Pepe Gotera y Otilio y su soñado martirio

A los lectores de Periodista Digital no nos hacía falta que el presidente de la Eurocámara nos recordara que la deriva de estos desarrapados los conduce – a ellos y a Cataluña – al frío exterior del Kosovo heteroadministrado. Lo sabíamos porque mi vecino de blog y admirado amigo, Pablo G. Váquez, había hecho lo que ninguno en los últimos tiempos, entretenidos como estamos con el guirigay del parlamento catalán: leerse la letra grande y pequeña del Tratado de la Unión y señalar, en una entrega reciente (No es lo que parece (es lo que es))-, que el artículo 4.2 del Tratado de Mastricht establece que la UE “respetará (…) – respecto de los Estados miembro – su identidad nacional, inherente a las estructuras fundamentales políticas y constitucionales de éstos, también en lo referente a la autonomía local y regional“, y también “su integridad territorial”, la que el fantoche de Mas y su cuadrilla creían que podían violentar a base de supuesta astucia pueblerina.

Y no ha faltado ni la guinda grotesca y chusca de que sean ellos mismos quienes, apelando a su condición de europeos, invocan una legislación que los condena a la penuria identitaria. No hay parangón de ridículo más acentuado si no es la imagen del famoso torero “el Puchi” a quien su subalterno “el niño de Sant Boi” le planta un par de banderillas en lo alto de los lomos y se va a descojonarse al burladero.

Es lo que ocurre cuando uno olvida el peligro que tiene escupir al cielo o mear río arriba en el agua que luego se ha de beber.

Los curiosones leímos a D. Pablo y no supimos ver cuánto de anticipación había en su aparentemente inocente entrega, y ha tenido que ser el presidente de la Eurocámara el que venga a recordarnos que tenemos por aquí gente pensante y, enfrente, descerebrados de encefalograma plano que se abandonaron al delirio de que la democracia se puede volver contra sí misma y colocarse, como han hecho ellos, un par en todo lo alto que – y bien que me revienta citar la frasecita – “si a nosotros nos honra, a ellos los envilece”.

Escribo esto en la noche del día 7, cuando aún no se ha apagado el humo de los primeros truenos del Estado contra la ofensiva de quienes son ya cadáveres políticos – si no directamente zombis penitenciarios – de una España y de una Cataluña que, después de ellos, se aboca a unas elecciones autonómicas en las que el seny catalán se expresará echando al basurero de la historia a Junqueras, Gabriel, Forcadell, el gobierno catalán en pleno, a los funcionarios y alcaldes que se dejen llevar por el ardor guerrero que les han predicado y a ese charnego llamado mayor de los mozos – Trapero se apellida el mozo – que ya ha asomado la pata rebelde asegurando que la gente bajo su mando protegerá a los votantes y no a las leyes que los legitiman a todos ellos.

Pero la gente no es tonta, al menos no del todo, y cuando consideren que se juegan el puesto, la pensión y la vergüenza de verse en una autobús de la Guardia Civil rumbo a la Plaza de la Villa de París (Madrid), a donde da la fachada sur de la Audiencia Nacional, volverán sobre sus pasos y, como acaba el soneto, se irán y no habrá nada.

Habrá, eso sí, un rosario de aspirantes al martirio que, a medida que pase el tiempo, darán la única imagen válida para la historia con minúscula: apenas unos delincuentes revoltosos que habrán enterrado toda aspiración secesionista para un par de generaciones – por lo menos -, y ocuparán en la prensa local un par de recordatorios de cuando Cataluña, muy a su pesar, se vio liderada por una cuadrilla de ineptos con aspiraciones de antecedentes penales.

 

 

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