Parsimonia inaceptable

Javier Ayuso firma hoy en El País una colaboración con título más que significativo: “La mentira y el odio matan la democracia”, señalando cómo la agresión verbal a Iceta ha revelado que en el podrido pensamiento “indepe” entra el hecho de que basta una mera disculpa y una dimisión para dar por cerrado el asunto; es actitud simétrica de lo que igualmente sostienen: que la poca prisión preventiva y los fríos de Puchifrites en Bruselas han saldado la cuenta que deben a costa de sus demanes.

Y dice igualmente Ayuso que no aprecia la reacción adecuada en una ciudadanía y en un gobierno que parecen “anestesiados ante las falsedades que llevamos meses (años) escuchando”, “la sarta de mentiras que han conformado el relato separatista”, hasta el punto de que las próximas elecciones las entienden ilegítimas si las pierden pero legítimas si las ganan, sabiendo como sabemos que si las pierden lo achacarán a un pucherazo del que no hay precedentes desde 1977, fuera de la estafa democrática en que consistió el ilegal referendum del 1-O, fundamento de su “legitimidad” política.

Y digo yo que el gol que Rayoy dejó que nos metieran por toda la escuadra los días 6 y 7 de septiembre, que tanto nos costó luego, se puede repetir el día 22 de diciembre si no dejamos suficientemente clara la postura del gobierno y de los españoles frente a los cada día más chulescos y enloquecidos independentistas de ERC y de PDeCat que, a medida que se van repartiendo los votos según ladran más o menos, han acabado por dar su verdadera cara: vuelta a la deriva unilateral y republicana que propició la aplicación – unilateral, dicen – del art. 155 CE. Y hay que dejar bien claro que si vuelven ellos volvemos nosotros.

Andan preguntando estos desfachatados si España respetará los resultados de la votación, pero no quieren oír la necesaria segunda parte: se respetará el resultado pero en modo alguno se aceptará que de nuevo quebranten la ley, desde la Constitución hasta la más baja orden ministerial o reglamento, de modo que bastará que pongan un pie en la misma senda para que el Estado reimponga la vigencia del art. 155 y volvamos a empezar, y así hasta que ellos se cansen de dilapidar la imagen, la paz y el presupuesto de Cataluña en su aventura enloquecida. Lo interpretarán como una no aceptación de los resultados pero eso lo llevamos en el sueldo los españoles y el crédito internacional de esa caterva de mentirosos compulsivos ya sabemos cómo anda.

Visto que el fantoche de Puchifrites le está robando votos a ERC, han decidido ambas formaciones echarse de nuevo al monte y no ocultar que la estrategia Forcadell era una mera manifestación del miedo a la prisión – más que merecida -, pero que ni han renunciado a la unilateralidad ni han abandonado el itinerario que los debe conducir a la independencia. De hecho, ERC ha presentado un programa titulado “Hacer república” en que se exige un “diálogo bilateral” que, leído en su lenguaje, significa que el Estado negocie con ellos la independencia, lo que equivaldría a la rendición del Estado ante unos chulos mentecatos de barra de bar. La mentirosa compulsiva de Rovira, por su parte, sugiere que si no se da tal rendición recurrirán ellos a “la ruptura sin permiso”, y propone que se reponga a todos los cesados, incluido Trapero, sobre la base de que tiene “una hoja de servicios intachable”, es decir, la misma que a todos los efectos tenía Franco mientras acuarteló a España entera. Quizás por eso hablan tanto de su excremencia: porque en el fondo no son tan diferentes.

Pero la atención hay que fijarla en el huido Puchifrites que exige, si gana – ¿si es elegido diputado? – la retirada de 44 recursos contra otras tantas leyes catalanas dictadas desde la arbitrariedad, además del archivo de las causas penales pendientes. Y que ellos no quieren ya ni un nuevo estatuto ni una reforma constitucional pues si su aspiración es a una república independiente “es lo que hay que aceptar”, y hasta se plantea que podría ser una buena idea regresar a España una vez conseguida su acta. Es demasiado cobarde para hacerlo pero ante toda esta desmesura no cabe sino sostener lo siguiente:

1.- Que en el mismo momento en que Puchifrites regrese a España será detenido, puesto a disposición del TS y, previsible y necesariamente, ingresado en prisión, de la que no debe salir pues tiene acreditada la fuga de la justicia y la voluntad de reiteración delictiva, por lo que debería empalmar la prisión preventiva con el juicio y el cumplimiento de la pena que se le imponga.

2.- Que los procedimientos seguirán adelante y las leyes seguirán recurridas, bramen ellos lo que bramen, y que determinados delitos como los de desobediencia, prevaricación, malversación y sedición – si no cuaja la rebelión – acarrearán larguísimas penas de prisión que no dejarán de ejecutarse cualquiera sea el resultado de las elecciones.

3.- Que sólo lo anterior conducirá a un saneamiento efectivo de la realidad política catalana apartando de la circulación a indeseables que ya nos han costado demasiado como para seguir tolerando sus bravatas.

Y desgraciadamente no parece que Rajoy tenga el brío preciso no sólo para hacer lo anterior sino para no dejarse meter otro gol en materia de comunicaciones, por lo que no debería descartar tan ligeramente el anticipo de elecciones y que suba al poder un gobierno de concentración que no  muestre tibieza a la hora de defender el Estado de Derecho.

 

 

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Bitcoin: la gran estafa

Nueve años estuvo un economista joven advirtiendo sobre la estafa piramidal que se había montado el hoy preso Madoff y nueve años estuvieron no haciéndole caso. Hasta que la burbuja reventó, los inversores se arruinaron y Madoff fue justamente condenado a prisión perpetua, donde tendrá tiempo sobrado para arrepentirse de sus pecados.

Otro tanto ocurrirá, antes o después, con esos “mortadelos” de imagen brillante y nombre sugerente que se conocen como bitcoin. En la medida en que detrás no hay un Estado que responda del valor facial – que no lo tiene -, el día que alguien dé la voz de alarma y demuestre con números en la mano que el bitcoin vale tanto como una moneda de chocolate más lo que sus fieles creyentes quieran atribuirle, el gran engaño se vendrá abajo y los bitcoin volverán al internet oscuro del que nunca debieron salir. Volverán al reducto del tráfico de drogas y de armas donde la fiabilidad de una moneda depende de lo capaz que sea el tenedor de asesinar a quien no los acepte. Volverá al mundo oscuro del que procede mientras los mercados civilizados seguirán pagando en dólares y euros, cuando no se refugien en el oro, que al menos tiene la virtud de ser un bien escaso y muy bien conocido.

El bitcoin es tan virtual como el candidato Puigdemont: un holograma, una imagen de plasma – eso que tanto se le afeó a Rajoy -, una moneda que acabará siendo solo apta para jugar al Monopoly o, más propiamente, al Palé. Nada.

¿No recuerdan lo que nos pasó entre el año 2000 y 2007? La gente, sobre la creencia ciega de que el ladrillo nunca perdería valor, compraba sobre plano un piso al que a los pocos meses le daba “el pase” por un 25 o un 50% añadido sobre el valor inicial. No acerté a anticipar la crisis – no la vio ni el inefable Zapatero – pero sí aprecié en su día, y lo dije a muchos, que si de un pozo la gente saca pero nadie mete, antes o depués el pozo se acaba, y así terminó ocurriendo. Todavía estamos pagando las consecuenicas de aquella desregulación salvaje de los mercados.

Pues con el bitcoin terminará pasando lo mismo aunque los primeros síntomas de su debacle no serán financieros; el bitcoin se hundirá definitivament el día en que los poseedores maten o mueran; matarán porque nadie querrá recibir la dichosa moneda que no lo es o serán asesinados por los que de sus manos la recibieron para descubrir ya muy tarde que no valía nada. Así sucede en el lado oscuro del capitalismo.

Todo cursará como el chiste del tipo que compra un perro “mil leches” por tres mil euros y acaba sintiéndose recompensado cuando lo cambia por dos gatos callejeros de mil quinientos euros por bigote. Será así de fácil. Alguien verá que el bitcoin está desnudo pero muchos lo seguirán viendo bañado en oro. La gente, más que crédula, es estúpida. Rematadamente estúpida. Seguirán durante un tiempo adorando al becerro de hojalata pero un día se caerán las vendas y asistiremos a unos cuantos entierros prematuros que se archivarán como “ajustes de cuentas”, y lo serán en el sentido literal del término: los defraudados ajustarán las cuentas con los defraudadores, el muerto se irá al hoyo y seguirá la vida con euros, dólares y oro si no damos lugar, destruyendo el clima y la ecología, a que llegue un día que una cebolla valga más que un bitcoin.

Bien querría ser optimista pero todo depende de lo que dure Trump al mando.

 

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El hediondo martirio catalán

Los mártires sediciosos, liberados por la intercesión de santa Carme Forcadell y sus arrepentimientos, van desvelando en dosis homeopáticas las penalidades que les ha infligido la maldad organizada al hispánico modo. Callan porque no quieren que los suyos sufran más de lo que ya llevan sufrido y por eso deslizan meros detalles que los atribulados, derrotados y, pese a todo, triunfantes republicanos de barretina deben ir uniendo en una imagen global de hasta dónde es capaz de llegar el malvado estado castellano cuando se trata de pisotear catalanes.

El traslado a prisión fue en furgoneta sin ventanas, como delincuentes comunes, verde que te quiero verde y con un tufo enorme a Guardia Civil. Allí el pobre Rull no dejaba de marearse, debilidad disculpable al estar muy agravada por el hecho de que por primera vez en su vida – léase con acento Tardá y un dedo alzado entre acusador y numerador – se había visto obligado a quitarse el anillo de casado. ¿Imaginan mayor crueldad? Pues con ser mucha no fue la peor. Cuando un estado martiricida se pone, se pone. Y ya tenía bien tramada la que sería la pesadilla de los ultrasensibles delincuentes catalanes: la comida.

Sólo les diré que se hubo de comer el pobre Rull unas hamburguesas tan quemadas que se le rompió el tenedor en el intento. Entiendo su desazón. He roto yo muchos tenedores partiendo huevos duros y algún espárrago que otro, qué no harán unas hamburguesas al estilo socarrat. Tremendo. Pero tampoco eso era lo peor. Ni mucho menos.

Lo peor es que el abominable estado castellano, parapetado tras el art. 14 CE, tenía preparado un menú con efectos flatulentos, alevosos y premeditados. Tal como el propio Rull expone, entre lágrimas y “para entendernos”, era “un cocido de aquellos intensos”. Imagínense. Y por pudor no lo dice todo pues a los castellanos, en oyendo la palabra cocido, se nos viene a la mente y a la boca el apellido maldito, el que mejor define las perversas intenciones de ese estado torturador: ¡cocido madrileño! Y claro, acostumbrados ellos a las fragantes y alegres flatulencias de la butifarra y los calçots, el ambiente se les hacía irrespirable en una celda de 10 metros cuadrados donde dos hombres de bien se aliviaban al unísono de gases que ni en Auschwitz se han descrito peores. Y eso Rull, que andaba con Turull componiendo la imagen señera del premio Gloria Fuertes a la rima que da grima; hay que imaginar al pobre compañero de celda de Junqueras que, por las trazas, suelta gases letales que ni Schrek en sus peores momentos de indigestión los soltó de semejante calibre, sonoridad y toxicidad.

Lo que yo les diga: que el asunto se instala de lleno en el espectro de la tortura, a medio camino entre trato inhumano y degradante. Y encima, bajo coartada constitucional de la igualdad de todos ante la ley: cocido madrileño per tothom. De verdad ¿cabe mayor felonía? Y sabiéndose inocentes, como los pobres misioneros jesuitas machacados por los chinos, como los pobres Padres Capuchinos en manos de los indios motilones.

No les diré más. No quiero ser tachado de sensiblero si insisto en describir este plan cruel y sistemático que ha ocasionado un sufrimiento atroz en el cuerpo místico catalán – ese es un cuerpo y no el de Cristo -, poblando el calendario de fechas memorables en todo partido que se precie de ser jugado en el Camp Nou. Parones y cantos de segadores se repartirán en memoria de los caídos, de los apestados, de la persecución miserable que tiene al pobre Puchi condenado a comer frites a perpetuidad por las gélidas calles de Bruselas, a donde hubo de exiliarse por no compartir el encierro y la tortura a que condujo valientemente a los suyos. Y eso que las frites, según qué salsa lleven, igualmente alientan gases tóxicos que recuerdan mucho a los gases inducidos por españoles, no diré por madrileños, que esos son peores aún.

Menos mal que toda esta infamia está escrita y quedará para la memoria de la humanidad, junto a los 900 heridos y su milagrosa curación, junto a los dedos machacados uno a uno y las tetas toqueteadas por los bastardos policías españoles paridos por el crucero Piolín. También junto a los muertos con que los españoles iban a sembrar las calles y el Puchifrites conjuró declarando sin declarar, desconectando sin desconectar… y dándose gloriosamente a la fuga por mejor defender su república, dejando a sus huestes con cara, como dijo Charlie Hebdo, de ser más gilipollas que los corsos.

No quieran los dioses que en el futuro haya lectores desavisados que lean todo este rosario de infamias y no acierten a ver el sentido de conjunto, pues es de temer que obtengan la equivocada impresión de que queriendo hacer hagiografía incurren en producir una nueva versión de la Venganza de Don Mendo. Y no es eso. Que ustedes no saben lo que llevan sufrido estos mártires a costa de los gases y de los tenedores rotos.

 

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Razones para la monarquía

Entre los 10 países mejor organizados del mundo, los menos corruptos y más transparentes, hay cuatro monarquías: Dinamarca, Holanda, Noruega y Suecia. Entre los puestos 11 y 20 del mismo ránking el asunto es todavía más pintoresco pues hay dos monarquías más – Bélgica y Reino Unido -, un Gran Ducado – Luxemburgo – y un imperio – Japón – con su emperador, su crisantemo y el Sol naciente en la bandera. Entre los 20 países con mejor índice de desarrollo humano hay ocho atavismos políticos de los que hacen que la izquierda eche hiel por los colmillos y le estallen las neuronas republicanas: eso no venía en nuestro manual, dicen, y resulta que la monarquía no sólo no impide el desarrollo social sino que, en algunos casos, lo promueve y lleva a sus sociedades a altas cotas de bienestar, además de dotar a la jefatura del Estado de un componente simbólico que va más allá de la mera representación del país y de sus paisanos. Y tiene su razón de ser.

La organización republicana del Estado es un fetiche de la izquierda española que los tiene obcecados, ciegos ante cualquier evidencia. Tuvieron otros: la nacionalización de la banca se llevaba mucho entre los 70 y 80, y lo de no entrar en la OTAN también, hasta que gobernaron y les cambió el metabolismo. Tienen sus manías tan arraigadas que ni con datos se puede contrarrestar, pero a sabiendas de lo inútil que es razonar con los privados de razón no creo que esté de más poner sobre la mesa determinados aspectos.

La monarquía ha sido consustancial al desarrollo de la historia de España, mi país. Es cierto que Roma nos invadió siendo república pero desde el siglo I antes del Cristo mutó en monarquía con Julio César, luego devino imperio con Augusto y así hasta que en el siglo V nos dejó en manos de la monarquía visigótica. Luego nos invadieron los musulmanes, lo que fomentó el nacimiento de pequeños reinos que fueron, a la corta, los encargados de acabar con la ocupación siguiendo la estela de Francia – otra monarquía entonces – después de vérselas tiesas Carlos Martel con el andaluz Abderramán – año 732 -, que venía de conquistar el Languedoc, región predecesora de los invencibles catalanes y de su lengua extendida por todo el mundo según cuenta Omnium cultural. Con los que no pudieron los protocatalanes sí pudo Martel – el martillo – , y los hizo retroceder hasta confinarlos en la península donde los distintos reinos, entre los que no estaba Cataluña al no existir más que como parte del reino de Aragón, se aliaron, acabaron formando España y a la vez terminaron de derrotar y expulsar a los musulmanes. Hay quien se niega a saberlo y, desde luego, a celebrarlo.

Si es terca y contumaz la izquierda española, imagínense lo que son quienes se proclaman a la vez izquierdistas y republicanos confesos. ERC da perfectamente la talla, con su líder encarcelado por gravísimos delitos contra la Constitución y, a la vez, postulado como dirigente supremo de esa autonomía. También es notable el empeño podemita, de hórrido tufo republicano, por acabar con el sistema constitucional del 78, que incluye la monarquía, y con España tal como hemos querido que sea. A última hora han tenido un momento Echenique de la peor carcundia carlista cuando se echó al ruedo con su “frente monárquico”, muy en línea con el sr Coleta menguante (según el CIS).

Por edad, porque algo sé de Derecho y porque conozco la historia de España, apoyo lealmente la monarquía constitucional española. Como servidor público tengo la coartada intelectual de que en su momento juré – varias veces – cumplir y hacer cumplir la Constitución, y en ello estoy: defendiendo el orden constitucional que, cuando se quebranta, ya sabemos a dónde nos lleva. Mejor seguir la senda trazada por la historia hasta que quienes vengan pidiendo cambios los traigan bien estudiados, no sea que nos lleven a peor como han hecho los de ERC aliados con la más rancia derechona catalana y unos restos desesperados del anarcocomunismo.

Señoras, señores: ¡Larga vida al Rey y a la futura Reina Leonor de España! ¡Larga vida a la Constitución!

 

 

 

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Callar o no callar, esa es la cuestión

Que callen los espontáneos sería buena cosa. Debieron callar quienes anticiparon la resolución del Tribunal Supremo sobre los golpistas presos: todos decían saber que el pasado viernes, 1 de diciembre, quedarían en libertad bajo fianza: pues fallaron estrepitosamente en el arriesgado vaticinio, que los sitúa, junto a los golpìstas, en la puesta en cuestión de la separación de poderes en España. Y luego dijeron que el lunes todos en libertad, y otra vez ha sido que no. ¿Callarán de una vez los adivinos y dejarán paso a la razón? ¿Terminarán de aceptar que el TS conoce una documentación que ellos ignoran, y es ese conocimiento el que permite distinguir entre autores más o menos implicados en las tropelías? Y, ya puestos, deberían aceptar que la justicia no debe moverse pensando en el qué dirán, pues los golpìstas y su club de fans va a hablar igual de mal de los españoles sin necesidad de que se mantenga en prisión a quienes más responsabilidad tienen en todo lo que llevamos sufrido y malgastado.

Que calle el gobierno, malo. Porque callar en relación con el 9N y el posterior 1-O permitió a una partida de zafios ignorantes y golpistas propagar mentiras adornadas de fotos falsas. Ahora dicen los mismos golpistas que van a hacer un recuento paralelo de los votos del 21D porque temen un pucherazo, y el gobierno calla cuando debería hablar porque el mero anuncio de un recuento paralelo pone de relieve de qué pie cojea esa caterva, que es la misma que supervisó el recuento del 1-O. ¿Recuerdan? Fue aquella farsa en que las urnas tenían votos antes de ser puestas a disposición de los votantes, donde cada cual podía votar varias veces sin empacho y donde los resultados había que “refinarlos” para aparentar una legitimidad que sabían que no tenían. Y ahora se ponen de garantes de la calidad democrática de España. Vergüenza debería darles.

Pero también calla el gobierno cuando la mera propuesta del recuento paralelo revela que los independentistas no tiene nada claro que vayan a ganar – el CIS todavía menos -, como anticipan. Si hubiera esa mayoría clara, abultada y aplastante, eso se notaría en las calles, y no es el caso. Saben que van a pagar muy caro todo el daño hecho, los unos con su libertad y los demás con un bofetón electoral similar a aquel que sufrió el PP en Valencia que dejó a Rita Barberá con el “¡Menuda hostia!” en la boca.

Callan quienes deben hablar y hablan quienes deben callar. ¿O es que no ha llegado el momento de hundir definitivamente al esperpento de Pablenin? Hay que exigirle que diga qué habría hecho él si hubiera estado en el gobierno: ¿Sentarse a hablar con los golpistas? ¿Retirar a la policía y al ejército de Cataluña? ¿Trocear España para que no puedan decir los situados a su extrema izquierda que es un tibio monárquico?

Ya está bien, hombre, ya está bien. Hay que callar a los bufones a base de que hablen quienes deben. Hay que poner fin a la infinita chulería de Rufián, a las aventuras de Iglesias, al llanto independentista por sus delincuentes presos.

Y hay que votar el día 21. Y cabalgar, y cabalgar, hasta enterralos en el mar (F. Ibáñez).

 

 

 

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Flandes nos invade

Leo que los exconvergentes del 3% han apreciado en el fugitivo Puchi un estado de demencia incipiente y pretenden tenerlo entretenido con otros asuntos para que no disparate más y deje de mermarles las pocas posibilidades electorales que les van quedando. Porque lo último es de libro en lo que a la psiquiatría respecta: que Flandes le ponga una escolta para que venga él a votar sin la certeza de que lo detendrán nada más poner un pie en España, a menos que la lejana Flandes nos invada…

Esto le pasa a él por haberse cargado el conjunto de la legalidad española con sus proclamaciones independentistas y republicanas, y a los exconvergentes del 3% por haber aceptado entusiasmados que su lista la encabece un delincuente huido.

¿Pueden imaginar el escándalo que se formaría, dentro y fuera de España, si el PP o el PSOE presentaran a las elecciones a sus políticos condenados por prevaricaciones y malversaciones? ¿Imaginan recuperar a Roldán, a Bárcenas, a Ignacio González o a cualquiera de los que han ido cayendo a lo largo de la infinita corrupción que ha prosperado en ambas formaciones? Resulta inimaginable y, sin embargo, en la Cataluña actual una parte del electorado va a votar a delincuentes consumados. Pero los cortitos españoles no contábamos con la astucia catalana, esa que a Puchi se le ha agudizado conforme contempla un futuro de huida permanente, de imposible vuelta a la normalidad y, mucho menos, de encontrar a su regreso que sí, que su república sigue viva y él sigue siendo el presidente legítimo de la Ínsula Barataria. ¡De locos!

Y aún no hemos visto lo peor, que ocurrirá cuando las cosas parezcan haberse calmado: cuando los juzguen condenen y sus condenas sean firmes, lo que los llevará indefectiblemente a prisión y volveremos a oír iguales o peores improperios que los hasta ahora escuchados. Porque alientan la idea, una vez más ilusoria, de que la aplicación del art. 155 CE y la corta prisión preventiva impuesta a los máximos responsables del golpe ha limpiado las culpas – que ellos no reconocen – y que el 21D obrará el definitivo efecto borrón y cuenta nueva. Pero si eso resulta ser así, incluso por vía de indulto, España como Estado habrá dejado de existir y ya nadie nos hará caso en el futuro.

Es de desear que en unos meses se acabe celebrando el juicio contra los golpistas, hayan obtenido o no sus escaños, y que una vez firme la sentencia se ejecute sin más dilación, lo que dará lugar a detenciones, algún que otro intento de fuga y, finalmente, al ingreso en prisión de los responsables de la mayor amenaza contra el orden constitucional desde que Tejero entró en las cortes en los términos que conocemos. Y se volverán a llenar las calles de manifestaciones contra los fascistas españoles, que tienen tan mal perder que encierran a los genuinos representantes de la voluntad catalana, que es en gran parte una voluntad encanallecida al modo en que lo fue la parte de los vascos que apoyaba a ETA y la parte del sur de Italia que ve con buenos ojos los negocios y los asesinatos de los chicos de la Cosa Nostra.

Así que sigue Puchi con su delirio y los independentistas con el raca-raca de que lo que se vota en las urnas borra los pecados como el bautismo nos libra del pecado de Adán. Ante semejante panorama no cabe sino esperar que los catalanes sean conscientes de qué y a quién votan el 21D y no den lugar a que personajillos como Puchi y la compaña sigan hundiendo a Cataluña en el descrédito y en el ridículo internacional en que la han sumido.

 

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Las cabezas no están buenas

Las cabezas no están buenas en general, y mucho menos en particular. Nosotros creíamos que el más alienado del mundo era Puchi el exiliado y los cerriles de la CUP y viene el mundo a sorprendernos con talentos que harán las delicias de los atribulados lectores, monotemáticos con el 21D.

Está el mundo lleno de locos. Por todas partes, así que no es de extrañar lo que nos está pasando. Algunos, como Franz Reichelt, libraron al mundo de sus locuras tirándose desde la torre Eiffel para demostrar cómo funcionaba el paracaídas de sus invención, que ya había fallado antes con un maniquí. Pues se tiró. Hizo, como el Coyote en los dibujos animados, un agujero de 14 centímetros en el suelo con la forma de su cuerpo y desde entonces descansa en paz.

Atentos porque este fin de semana podemos tener una reedición del espectáculo. Mick Hughes, americano de 61 años – que ya es para que tuviera conocimiento – sostiene que la Tierra es plana, como una base de pizza con el norte en el centro. Que llevemos desde los primitivos científicos griegos sabiendo que la Tierra es redonda se debe, según él, a una conspiración de los astronautas, la NASA, Hollywood y otros muchos mentecatos. Que en tiempos de los griegos no hubiera astronautas fuera del Olimpo no es óbice: cuando uno cree, cree, y lo demás son flaquezas de carácter como las de los lloriqueantes indepes catalanes, que se han venido abajo al primer contratiempo.

El amigo Mick va a despegar este sábado próximo a bordo de un cohete casero muy en la línea “home made” versión cutre. Quiere alcanzar los 510 metros de altura, desde donde tomará unas fotografías que dejarán al mundo pasmado: la Tierra, en efecto, es plana. No ha caído el hombre en la cuenta de que alquilando una avioneta con piloto podría alcanzar la misma altura. Tampoco ha pensado en la cantidad de pilotos que han volado a esa altura – y más – y siguen pensando que la Tierra es redonda. Pero él quiere añadir épica al asunto igual que en los circos se conseguía el máximo silencio cuando el presentador pronunciaba la frase mágica: “peligra la vida del artista.”

Teniendo en cuenta que el aspecto casero del cohete se ve superado por la plataforma de lanzamiento, construida a partir de una autocaravana, me atrevo a pronosticar que la vida de Mick será muy corta, a partir de que encienda el motor del cohete, que o explotará sin más haciendo del sabio un churrasco o iniciará un cortísimo y errático vuelo que lo estrellará, haciendo otro hoyo en el suelo como los del Coyote pero esta vez con forma de cohete y la firma ACME.

Y no está solo. La  Flat Earth Society sigue viva y aglutina a quienes también creen que la Tierra es plana. Y circula por internet un youtuber con 90.000 seguidores que insiste – la Tierra es plana – y alega en su apoyo “el método científico”. También cree de la Luna no es un satélite – aunque no revela qué es de verdad – y sostiene que tanto la señora Obama como la señora Trump son transexuales próximos a la secta de los Illuminati. Sobre la planitud de la Tierra invoca la experiencia intuitiva de cada cual. ¿Acaso no vemos que las carreteras son planas? ¿Notamos nosotros ese movimiento acelerado con que la Tierra viaja por el espacio? ¿Por qué no nos volamos?

Y nosotros preocupados por los pobres indepes. Es cuestión de que cambien de racarraca y les dé por mantener que Cataluña es plana, que es también un continente aislado y, sobre todo, que el fallo del paracaídas de Reichelt y del cohete de Hughes lo arreglan ellos con sus genes maravillosos. Y a volar primero y luego a hacer hoyos en el suelo. Con el que haga Junqueras se podría hacer una piscina olímpica. Algo es algo.

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Venir a carril

Van viniendo a carril. Se van reconduciendo y en el clima general de hundimiento del delirio independentista Germà Bel, exdiputado de JxSí, con esa inteligencia superior que da el gen catalán, acaba de inventar el pan tostao: “un Estado es un entramado de instituciones que impone leyes sobre unas personas en un territorio haciendo uso de la fuerza, si es necesario”. Pobrecillos. Los acostumbró TV3 y la radio carlista  a pensar que España no existía y cuando decían “Estado español” entendían Madrid y cercanías pero no un Estado como Dios manda. Pasaron por alto leer el preámbulo del Código penal que habla precisamente del uso de la fuerza. Soñaron a gastos pagados y de pronto se despertaron meados, caídos de la cama y de bruces con la Nación y con el Estado. Desde entonces están en shock porque eso no venía en su manual del perfecto indepe.

En su momento se plantearon si ejército sí, ejército no, y triunfó el impulso angelical de la señora ColaColau: ¿Ejército? De eso ni hablar. Y bolardos tampoco, que limitan la libertad. Tampoco tuvieron en cuenta que primar al inmigrante yihadista sobre cualquier otro porque estos entienden mejor el catalanismo y vaya que si lo entendieron. Pero eso, tan políticamente incorrecto, ColaColau tampoco se lo dejaba pensar: que somos catalanes, no españoles.Y, claro, se unió el yihadismo y la falta de bolardos y les vino encima el atentado que resolvió tan gallardamente Trapero – el traicionado después de ser traidor él – impidiendo que verdaderos profesionales y no meros aficionados determinaran si la explosión de la tarde anterior respondía a algo de más calado. Y al día siguiente…

Ahora se dan cuenta de que necesitan un ejército para imponerse a España “si es necesario, con el uso de la fuerza y, en cualquier caso, evitando que nadie más la use”. Dos partes de la misma cosa: tener fuerza que actúe para impedir que actúe otra, de modo que a implantar la mili obligatoria, un gasto incamuflable en armas de tierra, mar y aire y a continuar la guerra donde los carlistas la dejaron, que esto no puede fallar.

Y otro carril al que han vuelto: “una mayoría democrática no es suficiente para imponer un Estado”, esulta indispensable “controlar el territorio sobre el que imponer las leyes”. Eso es justamente lo que les faltó: mayoría y fuerza armada. Con eso se hubiera impuesto la república y los exconsejeros presidiarios no andarían mendigando libertades a cambio de haber consentido la imposición del art. 155 que, como la horca, se impone por la fuerza quiera el ajusticiado o no. Mérito alegado: me ahorcaron y no rechisté.

Y para colmo se les va la agencia del medicamento que sin prusés estaba cantada. La estrella del futuro esplendente que les traía el presidiario Junqueras. La culpa es clara: España no ofrece garantías, ataca a los ciudadanos… Por eso se fueron antes más de dos mil empresas, porque estaban los consejos de administración hartos de chichones ocasionados por la pandilla de Piolín. La inseguridad jurídica, los tumultos, las agresiones a turistas… nada tuvieron que ver. Y el vergonzoso espectáculo para la historia que sigue dando el Puchi tampoco.

Lo primero que va a tener que hacer el nuevo gobierno – que amenaza con dar una sorpresa de las gordas – será enseñar a pensar a una parte importante de los catalanes, empezando con reponer a Epi y Blas. Cosas sencillas, hábitos de pensamiento ajustado que empiezan por interpretar los hechos tal como vienen dados. Que lo que piensa la CUP y la camarilla de Mas sólo es apto para consumo interno. Que antes que ellos hubo otros que pensaron que sus enemigos eran infrahumanos: Hitler lo pensaba de los judíos y de los rusos; los británicos lo pensaron de los indios; algunos blancos lo siguen pensando de los negros y algunos catalanes lo piensan de los españoles. Sin embargo vivimos en un mundo donde judíos, rusos, negros y españoles abundan, mientras que de Hitler, del KKK y del Imperio Británico cada vez queda menos, menos que va a quedar después del Brexit, y de los indepes vermos después del 21D.

Un tonto con iniciativa es de lo más peligroso, así que atentos al desarrollo de las ideas que se le han revelado al sr. Bel,  aunque no haya nada que temer de ese temible pueblo catalán al que subestimamos: no habrá violencia porque a ColaColau no le sale de su ser  angélico y antibolárdico.

 

 

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El hundimiento de la ínsula

El rosario de penitentes compungidos por no haber estado preparados para proclamar la independencia nos refuerza en el convencimiento de que estamos ante una pandilla de delincuentes comunes, asaltantes de presupuestos generales e irresponsables políticos a los que su propio pueblo debería defenestrar antes de que las sentencias firmes los arrinconen en prisión, y por muchos años que sea.

La condición de aforados a la que aspiran hará que su causa la vea el Supremo pero no impedirá que las condenas que se han ganado a pulso los bajen de la poltrona y acaben en prisión, esta vez ni preventiva ni eludible. En la burbuja delirante en que se encerraron entraba que el día 2 de octubre no habría legalidad española que aplicarles, por eso el delincuente exjuez que se ufanaba de contar con los datos fiscales de los catalanes y residentes se las verá ahora con las leyes españolas que ignoró. Estamos a 16 de noviembre y la ley española sigue en vigor, y más el art. 155 CE, amenazante de presente y de futuro con encarcelar a los que se atrevan a seguir por el camino de los hoy presos y huidos.

El fugado también ha bajado un escalón: otra salida es posible, dice, y suena a bandera blanca agitada por quien se sabe perdido en un delirio más allá de los antipsicóticos.

¡Qué vergüenza! ¡Qué falta de dignidad! ¡Qué irresponsables! Otros en la historia sostuvieron sus errores y prefirieron la cárcel antes que reconocer que todo el daño fue en vano, que lo hicieron sin saber en qué pozo hundían a los suyos, regalando votos a manos llenas a quienes eran el blanco de sus desprecios. Todo para engordar las filas de quienes vienen ahora a desmontar la mayor estafa cometida en España después del franquismo, esa ignominia que a todos nos sojuzgó con apoyo en las armas y en instituciones corruptas hasta la médula, no más que la corrupción que estos canallas implantaron en Cataluña.

¿Quién fue el urdidor de la ínsula Barataria? ¿Quién el engañado? Y no hay sino mirar a Mas, el pretendido taimado, para saber que fue él el que alentó el desastre, que Junqueras fue el Sancho infeliz que se dejó seducir por el poder que veía a su alcance y que el coro lo componían Rull, Turull, Romeva… esa pandilla de presidiarios que ahora desesperan por ver si les dan suelta y retoman el desmán donde lo dejaron. Y hace falta también un Shakespeare que ilumine a lady Macbeth, esa Forcadell del “ningún paso atrás”, hoy avergonzada y recluida, ajena a manifestaciones, temerosa de volver a la prisión de la que Vila salió acojonado tras una sola noche de celda y sonidos oscuros.

La ínsula se hunde irremediablemente en el descrédito. Ya todos reculan, se pliegan como cobardes. Ahora ven que había otras soluciones porque es ahora cuando se enteran de que España sí existía, sí era la Nación y el Estado que ellos no querían ver. La cárcel les ha abierto los ojos como antes a otros delincuentes. Ahora ven que era mentira cuanto pusieron en sus periódicos y en sus libros de historia inventada. Que no, que Cataluña no fue nunca nación ni Estado, que no es capaz de la independencia sin volver al feudalismo, que su nombre lo han arrastrado quienes decían ser sus hijos más fieles y han resultado ser traidores de la peor calaña.

Hemos tenido enemigos mejores, ¿pero éstos…? ¿Era este el poder de un pueblo que no debíamos subestimar? ¿Era esta la nación antigua en que Europa se miraba? El gallo mentecato que agacha la cabeza al entrar al corral por el portalón de caballos y carruajes no hace más el ridículo que esta gentuza mezquina. Que vuelva Berlanga y los retrate: todos a la cárcel.

 

 

 

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¡Yoooooooo… quiero ser catalán!

Por muchas y muy variadas razones.

Primero por la genética. Ya saben, los españoles son esos seres canijos y medio anormales que han tenido la mala suerte de no nacer en la esquina superior derecha de la península, y tienen por eso los genes depauperados. De hecho, dicen los más sabios catalanes que nos parecemos a los portugueses y no a los franceses, que es a quien se parecen ellos. De ahí el parecido entre el robusto Junqueras y Alain Delon: porque son los dos afrancesados. Y por eso también hay quien dice que el catalán es francés mal hablado, como si lo hablara un cateto, pero es francés al fin y al cabo, con el caché que da eso, oh la la. Así que, por cuestión de genes, yo quiero ser catalán. Y me da igual que Charlie Hebdo diga que los catalanes son más gilipollas que los corsos. Me da exactamente igual. ¿¡Qué sabrán esos mestizos degenerados de Charlie Hebdo!?

También quiero ser catalán, y algo tiene que ver con los genes, porque a los catalanes sus padres les montan chiringuitos financieros en Andorra y en Suiza que basta meter unos pocos millones y al poco han parido millones como paren conejos las conejas: como conejas. Trías no es el primero. Acuérdense del pobrecito Pujol, aquel que fuera honorable y luego dejó de serlo por no sé qué tontería que le descubrieron en Andorra. ¿Y qué era al final? Pues que el abuelo Florenci le había dejado allí unas perruchas por si lo detenían los malvados españoles – sí, sí, los mismos que tienen detenido al pobre Junqueras y a la parte de su cuadrilla que no tuvo tiempo de huir -, y estuvo el pobre Jordi – sí, como los Jordis que también han detenido los malvados españoles – treinta años atribulado sin saber qué hacer, si decírselo o no al sr. Montoro, y para cuando estaba a punto de hacerlo se le adelantaron los malvados españoles y se descubrió un pastelón tremendo: ¿pues no que en la banca andorrana le decían a él el abad y a su Marta la abadesa? Y al hijo “riquet” también lo tienen en la trena los malvados españoles. ¿Ven por qué más que ser catalán lo que yo quiero es no ser tan español como soy? Porque es una pura vergüenza pertenecer a un pueblo de genes disminuidos, abusones de patio, recaudadores sin corazón, carceleros y no sé qué más decir de esa gente canalla.

Y tiene el asunto más ventajas, especialmente la de negar con fundamento y pasar por virtual lo que era una sedición o ser el dinero negro más negro que los argamandijos de un grillo. Ya lo dijo Pujol: que no, que no tengo pasta en Andorra. Y cuando Montoro le enseñó la pasta se acordó de que aquello era cosa del abuelo Florenci. ¿No le ha pasado lo mismo al pobre Trías? Primero negó y luego se fue acordando, poco a poco, de que sí, cojons, que sí que tenía su familia montado un “trust” en Suiza. Porque los catalanes es que tienen esas cosas: que cuando se les aprieta acaban hablando en inglés y sólo los entiende Trump, porque ellos son una unidad de destino en lo universal (¿O eso lo dijo un maldito español de España?). ¿Qué es un trust? Pues un trust es un fondo lleno de perras como el del abuelo Florenci. Los catalanes es que son tradicionalistas a tope: a los nenes hay que montarles un trust por si los detienen los malvados españoles, así que la culpa es de ellos, por abusones. Y mueren negando, fieles como son a sus principios.

Porque esa es otra. Tienen los catalanes un cajón lleno de principios y van sacando unos u otros según le ven las credenciales al macho. Por ejemplo, Forcadell, otra que han detenido los malvados españoles. Cuando mandaba en ese parlamentito que parece media plaza de toros, bien que se hartó de darle vivas a la república catalana, pero cuando se vio en trance de irse a prisión por culpa de los españoles, se fue de vareta y renegó con garbo y se acogió a las cosas simbólicas, virtuales, tonterías que se dicen y se votan sin darle más importancia. ¿Yo republicana? Vamos hombre: yo soy catañana -tiene cruce de catalán y gañán – de pura cepa. Y monárquica, oiga, que nos lo dejó dicho el abuelo Florenci del Jordi. Se le hará duro explicar a sus socios en prisión por qué ha renunciado a satanás, a sus pompas y a sus obras por no ir  a hacerles compañía, pero eso entre catalanes se entiende una vez que lo hablan en inglés.

Así que, señoras, señores: ¡Yooooooo… quiero ser catalán! ¡Catalán de España!

 

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