Matar al gallo y no hacer caldo

Con motivo del desastre de Eurovisión, que me honro año tras año en no ver, andan circulando por la red memes asesinos que pretenden hundir a un muchacho que, como mínimo, tuvo el coraje de defender aquello en que creía – él mismo -, y la prensa digital se ha encargado de repasar gallos mucho mejor criados de Pavarotti, Carreras y Plácido Domingo, por citar lo obvio, y del mismísimo Di Stefano. Algunos soltaron el gallo en la Scala de Milán y, como el soneto, fuese (el gallo) y no hubo nada. Con sus gallos acreditaron su condición humana, que ya es redundancia, lo mismo que le ha pasado al tal Manel, muchacho que se ha ganado mi atención y mi respeto precisamente por lo único que hizo rematadamente mal.

Hablan las crónicas del horror del portero ante el lanzamiento del penalti pero callan el horror del trompetista ante el solo en que sólo se oye, para bien y para mal, la puñetera trompeta. Los de la viola pueden – y hasta suelen – meter gambas de medio tono y tono entero, que entre el barullo no se nota, pero al que le toca un solo de clarinete o de viento en general, como meta la pata donde debió meter el dedo pasa a la historia de la ignominia cuando, en puridad, pertenece al género semiheroico.

¿Acaso no recordamos los gallos de Aznar cuando sacaba pechito y se ponía en plan macho? ¿Y las palabras que salen cuando no deben? ¿Los “penes” y los peces que soltó el canalla Maduro hablando de Dios júnior? ¿Y Reagan brindando en Brasil por el pueblo de Bolivia? También estuvieron sembrados Sarkozy y Obama cuando a micrófono abierto – sin saberlo – el uno tachó a Netanyahu de mentiroso y Obama le contestó que él tenía que soportarlo más a menudo. A ninguno de los citados se le acabó la carrera por ello. Sarkozy, que había mejorado recientemente de señora, no se vio abandonado y triste en el Elíseo. Michelle no dejó a Barak y a Maduro no lo dejó nadie, ni siquiera los cristianos, porque a Maduro no hay ni quien lo deje ni quien lo tome.

Así que lo propio es que TVE, al fin y al cabo responsable de la elección, debería organizar a toda pastilla un concierto homenaje a Manel en que se le diera la oportunidad de soltar el gritito una octava por debajo. Qué digo una octava: en plan Lee Marvin en Under a wandering star, y que se meta la crítica el cachondeo por donde más le duela.

¿Seguimos matando el gallo sin sacarle partido alguno? Entiendo que es mala gestión. Vale, hemos hecho lo que va después del ridículo, que es el ridículo más espantoso. Hemos quedado los últimos, como en Filipinas, cosa que llevan haciendo países y países desde que se inventó el maldito concurso. Alguna vez nos tendría que tocar y nos ha tocado, así que un respeto al muchacho, que ojalá que la maldita fama que ha ganado le sirva para cimentar una carrera verdaderamente exitosa. Y la próxima vez que manden a uno o una que tenga el valor acreditado, que siempre será mejor quedar en el montón de en medio que el último por un maldito gallo.

Y no se hable más.

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