¡Pop!

Si la España reciente se versionara en dibujos animados tipo Simpson, por encima de los  rojos, azules, naranjas y morados primaría la onomatopeya gráfica, los boom, crac, chock, blam y demás expresiones de golpe, caída, choque y estacazo, además de los ploff para los estallidos. A lo Roy Liechtenstein, con rubia acongojada echando de menos a Dick. Porque el entorno es de desmoronamiento de las instituciones, de hundimiento generalizado de todo aquello que, como lo fijó el maestro Muñoz Molina, “era sólido” o así nos lo parecía.

No todo se hunde. Las estructuras sociales más antiguas han mantenido nichos supervivientes sobre la base de lazos estrechos entre humanos, manteniendo espacios de seguridad genuina como la confianza del hijo en sus padres. Durante esta crisis extenuante Caritas se ha ganado a pulso el orden ministerial que no se le reconoce – Ministerio para la evitación del hambre en España – y la llamada tercera edad, no los neoabuelos como yo sino los de 75 para arriba, han vuelto a criar, esta vez nietos, han mantenido a muchos parados, y la familia ha aguantado el tirón de los dependientes no asistidos, de la geriatría y de la guardería doméstica, del paro y de la desnutrición. Lo más básico se mantiene pero las instituciones pasan por un momento decadente. Hay unidades en la estructura política y administrativa de este país que andan desmandadas y actúan definitivamente fuera de control. Otras han dejado de funcionar al ritmo de los tiempos y otras, finalmente, están siendo atacadas de forma sostenida con voluntad de fragmentación de personas, territorios y memoria común. Sólo recuerdo una vez en que el Estado atravesara un trance semejante; fue en 1975, con Franco agonizando. El búnker fanquista se oponía a toda idea de cambio y otras instituciones estaban siendo atacadas con la finalidad de “agudizar las contradicciones”, propiciar un golpe involucionista y pescar la independencia en el río revuelto de la halgarada. No se salieron con la suya aquellos canallas pero el entorno apreció la debilidad de España como Estado y hubo quien leyó correctamente la situación. Hassán II lo hizo y envió la pintoresca y, en principio, inofensiva Marcha Verde precedida por un batallón de monos con la misión de desactivar las minas por el poco ortodoxo método del ensayo/error. No hubo ni masacre de monos pero Marruecos se anexionó el Sáhara frente a una nación cuya estructura de mando resultó incapaz de articular una defensa eficaz por falta de liderazgo político genuino. Y se produjo una gran onomatopeya gráfica, un catacrack territorial que afectó a gente tenía DNI español y daban color a las cortes de la dictadura. Los dejamos tirados como colillas por las dudas, por la lentitud con que se acometió el fortalecimiento del Estado mediante unas instituciones capaces de poner en marcha un aparato gubernamental claro en el análisis y resuelto en la acción. Y nada de lo anterior es posible si falta algo bien sencillo: una voluntad clara de acatar la ley, cumplirla y hacerla cumplir, por más que quieran algunos cambiar la ley acudiendo a los cauces que la propia ley establece. La impresión es que hay demasiada gente en este país aficionada al golpe de mano o durmiendo una siesta eterna como la que lleva durmiendo Rajoy desde hace cuatro años. Malo será que olvidemos lo que ocurrió hace 40 años, y malo será que no consideremos cuáles son los puntos más vulnerables de nuestra integridad territorial, que ya no están en el País Vasco – porque han echado cuentas y el chollo español les conviene aunque les disguste – ni en Cataluña, porque ni entre ellos se aclaran sobre lo que quieren hacer y cómo. Pero será mejor que dejemos que lo piensen ellos sin necesidad de darles ideas.

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