Perdona, María…

Podría ponerme serio y citar a Max Webewr: si uno se dispone a poner sus manos en la rueda de la Historia es mejor que considere si está preparado para ello, y si algo ha quedado claro es que los Puchis, los Junquis y toda esta tropa miserable no sirven ni para alcaldes pedáneos del último rincón de Cataluña. Así que hay que borrarlos del mapa, sacarlos de la viñeta, echarlos a que purguen su vergüenza en algún escondite lejano y no volver a tomarnos en serio a gentucilla que no tenga el valor acreditado. Mayormente por no hacer el ridículo que también hemos hecho – mea culpa – quienes los habíamos tomado en serio por falta de ojo clínico.

Hemos hecho el panoli cuantos nos tomamos en serio las bravatas del Puchi, que se ha ido de vareta a esfínteres sueltos una vez se ha visto al mando de la insurrección. Pero se lleva dos récords mundiales: el primero, haber proclamado la república catalana más corta de la historia – unos 10 segundos; no hay cifras oficiales -, y el haber conseguido una propuesta que indigna por igual a los forofos, a los tibios, a los indiferentes, a los contrarios y a los enemigos acérrimos. Éxito total. Y así ha quedado por su falta de savoir faire, sólo a falta de que Colau le cambie los pañales.

Los fieros indepes han perfeccionado el ridículo llevándolo a la categoría de “ridículo king size”. Han puesto a Cataluña en el mapa para que el mundo se cachondee de sus tradiciones, y lo menos que les ha dicho Charlie Hebdo es que son más gilipollas que los corsos. Circula un meme de Puchi, Junqui y Colau con nariz de payaso y debajo el lema “había una vez… !un circo!”, ellos que querían darle solemnidad a ese acto improvisado, retrasado, sometido a la CUP, convertido finalmente en página bufa de la historia. Como el incendio a cuya extinción no pudo contribuir Coleridge por estar “demasiado gordo para la virtud activa”; a toro pasado, consumida la fábrica de pianos de doble teclado, concordaron los presentes en sólo una cosa: que había sido un incendio pobre, sin gloria ni épica. Un asunto banal que no seguiríamos citando de no ser por la bizarra excusa de Coleridge con apelación a sus muchos kilos. Pues como la independencia de Puchi: de risa.

Por la vía Puigdemont se divorcia cualquiera sin divorciarse, sin salir de su casa, sin separación de bienes y sin los morros eternos de la legítima despechada. Se me viene a la cabeza aquella viñeta de El Jueves en que un albañil con pañuelo de cuatro nudos se va “pa la Mari” y le suelta que se piensa divorciar. La Mari, cabreada pero firme, le suelta la retahíla de todo aquello a que iba a renunciar Mariano con tan desdichada decisión: la tartera por la mañana, la casa limpia, la ropa del domingo planchada, los críos escolarizados, el polvo sabatino y, en general,  todo aquello que sostiene el matrimonio pasados los seis primeros meses. La cara de Mariano se iba torciendo a medida que la Mari soltaba por su boca un anticipo de la vida de penurias a la que se enfrentaba, y terminaba soltándole a la Mari: “Perdona, María, c´a sío un momento de obsecasión.” Y no hubo nada.

Al final han surtido efecto los mecanismos del Estado de Derecho y los rebeldes y sediciosos se han acojonado ante lo que se les venía encima; ahora creen haber exorcizado sus descalabros futuros, pero no. El Estado no es la Mari. Habrán de pechar por lo ya hecho. Pero la risa que nos han propiciado, esa no nos la quitarán.

¡Qué miedo, Puchi, qué miedo me hiciste pasar anoche! Hasta que dijiste la verdad: que era de broma, hombre, que era de broma.

 

 

 

 

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1 comentario


  1. Pablo

    Enorme prof Clares
    Felicidades

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