“Tras suicidarse”

Un afamado chef se acaba de volar los sesos con el disparo que exige menos puntería. Hay en la prensa división de opiniones. Los hay que dan la noticia incluyendo el dato de que ha muerto, al modo de aquellos concejales del PP o del PSOE que fallecían en algún lugar del País Vasco; no los había asesinado ETA, la culpa recaía exclusivamente en los fallecidos, por morirse. En lo que se refiere al chef, otros, los menos, han publicado abiertamente que se ha pegado un tiro en la sien. Y a medio camino entre el decir y el callar he leído en otra cabecera que el chef ha muerto “tras suicidarse”, lo que le evita decir la única verdad posible al respecto, a saber, que se ha suicidado, que lo ha hecho disparándose en la sien y que por eso se ha muerto. Pero como decir que alguien se ha suicidado es cosa que ofende a una conciencia políticamente correcta el redactor ha descompuesto la acción en dos momentos para que nos resulte más aceptable: primero se ha suicidado; de los distintos modos que hay de incurrir en tan horrible conducta ha optado por el disparo inapelable a los sesos; pero no es eso lo que lo ha matado: el hombre ha muerto “tras suicidarse, lo que nos deja un resquicio para la esperanza de que haya muerto de otra cosa pero no del disparo en la sien; a lo mejor se ha muerto del disgusto de haberse pegado un tiro en la sien o abrumado por la inestabilidad política española. El caso es que ha muerto tras suicidarse que, por lo visto, no es lo mismo que suicidarse a secas.

A base de estupideces como la que les cuento el mundo se nos ha despoblado de gordos a la vez que se llena de personas “con peso distinto”; ya no hay tontos al modo en que los definió Quevedo con muy diversas gradaciones (a prueba de mosquete, necio de pernil, tonto de capirote…), ahora lo que hay son personas “con distintas sensibilidades”; los antiguos incapaces, a los que el Código penal definía llanamente como quienes no eran capaces de regir su vida y bienes, hoy se llaman “personas con deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales de carácter permanente que, al interactuar con diversas barreras, puedan limitar o impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con los demás”; es en el “puedan” donde anida la esperanza: ¿y si pese a su deficiencia sí pueden concurrir en igualdad con los capaces? Lo importante no es la enfermedad que sufre – antigua minusvalía, término nefando por muy verdadero que fuera -, el aspecto estelar de la cuestión es la falta de igualdad en que desemboca esa incorrecta enfermedad, situación que resulta plenamente inconstitucional y, por tanto, innombrable. Tampoco hay ya enanos sino pequeños, ni feas sino bellas “a su manera”; ser heterosexual va pareciendo cada vez más una tara pero ser LGTB – que antes fue comunidad gay, luego LGB y así hasta llegar a LGTB – es un rasgo muy apreciado en cualquier lista que se precie. El pollo que se ha formado por no haber negros entre los nominados a los Óscar exige poner en solfa el propio término “negro” – hoy, “de color”, y eso con reparos -, y se echa mucho de menos que no se exija que haya también en cada lista un ciego, un manco, un cojo, un enano, un gordo, un anoréxico, etc., etc, y todo ello multiplicado por tres, para que los haya masculinos, femeninos y del género de enmedio.

¿Entienden por qué este mundo me inspira masacres indiscriminadas de necios y necias que dicen que los vascos y las vascas han sido convocados y evitan cuidadosamente decir “y convocadas”?

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