Catetos convergentes

Coinciden en el tiempo los tímidos intentos  del gobierno para que se permita a los alumnos catalanes estudiar en español como opción plenamente constitucional y el recrudecimiento de heroicas iniciativas para dar pasos evolutivos en la dirección contraria al tiempo y rescatar de un pasado inexistente vestigios hueros de lenguas que vengan a complicar los sistemas educativos de las Españas.

Por un lado la llamada Academia de la Llengua asturiana, a la que algunos llaman bable con grave cabreo de quienes insisten en el término llingua como cuestión poco menos que de honor. Es nuestra antigua tendencia al cisma Cocacola/Pepsicola. Conviene al respecto que el lector se ilustre: lo que entienden por llingua se escribe y suena como sigue a la hora de señalar una auténtica conspiración contra la benemérita tarea de elevar la jerga a la altura que le reserva el destino: “…l’entamu d’una verdadera campaña escontra la llingua y cultura asturianes que xurde de sectores sociales marxinales y minoritarios, pero con una innegable incidencia nos medios. L’orixe d’esta estratexa d’ataque al asturianu, según la opinión de nueso, deriva de dos circunstancies, asocedíes apocayá, y especialmente favoratibles pal futuru de la llingua asturiana: los resultaos del III Estudiu Sociollingüísticu d’Asturies (presentaos a lo cabero del mes de xunetu de 2017) y les resoluciones del XXXII Congresu de la FSA-PSOE (de setiembre-ochobre de 2017).”

Si exceptuamos “entamu” (comienzo) y apocayá (desde hace poco), el resto nos suena a un español a medio cocer a partir del castellano antiguo, que quedó en Asturias varado en valles y caseríos, descolgado de la evolución que condujo a los demás a parir la lengua española. Y todo dentro de un entorno supremacista a la catalana: para llingua la nustra, y no es español en el que se encerraron tipos como Cervantes, Quevedo, Galdós y Unamuno.

Como anticipé,  no se trata de un hecho aislado. Apuntando a la gesta de tot un poble, resuena la iniciativa en otros esfuerzos no menos meritorios, y así encontramos que en Murcia, la tierra de las Españas donde peor se pronuncia el español entre la vergüenza de unos (pocos) y el regocijo de los más, hace tiempo que se pretende rescatar de la inexistencia una supuesta habla murciana, a medio camino entre el cachondeo de los señoritos de ciudad que remedaban el mal hablar de los huertanos y un cruce exótico de castellanos, aragoneses y valencianos que nos repoblaron, todo ello sobre un fondo de habla desganada que en su día tomaríamos de los pueblos islámicos que nos ocuparon hasta que conseguimos, en buena hora, expulsarlos y restablecer la independencia. También entiendo preciso que el lector conozca las excelencias de la pretendida llengua murciana: “Er murciano y er panocho no son lo mesmo. Er trémino MURCIANO es remaniente ar ‘dialeuto castillano’ o llengua que se platica en toa er cornijal der sureste e la penisla y que tié como jronteras los ríos Júcar, Vinalopó y Armanzora, y ar río Segura encomedio tos ellos. Tanimientras, er PANOCHO es na más q’un dialeuto der murciano que se platica en las Vegas e la Metá y Baja der Segura (comarcas e la Vega e la Metá, Güerta e Murcia y Vega Baja).”

Señoras, señores, portavozas y portavoces: el murciano es una lengua y el panocho un dialecto, lo que confiere al “murciano” el título de lengua madre de la que se han de derivar otras muchas al modo en que el indoeuropeo y, más allá, el sánscrito, parieron idiomas allá donde sus hablantes se asentaron.

Si a lo anterior le añadimos que alguno estudiosos de la Llingua asturiana achacan a Franco el declive de la misma, la trituradora de la historia no hace sino rearmarse para convertir a esta pobre España en una macedonia lingüística de lenguas y llenguas, cargadas de agravios y persecuciones sobre las que construir futuras nacionalidades que miren a Madrid con ira y llamen a España “estao” o “estau” pero nunca nación o patria, horror de los horrores, palabros que cuadran bien a todos pero no a los españícolas que, como en el caso de los Quiñones, para asaltar torreones el español no nos basta: hacen falta más Quiñones. Y a una señal, dispararon/los certeros ballesteros,/y de tal guisa atinaron,/que por el suelo rodaron/corceles y caballeros.

En esas estamos.

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Gilipollos y gilipollas

Lo de Ipunto Montero es de óscar. Necia vocacional, resulta incapaz la moza de entender que el término voz es de por sí femenino – la voz – sin necesidad de que termine en “a”. Le pasa lo mismo a “coz”, como socialista da igual que lo utilice un hombre que una mujer porque todos entenderemos que se trata de una persona perteneciente al partido con que rima. Tampoco decimos socialdemócrato para identificar que en tal tendencia militan hombre además de mujeres, ni quienes me preguntan por mis hijos – tres chicas, tres chicos – se ofenden si les doy razón de mi hija mayor dentro del término “hijos”.

Tampoco mis alumnos se ofenden, ni ellos ni ellas, si los incluyo a todos en el término alumnos evitando circunloquios, ni nos abstenemos de describir a una mujer como embarazada por no ofender a los “trans”, en cuyo homenaje debemos decir “persona preñada”, y ello según sugiere una política valenciana a la que debemos incluir en el tropel de los necios que por todas partes brotan como setas en otoño.

Tal como circula ya por wasap: ¿es Ipunto Montero una “carga pública” y no un “cargo público”? Pues sí. En eso acierta la mentecata aunque sea de refilón y por pura chiripa. Una carga sufragada por los presupuestos generales del Estado.

Lo es, sin duda. Necia de pernil, necia con balcones a la calle, necia del todo, para siempre, irremediable como ciertos censos de los que hablaba Quevedo. La mera existencia de gente como la mentada empobrece a una nación por mucho que alegre a ratos al feliz “protagonisto” de la más estrafalaria iniciativa política que han conocido nuestros tiempos, a la altura de aquel régimen nefando que llamó “productor” a quien trabajaba por no llamarlo trabajador porque sonaba a rojerío. Eran los tiempos en que a los genitales se les llamaba “el asunto” o “ahí abajo” y a un buen par de tetas “el altar mayor”. ¿Es eso lo que quieren? Sea, pero conmigo que no cuenten.

Afortunadamente el personal se va dando cuenta de por dónde andan los tiros y ya no es solo el desdichado Iglesias el que lidera por lo bajo la clasificación de ineptos sino que su mismo partido ha sido superado por los tibios socialistos y las tibias socialistas, los innombrables peperos y el mismísimo Rivera, que ha pasado de ser líder de la marca blanca del PP a ser pretendiente a socio de aventuras, que ya es caer bajo cogiditos de la mano. Haría bien en pensárselo Rivera y no dormirse en la estimación recién conocida que le da el liderazgo si se votara hoy. Por la misma razón por la que la gente abandona a Podemos y Podemas abandonará a Ciudadanos y Ciudadanas si se anda de arrumacos con el inasumible Coleta menguante, cuyo intelectual preferido – Monedero – acaba de caer en la cuenta de que un coito decide la sucesión monárquica, en el entendido de que a los presidentes de república los trae RyanAir desde no sabemos dónde.

Campa por sus respetos la indigencia intelectual. ¿Qué hemos hecho, dioses, para merecer tal cúmulo de ignorantes pretenciosos? ¿Es por la mucha televisión que vimos de pequeños o se debe a pecados mayores? ¿Tiene la cosa remedio sin recurso al paredón? ¿Se pasará como se pasan los sarampiones? ¿Hay vacunos para ellos y vacunas para ellas? ¿Tendrá cura y curo la cosa y el coso?

 

 

 

 

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Síndrome disociativo catalán

Esta es la situación a que ha conducido Puchifrites, de momento, a una política catalana que alguna vez creímos que era seria y podía seguir siéndolo incluso en tiempos confusos. Y no se ve el momento en que la realidad se imponga y el conjunto secesionista, en un momento de lucidez ocasional que todo loco acaba teniendo, termine de soltar amarras de un delincuente fugitivo y en plena alienación que ha instalado a Cataluña en el ridículo histórico – él mismo lo dijo y lo escribió -, sin más finalidad apreciable que la de salvar su propio culo rebelde, hoy sumido en una realidad paralela en la que sólo él vive.

Vivimos los demás en la esperanza de que, en efecto, no se pueda engañar a todos todo el tiempo y se llegue al punto de dar un puñetazo unánime en la mesa que ponga fin a la alucinación echándola al pozo de la realidad mágica de donde nunca debió salir. O eso, o va a conocer el mundo una farsa que pasará a los libros de la historia psiquiátrica como “el síndrome disociativo catalán”, constituido en lo fundamental por un presidente que no lo es en una república que tampoco existe. Sólo falta que le den el número 155 en la nomenclatura de las enfermedades mentales para cuadrar el disparate, pues se acabará describiendo como síndrome en el DSM-V, se estudiará en los programas de ciencias políticas y sociológicas e incluirá episodios como el cambio de vehículo en un túnel, la paranoia del helicóptero, que cursará como fobia específica, y el Trastorno Obsesivo Compulsivo del noble arruinado y la puta vieja: yo fui, yo tuve, yo iba a conducir a mi pueblo a la libertad… y he arrastrado a todo un pueblo que parecía culto y sano a un delirio necio compartido sólo por miedo a qué dirán de mí en la plaza de aldea en que se ha convertido la política catalana.

La CUP, que ni siquiera entonces era nadie, llevó del dogal a Mas al basurero de la historia, y ahora, que es menos que nadie, pretende llevar al conjunto secesionista ERC- PDeCat a un desierto de cuarenta años al que nadie sobrevivirá, pues morirá hasta el último sin ver una imaginaria tierra prometida.

Cataluña necesita un crucero Piolín lleno de psiquiatras y una enfermería especializada en el cuidado de alucinaciones colectivas. Las mentiras sobre las que se ha basado el famoso prusés se han enredado unas con otras en una madeja infame de la que Puchifrites no sabe salir, y habrá que irlas desmontando con mucho tiento hasta dejar la realidad desnuda: no hay más legitimidad que la que surge de la ley, el 1-O fue un pucherazo infame, el 9-N un carísimo picnic festivo, lo de los días 6 y 7 de septiembre de 2017 un golpe de estado en toda regla y así sucesivamente. Y de todo eso se han de bajar los secesionistas, mejor antes que después, porque a la fuga de empresas seguirá la fuga de ciudadanos cuando quienes se mantienen cuerdos vean que los están dejando sin futuro para ellos y para sus hijos.

Son los catalanes no afectados por el síndrome los que tienen que poner fin al desaguisado. Son ellos los que tienen que forzar a los delirantes a poner fin a la aplicación del art. 155, diseñado para tiempos excepcionales como fueron los del otoño pasado. Son los catalanes en su sano juicio los que tienen que tomar el mando y devolver a las instituciones catalanas el respeto y el prestigio que una pandilla de descerebrados ha dilapidado. Tendrán que bajarse de muchos burros a los que siguen subidos mientras el cobardón Puchifrites pretende ser un mantenido perpetuo y tener intervenida, desde Bruselas, la política de uno de los territorios más activos de la UE.

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Con el culo al aire

Una excuñada mía, excelente persona, fue siempre mujer optimista y buena en el mejor sentido del término, muy creyente e incapaz de dar un espectáculo. Pero un día, de viaje por Andalucía, paró junto a su marido e hijos, todavía críos, en la plaza de un pueblo pequeño en que unos soldados que hacían la mili esperaban el autobús. Hizo el ademán de tomar a uno de sus hijos y ese fue el momento en que la falda se le vino a los tobillos, y no fue capaz de dejar caer al crío y poner fin a la situación; dejó, azorada pero tranquilamente a su hijo en el suelo, y se apresuró a subirse la falda y recobrar la compostura. Me lo contó muerta de risa. Pasó vergüenza, claro, pero ni ella se ha de condenar por el inocente espectáculo ni creo que los soldados contaran el episodio si no fue, a su vez, muertos de risa. Le habían visto las bragas a una madre joven pero sin mérito alguno por su parte ni malicia por parte de la exhibicionista. O sea, nada.

Peor fue lo de mi amiga y compañera A., que estaba bañándose en su piscina con amigos y el oso de su marido que, estando ella en el agua y a punto de salir, por hacer gracia la cogió por las muñecas y empezó a capuzarla a base de entrarla y sacarla del agua mientras miraba al tendido. Ella gritaba desaforadamente – siempre fue algo exagerada – y cuanto más gritaba ella más se reía él, hasta que miró hacia abajo y descubrió que a su mujer se le había bajado el bañador en la primera zambullida y andaba con las tetas al aire – un buen par – mientras él seguía con la broma. Luego ella me lo contó muerta de risa y mirando como miraba lady Di, de abajo arriba, ruborizada y con cara de habérsele escapado un gas en público. Tampoco tenía culpa alguna pero bien que enseñó las tetas a los amigos aquélla mañana de verano.

Ahora el que se ha quedado con el culo al aire es el sr. Puchifrites. En principio por una indiscreción de su exconseller Comín, que amagó con querellas por el art. 197 Cp (descubrimiento y revelación de secretos) hasta que calló en la cuenta de que, como mi excuñada y mi amiga, quien enseña las bragas, las tetas o el culo que no se queje de que los demás lo vean; y en tiempos de móvil, que no se queje de que lo hayan subido a la red y perpetuado con el carácter indeleble con que internet marca todo lo que a ella accede. Antes se borra un bautismo – apostasía -, un matrimonio – divorcio – o el orden sacerdotal – para el que basta con remangarse la sotana – que cualquier información que accede a la vida eterna digital.

¿Hubo malicia en lo de enviar los mensajes? ¿La hubo en lo de dejarlos a la vista de un cámara que, por profesión, está obligado a no dejar que se le escape un chollo? Se habla de una conspiración de ERC para librarse del Puchi; podría ser. Pero el caso es que si el hoy con el culo al aire no hubiera dejado por escrito la verdad que a todos ocultaba nadie hubiera podido dejarlo, como él mismo ha dicho, en el ridículo histórico en que está. Todo es mentira y lo sabe, pero pretende seguir con el engaño. Quiere mantener el tipo achacando el lance a debilidad humana y a un mal  momento de duda. Pero el culo se lo hemos visto y se lo hemos grabado. El ridículo ya está hecho. La epopeya catalana se ha ido a hacer puñetas. Aunque entrara a caballo en el parlamento de su pueblo no verá nadie en su cara otra cosa que el ridículo que ha hecho y, encima, dicho.

Puchi, no nos vengas con milongas, que se te ha visto el culo.

 

 

 

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Cuatro gatos puño en alto…

… y los mozos repartiendo leña por orden de la autoridad. Catalana, por su puesto. Con sus heridos y todo, pero de eso no se habla porque hay cosas más importantes como es señalar a los traidores que han vendido la república catalana a cambio de no ir a prisión. Unos cobardes y no como el valiente presidente legítimo, que se acogió a Bruselas por verse tratado con garantías. O los valientes de la CUP – más aseaditos que la Gabriel y sus ogresas – que, no teniendo responsabilidad alguna, azuzan a los demás para que acaben en prisión acompañando al pobre Junqueras, que va a empalmar la preventiva con el cumplimiento y se le va a hacer la cosa larga que la cosa del negro del wasap.

Hay que ver cómo ha cambiado el cuento. Los enchulados indepes, que pensaban hacer historia y poner en su sitio a la  España franquista, andan ahora llamando cobarde a Torrent – eso los más tibios – y viéndose venir lo que ERC ansiaba desde el primer momento: proponer a un candidato propio y dejar hablando solos a los del PDeCat, y al Puchi mucho peor: hablando solo en mitad de Bruselas y con perspectiva de estar allí un mínimo de 20 años antes de volver a pisar las hojas muertas de su añorada Gerona.

Y no será que no se lo advertimos en todos los idiomas imaginables y desde todas las “sensibilidades”. Pero ellos siguieron ciegos ante lo evidente y, peor, ciegos ante su propia ceguera. Pero se ha terminado. Lo de los mensajes a Toni Comín, que el propio Comín ha confirmado (tontamente) mientras los fieles devotos intentaban descafeinar la ruina alegando que los mensajes se habían sacado de contexto, pone bien a las claras que el asunto se ha acabado. Sí, ya sabemos que Puchi parece humano – él asegura que lo es -, que puede tener dudas y hasta puede que le huela el aliento y tenga flatulencia natural; lo que sí sabemos todos es que él ya se sabe políticamente muerto y que el futuro consiste en seguir en Bélgica, siempre que Bélgica siga existiendo, o volver para ser un presidiario más, un tipo que alega como coartada unas urnas que se fabricaron rellenas de votos mentirosos en un prodigio de anticipación a falta sólo de refinar, de darle el toque último a unas cifras falsas como la Donación de Constantino.

Teníamos razón los que anticipamos que no vendría un día de liberación en que cayera la Constitución española y sus instituciones. Que no íbamos a ver una república catalana independiente y miembro de pleno derecho en la UE. Que Cataluña no era esa nación ninguneada por nadie si no es por los delirantes artífices del proceso maldito que, al final, ha de arramblar con todos ellos.

Si fueran devotos mafiosos esto se simplificaría mucho porque ya andarían matándose de muy mala manera, pero no dan ni para eso. Sólo les queda Rufián, que se despierta y ve que los 70 indepes siguen ahí, dispuestos a amargarnos la vida unas semanas más pero sin esperanza de recorrido alguno. Y menos para los tres compañeros de fuga que han renunciado a su casa, su familia, su trabajo y su acta. ¿Pueden esperar que los del PDeCat que no han sido ni para pagarle la multa al más que chulo Mas, los mantengan 20 años en Bruselas?

Patético. Es el final patético que cabía esperar.

 

 

 

 

 

 

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¿Por qué le pagan a los abogados?

Pues a los abogados nos pagan por pensar cuando los demás dejan de pensar, según aprendí de una película de Tom Cruise (The firm, aquí traducida como La tapadera); ya saben, aquél abogado gordo y bajito con cara de permanente mala leche, el que se encargaba de conseguir fotos comprometidas que ponían al retratado en manos de la firma a la hora de cometer delitos sin posible oposición.

Pues, por lo visto, van llegando al Supremo magistrados que han aprendido de los abogados a pensar cuando los demás no piensan, porque el golpe del magistrado Llarena ha sido, dicho sea sin que sirva de precedente, maestro. Y lo que pensó fue que resultaba muy raro que un forajido fuera a salir del espacio seguro en que se refugió huyendo de sus graves delitos, y lo anunciara a bombo y platillo. No, no era una conducta normal y había que seguir pensando. ¿Cuáles eran las consecuencias no evidentes de la posible detención del huido? ¡Bingo! Al haber un supuesto de imposibilidad legal habría podido ser investido en ausencia, y eso formaba parte de la zorruna astucia catalana que Mas se hartó de predicar y ahora está pagando bien cara con una muerte civil que le ha borrado la sonrisa.

De modo que continúa el sainete. El poco recorrido del delincuente Puchifrites – apenas una semana – pasa por un regreso que ya se imagina a lo James Bond pero en términos cutres: desde el maletero de un coche hasta un ultraligero en vuelo bajo y por ello fuera de los radares; una maniobra de distracción – un doble sería perfecto -, la peluca de Carrillo… y de pronto nos encontramos con un delincuente de proximidad, acogido al sagrado del parlamento catalán como el patético Assange de “Pancho Sánchez” lo está en la sacrosanta inviolabilidad de la embajada del Ecuador en Londres. El tipo se acomoda en el palacio y a disfrutar de la hospitalidad de los suyos, incluidos los vis à vis de la señora Topor. Y desde ahí a seguir soltando bilis contra España y cuanto suene a español.

Habiendo, como hay, muchos menos ministros que abogados en España, está claro que a los ministros le pagamos por pensar permanentemente en plan lucecita del Pardo, así que ya se las puede ingeniar el responsable de Interior para que no se le cuele el Puchifrites y demos lugar a una nueva bufonada. Ya que no hubo arrestos para parar el 9N, el 6 y 7 de septiembre y el 1-O, que los haya por lo menos para ofrecer al pueblo soberano la satisfacción de ver al huido apresado, conducido, interrogado y preso, y a comer rancho flatulento hasta el día del juicio, que no necesariamente ha de ser el Juicio Final y, a partir de ahí, a cumplir la pena que le sea impuesta. Y ponemos fin al despropósito porque si lo seguimos tolerando vamos a quedar peor, mucho peor que Cagancho en Almagro.

Ya deberían estar pinchados todos los teléfonos de Cataluña con pocas excepciones. Ya deberían nuestros espías estar haciendo semanas extra allí donde sea preciso hacerlas. El caso es que no se cuele ese miserable y enrede aún más las cosas, porque está claro que los indepes, esa tribu del diablo siguen buscando provocar un Maidán catalán que lo vuelva todo ingobernable y nos lleve a pérdidas peores que las ya sufridas.

PS: algo sí se ha resuelto por fin esta semana. A CR hay que ponerle de sueldo el que tenga el capitán del Leganés.

 

 

 

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Las aventuras de los cinco (ERC Blyton)

El sr Puchifrites no piensa volver. Optó por la huida valerosa – media vuelta y seguimos avanzando -en la esperanza de que los votos borraran sus delitos y, tras comprobar que no, le ha salido el orgullo de que no vea el mundo la imagen de un ex honorable esposado, conducido, juzgado y a prisión. Para eso está Junqueras, dice el bizarro líder de la república barataria, así que se queda en Bruselas bajo coartada: también se puede hacer república desde el exterior.

Como lo que haga estará pensado desde el exterior para el interior, va a convertir la política catalana en una rueda de wasap donde, espero, tenga cabida el negro a cuya altura se ha puesto, aunque no en todo. O se asegura un plató siempre dispuesto y unas líneas seguras de móvil por las que cursar órdenes o nos acostumbraremos a su perorata con una frecuencia de variedades de sábado noche. Será como Topo Gigio en su día, como los muñegotes del guiñol o, más propiamente, como los teleñecos, a los que le ha salido un nuevo personaje: el Puchi de la Jacapaca. O lo mismo nos sorprende, hace una aparición diaria y se convierte en la madre de Woody Allen, aquella que se aparecía en el cielo para no dejar en paz ni a su hijo ni a sus frustradas aspirantes a nueras.

Obligado, él y su corte de pin y pon, a perder familia, casa y amigos, sabiendo que serán detenidos nada más amagar el regreso, acabarán como Ovidio, haciendo loas al César por ver si relaja el castigo y les permite el regreso, lejos del frío turismo subvencionado por quienes aún creen que la república sigue estando al alcance de la mano. Las aventuras de los cinco, cincuenta años después.

Si ya se fue en estado de insania mental desesperada, el tiempo y la lejanía no han hecho  sino alejarlo más y más de la realidad, sumiéndolo en un universo paralelo de nostalgias adobadas con un odio feroz a quienes considera responsables de su situación – Franco el primero -, porque no quiere ver que el “pollo de cojones” que dice que tiene España verdadertamente quien lo tiene es él. Tendrán que ser los del interior quienes le digan que sí mientras intrigan bajo mano manteniendo al hámster en la rueda y en la tonta creencia de que dar vueltas al rulo equivale a gobernar.

Si no vuelve, como se espera, descompondrá la mayoría que cree tener. Y ya veremos si la ladina ERC no se inventa alguna vía sesgada hacia la Generalidad, que es lo que en el fondo quieren y creen que merecen… en ausencia del amado líder de la república que nunca existió.

Tendremos que soportar una homilía semanal telemática del pobre Puchifrites, cada vez más confundido y más solo, mientras los suyos se esfuerzan por no darle razones al Tribunal Supremo para enviarlos de nuevo a prisión a la espera de juicio y de una justa condena, pues la prevaricación, la malversación y la desobediencia están ahí a la espera de que alguien le active la espoleta. Tampoco con eso ha podido el invencible pueblo catalán.

Mientras Puchifrites se encamina hacia el encierro psiquiátrico entre el cachondeo internacional generalizado, a nosotros nos queda qué hacer con una Cataluña encastillada en dos bloques que no se hablan: dos millones de catalanes quieren echar del país a otros dos millones que están avalados por 39 millones más de españoles, que son muchos españoles frente a las confundidas y mermadas huestes de Trapero.  Y no es sólo el número: a unos los respalda el Estado de Derecho mientras los otros se dirigen a una escaramuza carlista, y habrán de soportar la  ley española durante dos o tres generaciones si no dan lugar a nuevas elecciones y el asunto se va despolarizando como ocurrió en España con las de 2015, cuando cayó el Dr No, y ahora le toca al discípulo, el bailón Iceta.

La marcha imprevisible de Chiquito, paso adelante, paso atrás, gritito y vuelta, será la marca de identidad de una política tan errática como hacer habitable la luna. Eso colmaría las ansias de Omnium cultural y de la ANC: en la luna se hablará catalán. Serán sólo cinco habitantes pero lo que se digan será en catalán. ¿No es la imagen misma del paraíso?

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La batalla pendiente

La película “El instante más oscuro”, anclada en hechos que damos usualmente por sabidos aunque no lo sean, presenta el momento en que Inglaterra tuvo que optar entre la ignominia de la rendición ante la sinrazón nazi o hacer frente a la más potente maquinaria militar desatada en el siglo XX, dirigida por un cabo austríaco ignorante y comido por obsesiones más allá de lo imaginable. Una de esas obsesiones lo llevó a aplicar una minuciosa y eficaz administración de muerte a escala industrial, centrada – aunque no reducida – al exterminio de la población judía. Auschwitz representa el paradigma pero hubo muchos Auschwitz menores, incluso locales, de barrio, y hasta meras cuestiones personales que se resolvieron cosificando al hombre para justificar su más cruel destrucción. La calavera que usaron como insignia los infames SS resultó ser una declaración de principios.

Winston Churchill, ante una alternativa de vida o muerte para su país, optó por defender “su isla”, asumiendo la eventualidad de que cada uno de sus habitantes acabara en el suelo ahogándose en su propia sangre (“…when each one of us lies choking in his own blood upon the ground”) , y lo hizo en un entorno en que un Chamberlaine moribundo y un Hallifax claudicante apostaron e intrigaron claramente por la rendición ante el monstruo, sus todopoderosos tanques, sus apocalípticos Stukas y los míticos cañones del 88 que exterminaron, entre otros, a 27 millones de rusos que igualmente prefirieron morir antes que dejarse tratar como ganado.

La parte de este momento que más de cerca nos toca a los españoles tiene que ver con un gabinete de guerra elegido por Churchill entre sus enemigos políticos para asegurar al país la base social más amplia. Nadie se echó atrás, ni siquiera Chamberlain, ya dependiente de la morfina en un proceso canceroso final, ni un Hallifax que aspiraba a suceder a Churchill alentando traidoramente el “cuanto peor, mejor”. Y sobre esa base se alzaron quienes pusieron su empeño en diseñar un avión que pusiera fin a la soberbia de los JU y de los Heinkel, tanques que incendiaran a los Panther y a los Tiger y quienes lideraron una infantería que afrontaba el combate con bravura resuelta, empujados a la lucha por la mejor arma de que dispone un hombre: dar su vida por perdida en pro de su pueblo y su tierra y, desde esa aceptación, avanzar sin temor ni descanso hasta dar muerte a la bestia.

No hay ya hombres como aquellos. No en occidente, al menos. Los últimos de aquella especie ganaron al imperio USA una guerra – Vietnam – en que la relación de bajas fue de 1/50. Cada yanqui muerto costó cincuenta vietnamitas, pero resistieron y, contra todo pronóstico, ganaron. También los israelíes han dado pruebas de estar hechos de esa pasta en las sucesivas guerras que mantuvieron contra un enemigo hostil que los rodea y los supera en número y armamento. En ambos casos pudo más la determinación que la intendencia, como en el caso de Churchill.

Rajoy no es el hombre que puede dirigir el mantenimiento de España como Nación, más allá de banderas y símbolos, por más que aquélla y éstos acaban cobrando sentido cuando un pueblo se alza sobre una historia de siglos cuya continuidad se niega resueltamente a interrumpir. Rajoy no es el periclitante Chamberlaine pero sí es el ambicioso Hallifax que aspira a sucederse a sí mismo en un tercer mandato que él, y sólo él, imagina glorioso. La corrupción infinita que arrastra, aun si él mismo no la ejerció, exige una larga marcha por el desierto como en su día le tocó al PSOE. Haber perdido la batalla de la información, que no exigía sangre sino ideas y resolución, acredita su fracaso. Ha sido más la Justicia que el Ejecutivo quien ha contenido a los rebeldes, pero hemos vuelto al momento en que la audacia del gobernante marcará la línea que separa a los imprescindibles de los meramente sustituibles, fungibles como rollos de papel higiénico: tanto vale el uno como el otro.

Tampoco Sánchez reúne las capacidades que el momento exige. Por no tener no tiene ni siquiera una idea de España que se pueda proyectar en el futuro. Y qué decir de Iglesias, poco más que un hooligan universitario formado en asambleas festivas en las que pesca acá y allá parejas revoltosas que alimentan el ego del patético macho alfa en que se ha convertido. Y maldice a España, nuestro país – que no el suyo -, sus símbolos y sus instituciones, para congraciarse con una corte de traidores atentos a la menor oportunidad de acabar con nuestra continuidad histórica.

Quienes así amenazan a nuestro país han ganado la batalla de la información propagando mentiras abyectas y manejándose con soltura en el mundo virtual en que se desenvuelve el forajido Puigdemont, sordo a las llamadas a cualquier asomo de cordura. Rajoy se ha dejado vencer en un terreno que no entiende y mucho menos domina. Y la próxima batalla es la de la investidura esperpéntica de un holograma residente en Bruselas para profundizar en la brecha que se ha abierto entre el respeto que se nos tenía y las dudas que hoy suscitamos. Ellos tiene un plan A y un plan B: conseguir la investidura imposible de quien huyó de sus responsabilidades – investir a un delincuente confeso – o, peor, dar al independentismo la imagen de un electo investido y detenido por el abyecto Estado español. Y ante eso no cabe paciencia alguna ni consideración al futuro electoral de nuestro Hallifax particular.

Las encuestas dicen que el bloque que apoya a la Constitución sin fisuras sumaría hoy más de 250 escaños, suficientes como para laminar a los sediciosos a base de Estado de Derecho y para hundir en la miseria a los aventureros irresponsables.

¿A qué espera Rajoy? ¿A que las aguas se calmen porque ERC le resuelva lo que es su responsabilidad resolver? Hay que parar la pretendida farsa de investidura virtual y hay que sanear la vida política a base de votos, tal como la Constitución manda. Hay que encontrar a quien, como se define en la película a Churchill, “tome nuestro idioma y lo envíe a la batalla.” O rendirnos y tener asegurada la ignominia que Rajoy no ve y la guerra de desgaste que ninguno queremos tener.

Hay que llevar al cine a nuestros políticos. Tienen que ver lo que es un político de raza seriamente comprometido con su pueblo y con su tierra. Sin concesión a las palomitas. Que sepan que van a aprender, a ver si les sale un asomo de vergüenza y reaccionan, porque si no es así, tenemos por delante una agonía lenta y llena de vergüenza merecida.

 

 

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Payasos de Tractorania

Mientras Torrent se esforzaba en un discurso entre estratégico y ecuménico en la línea del devoto Junqueras – la prisión y el miedo a la prisión producen estas conversiones – habló Maragall, el hermano tontico del otro Maragall, como si su voz surgiera de una cuneta de la guerra civil y la guerra la hubiera perdido él solo contra el Estado castellano. Mientras, el forajido Puchi.doc rescataba en un twit el encuentro de Hitler con Franco en Hendaya y no pasaron dos horas hasta que la comunidad judía de España se le echó encima arrastrando a parte de la prensa internacional.

Incomodarse con la UE, la misma que retrató a Pablenin como “el nieto de Ceaucescu”, puede que le salga gratis al mentecato, pero afrentar a los judíos viviendo en Bruselas puede ser un inconveniente que el muy ignorante no había sopesado porque, entre otras cosas, su ignorancia resulta enciclopédica en asuntos de historia. Puede que Bruselas esté habitada por gente fría y triste pero Amberes es una de las comunidades judías más ricas del mundo, y esa comunidad guarda de Hitler una memoria que es cualquier cosa menos grata. Y de Franco ni les hablen, porque su excremencia murió lanzando exordios contra la conspiración judeomasónica, igual que hizo Hitler pero ahorrándose la referencia a los masones. De modo que Puchi.doc está a un paso de que los judíos se movilicen y acaben por preguntar al gobierno belga qué coño hace en el país un pelanas con semejante sensibilidad.

Puesto que la cosa va de payasos, asistimos igualmente al fingido esfuerzo de ERC por proponer como candidato al forajido sin que se les note la risa floja ante los sesudos argumentos de los podridos exconvergentes: si Trump no está en todas las ciudades de EEUU y, sin embargo, gobierna (?), igualmente puede nuestro forajido gobernar desde Bruselas, con permiso de los judíos, se entiende. La cita del payaso Trump resulta muy bien traída pues sitúa a la política catalana en un escenario de payasos incapaces de entender que una cosa es no estar en todas partes y otra bien distinta es el no estar en ninguna, como le ocurre al pelanas que tanto añora a Hitler y a Franco.

El elenco de bufones se completa con una CUP en pleno mosqueo porque no ha oído ni una vez que se apele a la proclamada república ni al espíritu del 1-O, lo que les suena a traición. Con cuatro diputaditos, eso sí, más aseados que la predecesora Gabriel y su corte de ogresas, pretenden llevar a la cárcel a Torrent y a sus colegas, y estos han dicho que no, que a la cárcel, si quieren ir, que vayan ellos; que elijan delito, por ejemplo destrozar un todo terreno de la Guardia Civil, que se suban encima con un megáfono y que ya verán cómo serán conducidos de inmediato tras los pasos del martirio que iniciaron Junqueras y los Jordis.

Podemos con barretina y la taimada Colau han hecho también su numerito tras la autocrítica que Coleta menguante repartió urbi et orbi, incluyendo a la prensa al estilo del gran payaso Trump. Y eso es bueno para España: la deriva hacia la nada que se empeña en sostener gana peso y nos asegura una pronta liberación de sus patochadas, ratificando la tendencia de Podemos a ser marca blanca de todos cuantos pretendan echar abajo al Estado castellano, ese que, como Maragall el tontico, imaginan cuando miran a Madrid.

Así que un circo de tres pistas donde la única contribución seria ha sido la del impagable, el imprescindible, el gran Boadella, que modestamente se tiene por mero aprendiz de payaso comparado con los descritos, cada vez más encerrados en la rueda del hámster desde la que piensan construir el camino a la república que sólo por una cuestión táctica no citan. De momento.

Boadella ha estado a la altura. Él es, en verdad, el único presidente en el exilio de la emergente realidad tabarnesa. Tabarnia es el presente y el futuro de Cataluña frente a esa otra Tractorania poblada de garrulos uniceja, de barretina calada como barrera profiláctica frente a las heréticas ideas que propagan los castellanos malditos.

Sí, Boadella es nuestro hombre. De cara a las próximas elecciones – que no tardarán si todo sigue como ha empezado – debería presentarse, arrasar a los constitucionalistas por tibios y entrar en la Generalidad rodeado de maceros vestidos de sota de bastos de la baraja española. ¡Qué imagen para el mundo! Revitalizante, renovadora y, sobre todo, seria, por comparación con las bufonadas que nos tienen preparadas los indepes reconvertidos en pollos descabezados y, de cuello para abajo, desorientados.

Y a Puchi.doc hay que animarlo a que siga ignorando la historia y dándole a tweeter como un Trump cualquiera. Ese es el camino, Puchi: no te rajes ahora.

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Algunas precisiones sobre violencia contra la mujer (II)

¿Se puede modificar la conducta colectiva en relación con un delito concreto? La respuesta es inequívocamente sí, y así lo demuestra la política española implantada desde 1990 en relación con la siniestralidad del tráfico de automóviles.

En 1963, con un parque automovilístico de 1.700.000 vehículos y 4.000.000 de conductores, hubo en España 1994 muertos en tráfico. La sociedad española aceptaba tan disparatadas cifras de forma fatalista – que no estoica -, entendiéndolas como consecuencia necesaria de las facilidades que aportaba a la vida el uso de vehículos automóviles, y no había conciencia de que tan enorme mortandad podía ser reducida a base de medidas legales más allá de la prohibición de conducir habiendo bebido y fiándolo todo a la “ficha antropométrica” que elaboraba la Guardia Civil poco menos que a ojo: el aliento alcohólico, los ojos enrojecidos, la imposibilidad de caminar sobre una línea recta o de juntar los dedos índices con los brazos extendidos…; en definitiva, el ojo clínico del agente encargado de analizar al conductor era la principal barrera legal contra los conductores ebrios, responsables, junto con los temerarios, de una parte importante de los siniestros.

La simple implantación del alcoholímetro avanzó enormemente en la detección y condena de los infractores y en la rebaja de la mortandad; sin embargo, la medida que más positivamente determinó la reducción de muertos en tráfico fue la implantación del carnet por puntos en julio de 2006 y la bajada del tope legal en 2007 de 0.8 a 0.6 miligramos en aire aspirado, lo que condujo a que en 2008 el número de muertos en tráfico bajara de 2000 al año y propició que en 2013 la cifra alcanzara su mínimo histórico con poco más de 1300 muertos, y eso a partir de un máximo histórico en 1990 con 5940 muertos en tráfico.

Una legislación meditada, retocada en lo necesario, bien asesorada y asumida como cuestión de Estado por los sucesivos gobiernos condujo a que en 2016, con 26.500.000 conductores y un parque automovilístico de 32.100.000 vehículos, hubiera sólo 1.200 muertos en tráfico[1], es decir, una quinta parte de los que hubo en 1990. A la legislación hay que unir otras concausas reductoras de la siniestralidad como son la mejora del estado de las vías, las campañas de concienciación y las mejoras técnicas de los vehículos, destacando al respecto que la sociedad española, sin cambios legales ni inversiones costosas, podría disminuir drásticamente estas cifras asumiendo generalizadamente el uso del cinturón de seguridad, respetando escrupulosamente los límites de velocidad y, desde luego, instaurando como costumbre asentada el no consumo ni de alcohol ni de drogas antes de conducir.

Lo anterior demuestra que sí, que se puede modificar la conducta a base de legislación sabiamente elaborada y, por ende, también sería posible en materia de violencia contra la mujer, pero tal actuación requeriría superar algunos escollos demasiado afectados por aspectos ideológicos de la cuestión:

1.- Habría que poner de acuerdo a todas las opciones políticas en el hecho de que la represión penal no es un mal caprichoso sino una amarga necesidad. Ningún gobierno debería enfrentarse a los demagógicos reproches de sus oponentes electorales cuando implante penas severas cuya finalidad ni es meramente recaudatoria ni puede tildarse de meramente represiva, pues busca, dentro de la legalidad, la reducción del número de muertos por cualquier delito.

2.- Que la política criminal a la hora de defender a las mujeres no debería fundamentarse en  el quebranto sistemático y generalizado de la igualdad que surge del art. 14 CE; la ley Aído se basó, precisamente, en la instauración de una desigualdad inaceptable en el tratamiento penal de hombres y mujeres ante hechos idénticos, con el resultado de que el sacrificio del Derecho Fundamental no ha dado el resultado que se esperaba. Es preciso reimplantar la plena vigencia de la igualdad y buscar por otros caminos que sí den resultados.

3.- Antes de enmendar nada tendríamos que ponernos de acuerdo en si resulta razonable aspirar a la delincuencia cero en cualquier materia, pues la ley Aído se basaba en la falacia de que la delincuencia cero no era una mera aspiración reservada para el mejor de los mundos posibles – que nunca debemos perder de vista – sino una realidad que teníamos al alcance de la mano, lo que ha conducido a la frustración social de no alcanzarla. En una sociedad como la española, donde se dan más de 20.000.000 de situaciones de pareja, ¿resulta razonable aspirar a que cesen definitivamente los conflictos de pareja y desparezcan las situaciones violentas a las que en ocasiones dan lugar?

Planteada la cuestión – el fracaso de la ley Aído y el éxito de otra legislación, la de tráfico – sólo queda, en una posterior entrega, la enumeración de las medidas que podrían, efectivamente, conducir a una reducción de la cifra de mujeres asesinadas por sus parejas, desde la certeza de que la cifra cero resulta, desgraciadamente, inalcanzable. Mantengamos la aspiración a que “no falte ninguna” y amplíemosla a que “no falte ninguno”, pero no podemos alentar la sensación de fracaso si no conseguimos lo que ningún país ha conseguido: la delincuencia cero.

 

[1] La DGT incluye aquí sólo los muertos en las primeras 24 horas tras el accidente, cifra que hay que aumentar con los fallecidos en los 6 meses posteriores, lo que eleva la cifra a 1.663.

 

 

 

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