de risa y mirando como miraba lady Di, de abajo arriba, ruborizada y con cara de habérsele escapado un gas en público. Tampoco tenía culpa alguna pero bien que enseñó las tetas a los amigos aquélla mañana de verano.

Ahora el que se ha quedado con el culo al aire es el sr. Puchifrites. En principio por una indiscreción de su exconseller Comín, que amagó con querellas por el art. 197 Cp (descubrimiento y revelación de secretos) hasta que calló en la cuenta de que, como mi excuñada y mi amiga, quien enseña las bragas, las tetas o el culo que no se queje de que los demás lo vean; y en tiempos de móvil, que no se queje de que lo hayan subido a la red y perpetuado con el carácter indeleble con que internet marca todo lo que a ella accede. Antes se borra un bautismo – apostasía -, un matrimonio – divorcio – o el orden sacerdotal – para el que basta con remangarse la sotana – que cualquier información que accede a la vida eterna digital.

¿Hubo malicia en lo de enviar los mensajes? ¿La hubo en lo de dejarlos a la vista de un cámara que, por profesión, está obligado a no dejar que se le escape un chollo? Se habla de una conspiración de ERC para librarse del Puchi; podría ser. Pero el caso es que si el hoy con el culo al aire no hubiera dejado por escrito la verdad que a todos ocultaba nadie hubiera podido dejarlo, como él mismo ha dicho, en el ridículo histórico en que está. Todo es mentira y lo sabe, pero pretende seguir con el engaño. Quiere mantener el tipo achacando el lance a debilidad humana y a un mal  momento de duda. Pero el culo se lo hemos visto y se lo hemos grabado. El ridículo ya está hecho. La epopeya catalana se ha ido a hacer puñetas. Aunque entrara a caballo en el parlamento de su pueblo no verá nadie en su cara otra cosa que el ridículo que ha hecho y, encima, dicho.

Puchi, no nos vengas con milongas, que se te ha visto el culo.

 

 

 

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