El hediondo martirio catalán

Los mártires sediciosos, liberados por la intercesión de santa Carme Forcadell y sus arrepentimientos, van desvelando en dosis homeopáticas las penalidades que les ha infligido la maldad organizada al hispánico modo. Callan porque no quieren que los suyos sufran más de lo que ya llevan sufrido y por eso deslizan meros detalles que los atribulados, derrotados y, pese a todo, triunfantes republicanos de barretina deben ir uniendo en una imagen global de hasta dónde es capaz de llegar el malvado estado castellano cuando se trata de pisotear catalanes.

El traslado a prisión fue en furgoneta sin ventanas, como delincuentes comunes, verde que te quiero verde y con un tufo enorme a Guardia Civil. Allí el pobre Rull no dejaba de marearse, debilidad disculpable al estar muy agravada por el hecho de que por primera vez en su vida – léase con acento Tardá y un dedo alzado entre acusador y numerador – se había visto obligado a quitarse el anillo de casado. ¿Imaginan mayor crueldad? Pues con ser mucha no fue la peor. Cuando un estado martiricida se pone, se pone. Y ya tenía bien tramada la que sería la pesadilla de los ultrasensibles delincuentes catalanes: la comida.

Sólo les diré que se hubo de comer el pobre Rull unas hamburguesas tan quemadas que se le rompió el tenedor en el intento. Entiendo su desazón. He roto yo muchos tenedores partiendo huevos duros y algún espárrago que otro, qué no harán unas hamburguesas al estilo socarrat. Tremendo. Pero tampoco eso era lo peor. Ni mucho menos.

Lo peor es que el abominable estado castellano, parapetado tras el art. 14 CE, tenía preparado un menú con efectos flatulentos, alevosos y premeditados. Tal como el propio Rull expone, entre lágrimas y “para entendernos”, era “un cocido de aquellos intensos”. Imagínense. Y por pudor no lo dice todo pues a los castellanos, en oyendo la palabra cocido, se nos viene a la mente y a la boca el apellido maldito, el que mejor define las perversas intenciones de ese estado torturador: ¡cocido madrileño! Y claro, acostumbrados ellos a las fragantes y alegres flatulencias de la butifarra y los calçots, el ambiente se les hacía irrespirable en una celda de 10 metros cuadrados donde dos hombres de bien se aliviaban al unísono de gases que ni en Auschwitz se han descrito peores. Y eso Rull, que andaba con Turull componiendo la imagen señera del premio Gloria Fuertes a la rima que da grima; hay que imaginar al pobre compañero de celda de Junqueras que, por las trazas, suelta gases letales que ni Schrek en sus peores momentos de indigestión los soltó de semejante calibre, sonoridad y toxicidad.

Lo que yo les diga: que el asunto se instala de lleno en el espectro de la tortura, a medio camino entre trato inhumano y degradante. Y encima, bajo coartada constitucional de la igualdad de todos ante la ley: cocido madrileño per tothom. De verdad ¿cabe mayor felonía? Y sabiéndose inocentes, como los pobres misioneros jesuitas machacados por los chinos, como los pobres Padres Capuchinos en manos de los indios motilones.

No les diré más. No quiero ser tachado de sensiblero si insisto en describir este plan cruel y sistemático que ha ocasionado un sufrimiento atroz en el cuerpo místico catalán – ese es un cuerpo y no el de Cristo -, poblando el calendario de fechas memorables en todo partido que se precie de ser jugado en el Camp Nou. Parones y cantos de segadores se repartirán en memoria de los caídos, de los apestados, de la persecución miserable que tiene al pobre Puchi condenado a comer frites a perpetuidad por las gélidas calles de Bruselas, a donde hubo de exiliarse por no compartir el encierro y la tortura a que condujo valientemente a los suyos. Y eso que las frites, según qué salsa lleven, igualmente alientan gases tóxicos que recuerdan mucho a los gases inducidos por españoles, no diré por madrileños, que esos son peores aún.

Menos mal que toda esta infamia está escrita y quedará para la memoria de la humanidad, junto a los 900 heridos y su milagrosa curación, junto a los dedos machacados uno a uno y las tetas toqueteadas por los bastardos policías españoles paridos por el crucero Piolín. También junto a los muertos con que los españoles iban a sembrar las calles y el Puchifrites conjuró declarando sin declarar, desconectando sin desconectar… y dándose gloriosamente a la fuga por mejor defender su república, dejando a sus huestes con cara, como dijo Charlie Hebdo, de ser más gilipollas que los corsos.

No quieran los dioses que en el futuro haya lectores desavisados que lean todo este rosario de infamias y no acierten a ver el sentido de conjunto, pues es de temer que obtengan la equivocada impresión de que queriendo hacer hagiografía incurren en producir una nueva versión de la Venganza de Don Mendo. Y no es eso. Que ustedes no saben lo que llevan sufrido estos mártires a costa de los gases y de los tenedores rotos.

 

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