El hundimiento de la ínsula

El rosario de penitentes compungidos por no haber estado preparados para proclamar la independencia nos refuerza en el convencimiento de que estamos ante una pandilla de delincuentes comunes, asaltantes de presupuestos generales e irresponsables políticos a los que su propio pueblo debería defenestrar antes de que las sentencias firmes los arrinconen en prisión, y por muchos años que sea.

La condición de aforados a la que aspiran hará que su causa la vea el Supremo pero no impedirá que las condenas que se han ganado a pulso los bajen de la poltrona y acaben en prisión, esta vez ni preventiva ni eludible. En la burbuja delirante en que se encerraron entraba que el día 2 de octubre no habría legalidad española que aplicarles, por eso el delincuente exjuez que se ufanaba de contar con los datos fiscales de los catalanes y residentes se las verá ahora con las leyes españolas que ignoró. Estamos a 16 de noviembre y la ley española sigue en vigor, y más el art. 155 CE, amenazante de presente y de futuro con encarcelar a los que se atrevan a seguir por el camino de los hoy presos y huidos.

El fugado también ha bajado un escalón: otra salida es posible, dice, y suena a bandera blanca agitada por quien se sabe perdido en un delirio más allá de los antipsicóticos.

¡Qué vergüenza! ¡Qué falta de dignidad! ¡Qué irresponsables! Otros en la historia sostuvieron sus errores y prefirieron la cárcel antes que reconocer que todo el daño fue en vano, que lo hicieron sin saber en qué pozo hundían a los suyos, regalando votos a manos llenas a quienes eran el blanco de sus desprecios. Todo para engordar las filas de quienes vienen ahora a desmontar la mayor estafa cometida en España después del franquismo, esa ignominia que a todos nos sojuzgó con apoyo en las armas y en instituciones corruptas hasta la médula, no más que la corrupción que estos canallas implantaron en Cataluña.

¿Quién fue el urdidor de la ínsula Barataria? ¿Quién el engañado? Y no hay sino mirar a Mas, el pretendido taimado, para saber que fue él el que alentó el desastre, que Junqueras fue el Sancho infeliz que se dejó seducir por el poder que veía a su alcance y que el coro lo componían Rull, Turull, Romeva… esa pandilla de presidiarios que ahora desesperan por ver si les dan suelta y retoman el desmán donde lo dejaron. Y hace falta también un Shakespeare que ilumine a lady Macbeth, esa Forcadell del “ningún paso atrás”, hoy avergonzada y recluida, ajena a manifestaciones, temerosa de volver a la prisión de la que Vila salió acojonado tras una sola noche de celda y sonidos oscuros.

La ínsula se hunde irremediablemente en el descrédito. Ya todos reculan, se pliegan como cobardes. Ahora ven que había otras soluciones porque es ahora cuando se enteran de que España sí existía, sí era la Nación y el Estado que ellos no querían ver. La cárcel les ha abierto los ojos como antes a otros delincuentes. Ahora ven que era mentira cuanto pusieron en sus periódicos y en sus libros de historia inventada. Que no, que Cataluña no fue nunca nación ni Estado, que no es capaz de la independencia sin volver al feudalismo, que su nombre lo han arrastrado quienes decían ser sus hijos más fieles y han resultado ser traidores de la peor calaña.

Hemos tenido enemigos mejores, ¿pero éstos…? ¿Era este el poder de un pueblo que no debíamos subestimar? ¿Era esta la nación antigua en que Europa se miraba? El gallo mentecato que agacha la cabeza al entrar al corral por el portalón de caballos y carruajes no hace más el ridículo que esta gentuza mezquina. Que vuelva Berlanga y los retrate: todos a la cárcel.

 

 

 

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