Muchos han votado ya (in pectore)

En el mundo de posmentiras al que llaman posverdad, si difundieran un vídeo clandestino en que Junqueras dijera “dos y dos son cuatro” pensaríamos que se trata de una mentira más y tardaría en imponerse que dos y dos son, ciertamente, cuatro. Sobrevivirían inevitables matices paranoicos: puede que dos y dos sean cuatro pero, ¿qué ha querido decir Junqueras, del que no me puedo fiar? ¿Dónde está la trampa? Y ahí es donde la inteligencia se encasquilla y el cerebroportante se sume en un mar de desasosiego. En la misma línea, nada más salir por patas Puigdemont el Centro de Estudios de Opinión catalán – es decir, Junqueras – publicó un sondeo: todo seguirá igual el 21D, pero todos oímos otra cosa: dos y dos son cinco.

Hasta su excremencia con sus mentiras oprobiosas juntaba más gente en la Plaza de Oriente que estos con su república entre a la fuga y encarcelada. El Maidán catalán ha quedado en nada pero se puede – y se quiere – reeditar la desazonante sensación de la noche electoral de junio de 2016, cuando los sondeos a pie de urna daban la victoria a Podemos sobre el PSOE y por unos minutos nos vimos gobernados por las veleidades del coleta y su pandilla. Hubo revuelo incrédulo: ¿Cómo? ¿Que dos y dos son cinco? No duró. Cuando pasamos del voto “narrado” al voto “contabilizado” se disolvió el engaño. La culpa la tenía el voto avergonzado, los que habían votado a quien menos se esperaban sus vecinos y a pie de urna declinaron confesar el voto por la misma razón por la que los pecados sólo se confiesan al cura, y no todos: les daba vergüenza reconocer que habían apoyado a Rajoy, a Cs o al PSC.

En Cataluña se presentan los partidos que están detrás de Junqueras y Artur Mas, responsables a título de autores del caos que disfrutamos. También Iglesias – este último, si sobrevive, tanto él como su partido -, por más que los podemitas, en cualquiera de sus confesiones, no harán sino contribuir al caos, de modo que los votantes, ahora ya nada románticos, con la amenaza del paro, obligaciones e hipotecas, puede que sigan queriendo que se hunda el sistema español pero de una forma elegante y sin que les pille a ellos debajo.

Quienes no puedan votar al PSC por la afrenta del 155 volverán sus ojos a Junqueras y recordarán las podridas mentiras sobre economía. Desde el entorno de Junqueras salió la especie de que la república era inviable pero en público no lo reconocían; el mensaje ha calado: no son de fiar. Tendrá que elegir el votante entre cualquiera de los que aseguran el orden constitucional, y eso los avergonzará; o no contestarán o mentirán en las encuestas a pie de urna. Lo mismo harán los de ERC que no se acaban de ver ni en el Junqueras preso ni en la improbable alianza con el PDeCAT, y menos en los muñegotes de Tardá y Rufián. Los silentes, por la misma razón que los ha tenido callados, y los arrepentidos por el espectáculo vivido con sonrojo, seguirán silentes ante las alcachofas de los medios. Silentes pero votantes, y sus votos contarán como los de los locuaces: en ese asunto dos y dos siguen siendo cuatro.

La CUP es caso aparte. Es como pedir coherencia política a la asociación de consumidores de LSD. Pues depende de cómo los pillemos: votarán por el ácido lisérgico o no votarán, o se quedarán de colocón en su casa. Irán a menos. Hasta el PP tiene más visos de cosecha, por escasa que sea, que las poco glamurosas cuperas y su reivindicación de la vuelta al paño higiénico o al sangrado libre antes que compresas y tampones imperiales, que se lo tiene dicho Maduro. Los votarán las espesas en una Cataluña civilizada, de ducha diaria y bidet.

Cs es del único partido del que sabemos que sube fijo, incluso tras la afrenta del 155.

Conclusión: nada de encuestas a pie de urna: votos contantes y sonantes. Y a ver si el frentepopulismo de la derechona PDeCAT con los secesionistas resiste las suspicacias del seny a la hora de sumar dos y dos.

Y si se vuelve a imponer la locura secesionista se volverá a imponer el art. 155 y se encasquillará un sistema que ya no aguanta más traqueteos.

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