La abuela ha parido en Cartagena (Murcia, España)

A la insoportable nómina de los Tardá, Rufián, Puigdemont y bilateralistas vascos en general se acaba de sumar el alcalde de Cartagena, que ya se hiciera famoso por el trato entre despótico y patanesco que dispensa a la oposición. Ahora ha soltado el do de pecho que llevaba enquistado entre los pliegues cerebrales, y le hago un favor presumiéndole cerebro en vez de vísceras deslocalizadas: o “Mursia” – a ellos le gusta ese sabor pueblerino que da el seseo – nos permite ser provincia o nos vamos con Alicante o con Almería. Y digo yo: con un par.
En ambos casos se trataa de reeditar la unidad política territorialmente fragmentada al estilo Pakistán y Bangla Dehs, dividida en territorios separados por otro Estado, en este caso provincia. Así que el bueno de López, un ser barbado al mejor estilo Pedro Picapiedra de modo que aunque se afeite a diario tiene una sombra de barba que le ocupa hasta el yo más profundo, ha reventado por donde más se temían… sus vecinos, porque lo que es a los de la capital – Murcia – sus bravatas nos pillan con cansera después de lo que hubimos de soportar desde “la federal de 1873” y su cantón y, desde entonces, ni les cuento. Todo obedece a la frustración que sufren algunos cartageneros por el hecho de que Cartagena (Murcia, España), trimilenaria y preciosa como ella sola, dejó de ser capital a partir de que el obispo, en el siglo XIV, harto de las incursiones berberiscas que hasta se atrevían a entorpecer los oficios religiosos con grave menoscabo de la reverencia debida a Dios, decidió abandonar la sede cartagenera y se vino a vivir a Murcia, poniéndose así a salvo de la barbarie. Mi amigo Terrance O´Connor, hombre universal, australiano de nacimiento recriado en África y hoy residente en Murcia, me recuerda a menudo que cuando visitó por primera vez el teatro romano de Cartagena – ¿aún no lo conocen? Pues deben… -, en la derruida catedral había un grafiti que rezaba como sigue: “Esta catedral no tiene techo porque el señor obispo se ha ido a vivir a Murcia”. Toda una consigna sangrante. Una herida lacerante a sumar a las tres heridas que el charlatán de Freud atribuía a Copérnico, Darwin y a él mismo, a la que ahora sumamos la afrenta “mursiana”, infligida a unos pocos sin que ello menoscabe la malfetría: ¿acaso la crucifixión de sólo uno no nos afrenta y nos hace culpables a todos?
La cosa cateta que se da entre algunos cartageneros y, que yo sepa, ningún murciano, de andar todavía calculando quién mea más lejos – no seré yo, que la próstata me come por do más pecado había -, sigue viva y nos ha dado armas a los murcianos para enfrentarnos a los desafíos separatistas de los rufianes de toda laya que andan negando España con tal de afirmar a su pueblo por encima de las demás crestas del corral. Lo tiene sentenciado el maestro Javier Orrico, colega de Blog en Periodista Digital y amigo de siempre: cada cual en su pueblo y la ley en el de todos. O eso o hacemos harina de lo que es ahora un pan hermoso al que llamamos España, por más que le pese al cursi de Coleta morada, el patriota de los DNI.
Y en cuanto a López, alcalde de Cartagena (Murcia, España), por mí que le vayan dando, y a ver si aprende a afeitarse con dinamita por aquello de mejorarse el cutis, porque lo que es la cara no se la mejora nadie, y entiendan cara en todos sus sentidos.

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