¿Dónde está Wally?

La frivolización de la libertad – yo hago lo que quiero, esté bien o mal – y de los usos democráticos, sacralizando la votación a despecho de lo votado – sea legal o no -, son estupideces asumidas por una parte importante de nuestra sociedad, víctima de un sistema educativo de vocación ignorante, y conduce a distorsiones impredecibles. Las estupideces en que se ha fundado el secesionismo que nos enreda se lanzaron en su día esperando que por mera reiteración calaran (Goebbels), se propagaran y a la larga perduraran. Y así ha sido. Nosotros las tolerábamos en la vana esperanza de que todo el mundo apreciara su inconsistencia: los investigados son unos golpistas al mismo nivel que Tejero, Cataluña está siendo rescatada del caos, Puigdemont es un delincuente fugado de la justicia y traidor a los suyos. Era demasiado esperar un rasgo de decencia entre tanta desvergüenza.

Ahora una agencia de evaluación, de esas que no vieron venir la crisis y sólo pontifican a posteriori, señala que la aplicación de la ley española supone un riesgo para la prima de riesgo española; el problema, por tanto, es el Estado de Derecho español, no quienes lo afrentan. Por otro parte, el abogado belga de Puchi va a someter a evaluación a todo el sistema español de justicia, incluida la asignación de penas por el legislador y la independencia de jueces y fiscales. Son, sin duda, consecuencia de las estupideces previamente sembradas por el independentismo catalán: en España rigen aún las leyes de Franco y Franco mismo las administra; además, no hay separación de poderes y son los políticos – que ellos identifican con el PP – quienes dictan resoluciones que los jueces acatan sin discusión. Aquello que no nos pareció importante nos ha traído a un mundo en que el trilero Puigdemont se reclama víctima y no delincuente golpista huido.

En la medida en que no podemos impedir la existencia de gentuza como el primeramente fugado, luego exiliado, al poco meramente alojado y hoy definitivamente prófugo Puchi y sus colegas de independencia y fuga, sólo nos queda insistir en la razón que nos asiste y no discutir necedades. Nunca más me tomaré en serio el impulso secesionista catalán ni a sus líderes, que han resultado ser unos mastuerzos pretenciosos. Tampoco consideraré sus propuestas ni lo que surja de ellas. Para mi gasto me basta con tener al Puchi lejos de España, refugiado perpetuo en Bélgica si se quiere, con tal de que brille ante el mundo su inconsistencia: proclamar sin proclamar una república virtual para, inmediatamente, acogerse a una monarquía real pero geográficamente lejana y a salvo de la justicia. No. Que lo hablen entre ellos. Que lo resuelvan los jueces belgas y que la UE diga lo que tenga que decir al respecto, pero no perderé yo el tiempo en los jardines en que se han metido otros.

Si el fugado y procesalmente rebelde Puigdemont quiere seguir jugando a “dónde está Waly”, que juegue, pero con sus amiguitos y con los que se arrimen, que a Iglesias y a Echenique los tiene de su parte. Los españoles no estamos para argucias catalanas ni para sonrisas zorrunas tipo Artur Mas. Somos gente seria y estamos preocupados por el paro, por la pobreza, por el estado del bienestar, por el terrorismo en general y por el yihadista en particular. Queremos acabar con la corrupción, alcanzar la igualdad real de todos, poner fin a la brecha salarial hombre/mujer, a los residuos del macho descerebrado que en su día no combatimos con la intensidad necesaria, bajar aún más la cifra de muertos en tráfico, reducir las víctimas de homicidios y asesinatos sin consideración de sexo, atajar los abusos sobre menores, la  degradación y los delitos que acompañan a quienes han hecho de la explotación sexual de mujeres su profesión…

Todo lo anterior me preocupa y nos preocupa. El enredo de la fuga, la posibilidad más que real de que acabe el Puchi regresando esposado y custodiado por policías españoles, eso ha dejado de interesarme. No estamos para perder el tiempo. Que los jueces hagan su trabajo y que los catalanes, ya convocados, decidan de una vez qué Cataluña quieren, si una continuista con el delirio, la pobreza y el caos o el orden constitucional que ha llevado a Freixenet a quedarse donde siempre estuvo y debe seguir estando. Y luego ya veremos.

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