El soviet de Sant Feliú

Los que nos quitamos el pelo de la dehesa discutiendo con los ayatolás marxistas de los 70 identificamos el rabo sovietizante en el cordero mejor disfrazado. Y ese rabo se lo hemos visto a la propuesta de Iglesias de convocar una asamblea de “todas las fuerzas políticas comprometidas con la democracia” – todos menos el PP y C´s – y alcaldes de toda procedencia – ¿Todos? ¿Los andaluces también? -, es decir, devolver el poder a los soviet para que nos arreglen una situación que se arregla cumpliendo la ley. Pero la ley no le gusta al señor de la coleta igual que no le gustó a Maduro el resultado de las elecciones y por eso la constituyente y todo lo demás. Vidas paralelas, diría Suetonio.

La ley y las instituciones que de ella se derivan contienen y ordenan el uso del poder, pero ya nos dejó dicho Marx, y tiene el coletas bien asumido, que las democracias occidentales sólo aparentemente son democráticas, siendo lo democrático de verdad que el pueblo asuma el poder por las bravas y lo ejerza según le peta. Hay democracias formales, como la nuestra, que sólo aparentan serlo, y democracias materiales – no me atrevo a decir “reales” por no molestar a la afición podemita -, como la organización de un referéndum al margen de la ley, sin garantías, con censo robado, sin locales, sin nada que sirva para homologar el resultado, obstáculos que no dejan de estar inspirados en las democracias burguesas y, por tanto, no ha lugar ni a considerarlos. Es una apelación a la democracia directa, esa que se pregunta, como Lenin, “libertad ¿para qué?”, y se contesta que la única libertad legítima es la que arrambla con la burguesía y devuelve el poder a los soviet, esas “instituciones” que tanto bien hicieron por la Unión Soviética y los países vecinos a los que libró de la bota burguesa durante tres malditas generaciones.

Siendo, como es, aficionado a Juego de Tronos, raro es que no se le haya ocurrido al mozo proponer que el aquelarre democrático que plantea se celebre en la iglesia de Sant Feliu de Fumanya, en el alt Berguedá, por la noche y, a ser posible, con gota fría para darle un tono épico a la hazaña, llamada a ser la nueva Covadonga en versión catalana podemita. Allí se concitarían los poderes emanantes del pueblo soberano, excluidos los traidores a la causa, y de ahí saldría, por fin, la ansiada república catalana que, como bandera clavada en la playa del desembarco de la modernidad en España, no se plantea otra cosa que echar abajo España entera y dejarnos sumidos en un mar de taifas irreconcialiables y con una economía de vuelta a la Edad Media, propia del ámbito de la iglesia de Fumanya. El círculo se va cerrando.

Y al cabo puede que el soviet de Sant Feliú resulte determinante del resultado de la votación asamblearia que sin duda habrá que hacer para decidir finalmente si se declara la república catalana o si, como es de temer, no hay más que apelar una vez más a una imposible negociación con el Estado español para conseguir un cupo como el vasco, de forma que sean tres, y no sólo dos, las comunidades subvencionadas dentro del Estado español.

Es tan antiguo el discurso, tan rancio y deslucido, que no merece la pena ni entrar al trapo. Urda el sr. Coletas el derrocamiento de Rajoy tras el éxito de la reciente moción de censura, y procure atraer al Dr. No a su causa, pero mientras lo consigue debería dejar de dar la lata o, mejor, deberíamos los demás elevar nustras preces a San Judas Tadeo, patrón de causas imposibles, por ver si nos libra de semejante plasta y podemos, por fin, centrarnos en resolver problemas en vez de perder el tiempo con propuestas que ya eran viejas a finales del XIX.

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