El horror que nos habita.

El suicidio, el suicidio…  En inglés  no se autoinflige sino que “se comete”, porque hay una arcaica tradición cultural que ve en el suicidio un crimen y no una salida desesperada de quien ha perdido toda esperanza de que merezca la pena vivir. Aunque sólo sea por ver cómo sale el Sol y los ríos fluyen…

Recuerdo que, hace mucho tiempo – era yo joven -, un muchacho que opositaba a notarías se presentó ante el tribunal por enésima vez. El tribunal le dijo que dejara el examen que no estaba haciendo bien y, sin pensarlo más, sacó una pistola, disparó contra el tribunal hiriendo a uno de sus miembros, volvió hacia sí la pistola y allí mismo se pegó un tiro en la sien. Huelga decir que allí acabaron sus aspiraciones, todas, y se abrió el abismo que deja detrás todo suicidio, un rosario interminable de preguntas, de desazón y llanto. Como Blesa.

¿Quién los había convencido de que sin ser notario o ser rico no se puede vivir?

Tenía que pasar y al final ha pasado. La presión subsecuente a la muchísima corrupción que nos corroe tenía que producir víctimas tangibles, de las que se entierran y, después, a repartir bollo y hoyo entre el suicida y los deudos. Se acabó. Punto final.

No me caía bien Blesa. Me caía mal por chulo, por rico insultante y por serlo con una fortuna amasada de mala manera. Pero si hubiera estado cerca y hubiera podido habría intentado convencerlo de que la salida por la que ha optado es, sin duda, la peor. Porque ha puesto fin a todo, incluida su capacidad de defenderse y, eventualmente, purgar en prisión lo mucho que de mal hizo. Alguien o algo lo convenció alguna vez de que sin ser inmensamente rico y desvergonzado no se podía vivir y ahora hay gente como nosotros, más de la que podamos pensar, que está llorando a Blesa, aunque le cueste trabajo aceptarlo a los neoinquisidores de los que se ha llenado España, para quienes el suicido de Blesa no es más que justicia tardía que debió aplicar antes de inventarse el negocio de las tarjetas black. Sí, habría sido lo mejor para todos: que dejara el dinero público en paz y que siguiera disfrutando de lo que hubiera ganado honradamente. Pero ha sido que no. Habrá quien se apene por no verlo entrar en prisión para 6 años, 6, a que estaba ya condenado.

Ocurrió en provincias, en una causa por corrupción, que uno de los imputados murió prematuramente de muerte natural. La más casposa cabecera local, representada por el más abyecto de sus plumíferos, entendió que lo relevante del asunto era el hecho de habernos privado de verlo en juicio y de verlo entrar en prisión.

No puedo alegrarme de la trágica muerte de Blesa. Será porque me he hecho viejo pero esa es la realidad.

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Esto marcha, “yo no he sido”.

La decapitación de Baiget por decir lo que todos sabíamos – que no habrá referéndum ni consecuencia alguna de las pretendidas – lejos de acallar el desparrame de la buena nueva – que iban todos de farol y, el que más, Junqueras – ha puesto punto final al delirio en su fase bufa. El punto de inflexión ya se ha superado y el famoso prusés ha entrado en fase “yo no he sido”, la más ridícula, en que ya resultan evidentes las mentiras podridas sobre las que se ha construido la astracanada a medida de los alienados de la CUP y de los muy desvergonzados administradores del 3%, además de inhabilitados en general. Lo han fiado todo al “no pasarán” ideológico y se han acabado plegando al “que sea lo que Dios quiera pero a mí que no me inhabiliten”.
Queda el futuro. La aventura se ha ido a hacer puñetas por falta de logística y de un plan viable de desconexión incluso a costa de un descalabro económico de duración indeseable e impredecible. El horizonte cercano son unas autonómicas en que los catalanes manifiesten ordenadamente qué les ha parecido la gestión de sus libertadores. Las encuestas no resultan felices. La CUP bajaría a la mitad y la antigua CIU se situaría a la altura o por debajo del PP: con lo que han sido ellos, los unos y los otros, y lo bajo que han caído. Así que gana Esquerra y eso Junqueras no se lo quiere perder.
El futuro autonómico de Cataluña necesita líderes que lo vuelvan a intentar y tanto Puchi como Junqueras quieren estar en la tostada para cuando se repita el lance. Por eso se señalan recíprocamente en una jugada que Junqueras debió imaginar y no venirnos ahora con que él pasaba por allí y al Puchi lo conoció en el colegio. Fue Junqueras quien amenazó con parar la economía catalana para dañar a la española. Fue él quien, al borde de las lágrimas, con fingida angustia, manifestó la desazón permanente, la zozobra infinita que le produce la mera pertenencia administrativa a España. Y ahora viene señalando culpables en anticipo de lo que será la próxima fase: muera Marta y muera harta.
Cuando se sepa cómo va a cursar el desmontaje de la farsa vendrán las investigaciones penales, acabaremos sabiendo las instrucciones cursadas y de momento ocultas con que se ha querido poner en marcha un imposible técnico, logístico y hasta ideológico. Sabremos fechas y asistentes porque los menos implicados empezarán a descargar e invertirán el orden natural del estercolero, que dice que los desechos nuevos resbalan y se atropellan hasta alcanzar a las bases; pues eso las bases lo pueden revertir, haciendo que el combustible ascienda por la cadena de mando hasta alcanzar a quienes se lo inventaron. Y veremos arreglos infames con la fiscalía, mamoneos inimaginables, llantos de reptil y martirologios construidos sobre algo a medio camino entre la traición y el mero medrar que hizo a tantos otros franquistas convencidos.
Habrá un día después, sin duda, pero la foto finish no aclara quién estará en condiciones de aparecer en ella. Es más, aún no hay foto finish porque el decuelgue será lento e imparable. Ahora sólo se oye un rumor de “yo no he sido”; luego se le añadirá un “fue él”. Es un clásico: fue lo que contestó Adán cuando Yahveh paseaba a la hora de la brisa: “Fue la mujer que me diste…” Eso quería decir “la culpa es tuya, no haber hecho a la mujer”. Y ya saben el cabreo que se tomó Yahveh por la impertinencia. A ver qué hace ahora con los catalanes…

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Alegres muchachadas de puños y de pistolas

Vivo en el desazonante convencimiento de que conocer la historia no sirve de nada. Da igual como camuflemos el hecho; da igual que desconocer la historia nos condene a repetirla y da igual también que la misma historia se dé primero como drama y más tarde como farsa. Lo cierto es que no aprendemos y sólo nos queda el viejo, viejísimo, “siempre igual, enterrar y callar” con que definió Goya los particulares horrores que le tocó vivir.

Algo sí he aprendido: que cuando veo una gota debo imaginarme un océano, así que veo el camino imparable de violencia y arbitrariedad que preside la vida venezolana desde las últimas elecciones, esas que el patán Maduro se viene pasando por la entrepierna, y no puedo sino imaginar en qué acabará el embrollo que ya se acerca a los 100 muertos. Y de los muertos en la calle pasamos a un aspirante a dictador que se nos presenta como guerrero de Dios bombardeando inocentemente el parlamento desde un helicóptero que le afanó a los bolivarianos. Ahí está, esperando el momento de sustituir en los desmanes al encarcelable – y hasta fusilable – Maduro, ese payaso ignaro que habla con los pajaritos y tiene claro que la revolución no la entrega. No dice que no la entrega aunque las urnas se lo exijan porque esa es la esencia del dictador, el temer a las urnas más que a un nublado. Le pasaba igual a Franco y por eso no convocaba más que referéndum cuyos resultados se sabían con una semana de antelación respecto del día de votaciones. Igual le pasa al Calimero catalán, que quiere ir a las Cortes a adoctrinar pero huyendo de las votaciones como quien huye del diablo: por un lado fervor democrático y por otro el temor a los votos. ¿Se aclarará alguna vez este otro impresentable?

Maduro nos queda lejos – a todos menos al tramposo Iglesias y al cándido Zapatero – pero hay otras violencias, de momento sólo verbales, y otro referéndum que nos pilla mucho más cerca. Llegado julio, que fue una de las fechas que aventuró el desventurado Puigdemont como fecha posible de desconexión, todo sigue donde estaba: la alegre muchachada secesionista busca desesperadamente que la reacción del Estado provoque en sus huestes una reacción violenta que legitime ex post lo que llevan ya hecho. Y no se hartan de retorcer el lenguaje y el razonamiento hasta hacerlos remedo de sí mismos. Decían ayer que España no es un país democrático; hoy dicen que las leyes españolas no son legales simplemente porque no les dan la razón en sus ilegalidades. De España sólo les merece aprecio la pasta que les anticipamos para que ellos preparen la huida hacia el paraíso en que la Sagrada Familia se convertirá en escuela de música y economato social. Nada dicen del parque Güell, que haría un magnífico camping, ni de la casa Batlló entendida como albergue de transeúntes. El propio edificio de la Generalidad haría un buen asilo pero a eso no es que no se atrevan sino que no conlleva el componente comecuras que los de la CUP quieren imprimir a sus iniciativas.

Así que dos alegres muchachadas de puños y de pistolas están dispuestas a llevar a sus respectivos pueblos a un camino de violencia que no sabemos en qué parará. Más seria la de Venezuela, por aquello de la muerte irremediable, más chusca la que nos pilla más cerca, cuyos artífices ni siquiera han caído en el mal fario que da que proyecten un referendum en un aniversario del trascendental discurso de Franco el 1º de octubre de 1936, con la guerra en marcha y las máquinas de matar sueltas por toda España. Fue entonces una alegre muchachada falangista apoyada por los igualmente alegres navarros de la IV División que Franco mandaba a provincias a despejarle el terreno de lunares rojos.

¿Se prepara ya el somatén para limpiar de españoles una zona de España? Franco, cuatro días más tarde, el 5 de octubre del 36, instaló  su cuartel general en el palacio episcopal de Salamanca… ¿Se atreverán estos insensatos a instalar al somatén en la Sagrada Familia? En apenas tres meses lo sabremos.

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¡Alto ahí, que moto tengo!

Sostiene mi maestro y amigo Gerardo Landrove que en España, verdaderamente, sólo rigen dos leyes: la de la gravedad, por inevitable, y la del embudo, esa por la cual la misma institución se aplica a unos sí y a otros no por la misma razón por la que los pimientos de Padrón unos pican y otros no: caprichos de la naturaleza, en el caso que nos ocupa naturaleza humana.

Si algo nos quedaba por saber del pequeño Pablicolás era su forma blanda de entender las leyes y los compromisos que, como acuñó un afamado prevaricador murciano – o importó de otro prevaricador –, consistía en dar al amigo el culo, al enemigo por culo y al indiferente la legislación vigente.

Las estrechas pudibundas ven acechanza diabólica en el bailar pegados, en el fumar y en el hecho injustificable de que las mujeres hablen de tú a los hombres. Los estrechos pudibundos en materia política han decidido, aplicando la infausta y nazi doctrina del Derecho Penal del enemigo, adelantar las barreras de protección jurídica al momento de ser investigado, exigiendo a gritos que en tal trance dimita cualquiera… que sea del PP. Porque ya hemos visto que si es de Podemos o de cualquiera de las pandillas asociadas entonces el asunto cambia y ya no hay urgencia alguna derivada de la ética que obligue a dimitir. Es lo del viejísimo chiste de los frentepopulistas que están enumerando todo lo que le van a quitar a los ricos para repartirlo entre los pobres: casas, tierras, coches, joyas, dinero, y así hasta llegar a las motocicletas, que es cuando se levanta uno con el fusil al hombro y de mala manera espeta: ¡Alto ahí, que moto tengo!

Pues así estamos: que dimitan los demás ipso facto, que se vayan, que renuncien al escaño, que les retire el saludo su madre y demás allegados pero eso que lo hagan los otros, porque si le toca a uno de los nuestros – la mafia contagia más de lo que sospechamos – entonces el griterío se vuelve loa: no hay nadie más honesto que quien gasta de tapadillo 100.000 € bajo coartada de que es para querellarse contra el PP; pero si es el PP el que se querella…
Pues les ha salido mal la jugada. El fiel de la balanza dice que lo ostenta Cuidadanos – y eso será hasta que le toque a uno de los suyos: la mafia es universal – y dice Rivera que los ediles pillados en falta feísima deben dimitir de inmediato. El pequeño Pablicolás, sin embargo, ha salido en defensa de los sospechosos de mangoneo: son ciudadanos ejemplares… al estilo Bárcenas cabría decir.

Y eso es todo lo que entiende el mentecato Iglesias sobre la igualdad que hay que exigir en la aplicación de la ley y en el cumplimiento de los compromisos; en general, sobre esa cosa extraña que algunos llaman Estado de Derecho: dura lex, sed lex. Y mientras el mentecato piensa en por qué cito el nombre de una vajilla, dejémoslo a ver si acaba aprendiendo que la igualdad no admite quiebras cuando de manejar dinero público se trata, y que ellos que vinieron a dar ejemplo a las masas de cómo se tiene que ser no pueden dar ahora un paso atrás y que no tenga consecuencias. Que le pregunten a Garzón, que asiste temeroso a la caída en intención de voto de Podemos y, por tanto, de IU.

Y mientras tanto, a ver si conseguimos que al pequeño Pablicolás lo acaben de callar los suyos aunque sólo sea por rentabilidad electoral.

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La noche el muerto viviente

Hay dos polos sobre los que va a bascular la política española de los tiempos venideros: uno radica en la obsesión del resucitado Sánchez por ser Pablo Iglesias, que ya es confusión freudiana, y otro en su insistencia en la plurinacionalidad española, que traerá cola si se asienta como principio propio de la izquierda que el PSOE quiere ser y que Podemos ya es.

Dice el guapito Sánchez que el art. 155 de la Constitución resulta “cruel”. No sabemos por qué pero le parece que sería impropio que lo aplicáramos a quienes pretenden, lisa y llanamente, desmontar – deconstruir – España, y dejarla a la suerte de unos nacionalistas que están jugando sus bazas de forma esperpéntica pero efectiva: en efecto, cualquier iniciativa española por reconducir los hechos a la legalidad constitucional se va a interpretar en clave de martirio, y los partidos del BarÇa (el teclado tiene la culpa) van a dividirse en varios subpartidos, uno antes del minuto 9, otro inmediatamente anterior al minuto 17:14,  y el que se añada para conmemorar el día de la infamia, ese en que los españolistas castizos y franquistas acaban con el delirio catalán o lo envíen definitivamente al frío exterior que ya les ha anunciado la UE: aranceles, fuera de Europa, larga cola ante la ONU, etc., etc.

Sánchez ha vuelto a rematar la faena que dejó a medio cuando desde dentro lo defenestraron sin darle la puntilla que merecía y merece. También ahí la tarea es doble: partir el partido en dos, por lo menos, y a España en tres o más minitaifas que alienten y sostengan el 3% (Cataluña) a la vez que acaban con el cupo vasco, que viene a ser como un alquiler de renta antigua del que disfrutan dos territorios de un Estado en que debería regir el art. 14 de la CE, ese que proclama la igualdad de todos ante la ley aunque no ante los presupuestos generales del Estado.

Y por otra parte está la percepción del PP como enemigo y no como adversario político sin más. Sánchez ha vuelto con la obsesión de acreditar que la indecencia que le achacó a Rajoy se extienda a todos los votantes del PP, de modo que en su delirante percepción hay en España casi 10 millones de votantes – cifra que fluctúa entre 8 y 10 según los desaciertos de la izquierda – a los que les gusta ver cómo tipejos como Ignacio González ocupan sus tiempos de política en apestillarse una situación privilegiada y unas ganancias tipo Tío Gilito.

O sea, que seguimos en las mismas con la única ventaja a favor del ciudadano de que, a trancas y barrancas, se han aprobado unos presupuestos que auguran una legislatura tranquila a menos que Sánchez lidere una moción pactada con Podemos para que se estrelle como la del pequeño Pablicolás y nos mantenga en vilo, a nosotros y a los inversores, por aquello de que no hay sosiego mientras los zombis salen de sus tumbas.

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Iter criminis

Desde la perspectiva del Derecho penal el delito de rebelión que se proponen perpetrar los independentistas catalanes ya es un hecho directo y exteriorizado que, objetivamente, debería producir el resultado prohibido: declarar la independencia de una parte del territorio nacional, conducta a la que la ley penal asigna una pena de prisión de 15 a 25 años que comporta, entre otros efectos, la inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena para el ejercicio de cualquier actividad relacionada con cargos públicos, aunque sean electos. De modo que a eso es a lo que se arriesgan quienes persisten en la obcecación de ganar con un pronunciamiento lo que tradicionalmente se venía ganando con una guerra.

Rajoy parece dispuesto a insistir en la suerte de D. Tancredo hasta que los hechos lo empujen a actuar con la contundencia que el asunto demanda. No le ha salido mal la gestión en lo que respecta a hundir a sus enemigos pero la Presidencia del Gobierno no es un ejercicio elegante de sutilezas políticas sino un compromiso constante con la implantación del orden constitucional, que desde Tejero hasta la fecha no había estado tan amenazado como hoy.

Hay que abandonar ya toda esperanza de que los obcecados rebeldes recuperen el sentido común y no den lugar a lo que es más de temer: que con la carga de razón que les da una supuesta y delirante mayoría de catalanes decidan echar el carro por las piedras y llamar a una algarada general que ya no será tan pacífica como la de aquel festivo 9N contra el que el gobierno no supo reaccionar con la contundencia exigible.

Estamos, por tanto, en el camino que, a la larga, conduce a la balcanización de un territorio de la UE y, a la corta, a un empobrecimiento generalizado de España y de Cataluña, ésta última con riesgo de regresar económicamente a la Edad Media. Todo cuanto se ha avanzado en la recuperación tras la crisis nos lo vamos a jugar porque Mas, Homs y unos cuantos más necesitan generar un escenario político nuevo en el que no estén inhabilitados.
Si las cosas no salen como esperan estos insensatos la plana mayor del independentismo no sólo va a ser inhabilitada sino que, muy probablemente, van a recibir largas penas de prisión, lo que enquistará más si cabe el problema y hará muy difícil, a dos o tres generaciones vista, que las relaciones de España con uno de sus territorios se normalice y fluya dentro del orden jurídico que nos dimos.

Así estamos, los unos en la senda del crimen y los demás a verlas venir.

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Puchi pregunta: ¿Es el Estado un Estado?

Dice el Preámbulo del Código penal: “Si se ha llegado a definir el ordenamiento jurídico como conjunto de normas que regulan el uso de la fuerza, puede entenderse fácilmente la importancia del Código Penal en cualquier sociedad civilizada. El Código Penal define los delitos y faltas que constituyen los presupuestos de la aplicación de la forma suprema que puede revestir el poder coactivo del Estado.”

Estando publicado este Código – no como la trapacera ley catalana de desconexión – y siendo de acceso gratuito en internet – “BOE Código penal” – la pregunta del hoy un tanto nervioso presidente de la Generalidad de Cataluña sobre si el gobierno empleará la fuerza contra un movimiento secesionista parece meramente retórica. La respuesta es sí, dependiendo de hasta dónde estén dispuestos a llegar los promotores de la asonada.
De asonada cabe tildar el despliegue mediático de los independentistas, dispuestos a una revolución de papel peor preparada y lejana intentona de Tejero. Pese a que se lo venimos advirtiendo desde el inicio mismo de este impulso insensato ellos no habían caído en la cuenta, porque no querían caer, de que el Estado no es sólo Madrid ni el gobierno allí instalado. Que el Gobierno de una Nación cuenta con medios para imponer sus fines, todos ellos dimanantes de la Constitución. Cuando un cualquiera se resiste a acatar las normas más elementales un juez envía a la fuerza pública, lo detienen, lo juzgan y, si procede, lo encarcelan. Sin más. Así viene siendo desde tiempo inmemorial y así seguirá siendo en el mundo civilizado, incluida una hipotética república catalana si alguna vez se da. Así que no se sabe bien a qué viene que el patético Puchi, que lleva amagando con irse de España todo lo que va de legislatura catalana, ande ahora preguntando si el Estado utilizará la fuerza caso de ser preciso. Y espera respuesta.

Ante el silencio prudente de Rajoy – con el que se ha cargado a IU, a Podemos y al PSOE – contesto yo: pues claro, sr. Puchi, pues claro que sí. Para declarar la independencia hay que rodear la Delegación del Gobierno en Cataluña y detener al sr. Delegado después de haber detenido a sus escoltas y a los policías nacionales que lo protegen. No se atreverán a hacerlo y, si lo hacen, sentirán el tumulto ominoso de vehículos policiales dispuestos a poner fin a la algarada. Si aún así insiste, el tumulto será mucho mayor porque mayor es también el peso y el ruido de los vehículos militares, y no digamos el de los aviones y el de las descargas artilleras de la Armada.

Hay precedentes. El Diario Oficial del Ministerio de la Guerra del día 7 de octubre de 1934 contenía en primera página lo siguiente: “En Cataluña, el Presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá. Antes esta situación, el Gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el Estado de Guerra en todo el país.” Y eso lo hizo la sacrosanta República, la misma que, por otra parte, quitó y reimplantó la pena de muerte y puso en vigor la Ley de vagos y maleantes, aquella que permitía encarcelar a un homosexual por el mero hecho de serlo, lo que le gustó tanto a Franco que la reeditó en forma de Ley de peligrosidad y rehabilitación social. Aquella república por la que suspiran tantos no dudó en imponer la vigencia de la ley con recurso al ejército y todo lo que hiciera falta.

Como veníamos anticipando, todos los plazos han vencido y está la historia de parto: o nace la república bolivariana que prefigura esa ley cocinada en la sombra o Puchi y la compaña se irán en autobús custodiado por la Guardia civil a que les tome declaración un juez de la Audiencia Nacional acusados de rebelión. Del primer paso de mera inhabilitación pasamos de golpe a largas penas de prisión, ¿o no han notado lo callada que está Forcadell desde que la están investigando?

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El Dr. No y la tripulación catalana

La vuelta del Dr. No a la secretaría general del PSOE nos obliga a imaginar lo que hubiera sido la imposición de las obsesiones de Sánchez a los desconcertados socialistas de octubre de 2016. El bloqueo a Rajoy habría conducido a nuevas elecciones – las terceras – y con ello a posponer la incipiente recuperación que se aprecia en los datos económicos del país. Podemos sería ahora la segunda fuerza política, tras el PP, y quién sabe a qué despropósitos nos hubiera podido conducir el cada vez menos asumible y más pequeño Pablicolás de la mano del Dr. No. El socialismo se habría escindido en por lo menos dos facciones, la radical podemita y una dialogante, en la mejor tradición socialdemócrata, la que construyó el Estado del bienestar.

Pero no fue así, se impuso la cordura y Sánchez se fue a lamerse las heridas a EEUU y, ya de paso, a gafar a la candidata Clinton. Como quiera que sostiene el Dr. No una amistad con Iceta que le viene de atrás, y siendo Iceta el peor gafe que se recuerda en la historia de España – él apoya, fracaso seguro -, debe empezar a circular ya el meme de esa otra boda Sánchez/Iceta que no deja de dar alas a la secesión de ópera bufa que acaba de descubrirnos El País con la publicación de la ley cocida de tapadillo: Maduro no la habría hecho mejor.

Sánchez vuelve con una carga de rencor insondable a darle al PSOE lo que al pescado de régimen: vuelta y vuelta. De momento se ha autofulminado Hernando: visto el sable de segar cabezas él mismo le usurpa el trabajo al verdugo dándose muerte política en imposibles términos preventivos. Y ha hecho bien. Traidor para los sanchistas, no faltará quien lo tache de traidor desde el otro bando, que es lo que pasa cuando alguien juega con una baraja y su contraria para asegurarse la poltrona.

La ejecutiva que descabalgó a Sánchez sigue dentro, y Sánchez no lo puede tolerar en modo alguno. Jugaremos a Epi y Blas: dentro/fuera. Sánchez dentro, ejecutiva fuera. La lógica de la izquierda en que cree Sánchez demanda purgas para mantener las esencias, que pasan por negar el derecho a la existencia de un partido conservador cuyo estrépito de corruptelas no difiere del que vivimos en los 90 con los socialistas en el poder. Si ellos siguen vivos no se me alcanza a entender por qué razón los demás no.

Desde la negación como dogma, la legislatura tiene dos posibilidades: o Ciudadanos modera las ansias de PSOE/Podemos – circula ya un meme de la boda entre Sánchez y Bescansa – que persigue bloquear la administración diaria o se sube al carro de la demolición podemita y nos vemos a abocados a una nueva consulta electoral justo cuando la cuestión catalana haya entrado en proceso de erupción descontrolada y las fuerzas constitucionalistas tengan que acordar medidas para las que, según la cobardía imperante, se intentará dejar al gobierno solo ante las votaciones.

El Dr. No conspiraba para impedir un lanzamiento tripulado norteamericano; en su reedición quizás conspire para alentar una tripulación catalana a la inhabilitación y la cárcel. Esta segunda causa noble, aunque él no lo sabe, tiene más futuro. Y mucho mejor presente.

 

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Matar al gallo y no hacer caldo

Con motivo del desastre de Eurovisión, que me honro año tras año en no ver, andan circulando por la red memes asesinos que pretenden hundir a un muchacho que, como mínimo, tuvo el coraje de defender aquello en que creía – él mismo -, y la prensa digital se ha encargado de repasar gallos mucho mejor criados de Pavarotti, Carreras y Plácido Domingo, por citar lo obvio, y del mismísimo Di Stefano. Algunos soltaron el gallo en la Scala de Milán y, como el soneto, fuese (el gallo) y no hubo nada. Con sus gallos acreditaron su condición humana, que ya es redundancia, lo mismo que le ha pasado al tal Manel, muchacho que se ha ganado mi atención y mi respeto precisamente por lo único que hizo rematadamente mal.

Hablan las crónicas del horror del portero ante el lanzamiento del penalti pero callan el horror del trompetista ante el solo en que sólo se oye, para bien y para mal, la puñetera trompeta. Los de la viola pueden – y hasta suelen – meter gambas de medio tono y tono entero, que entre el barullo no se nota, pero al que le toca un solo de clarinete o de viento en general, como meta la pata donde debió meter el dedo pasa a la historia de la ignominia cuando, en puridad, pertenece al género semiheroico.

¿Acaso no recordamos los gallos de Aznar cuando sacaba pechito y se ponía en plan macho? ¿Y las palabras que salen cuando no deben? ¿Los “penes” y los peces que soltó el canalla Maduro hablando de Dios júnior? ¿Y Reagan brindando en Brasil por el pueblo de Bolivia? También estuvieron sembrados Sarkozy y Obama cuando a micrófono abierto – sin saberlo – el uno tachó a Netanyahu de mentiroso y Obama le contestó que él tenía que soportarlo más a menudo. A ninguno de los citados se le acabó la carrera por ello. Sarkozy, que había mejorado recientemente de señora, no se vio abandonado y triste en el Elíseo. Michelle no dejó a Barak y a Maduro no lo dejó nadie, ni siquiera los cristianos, porque a Maduro no hay ni quien lo deje ni quien lo tome.

Así que lo propio es que TVE, al fin y al cabo responsable de la elección, debería organizar a toda pastilla un concierto homenaje a Manel en que se le diera la oportunidad de soltar el gritito una octava por debajo. Qué digo una octava: en plan Lee Marvin en Under a wandering star, y que se meta la crítica el cachondeo por donde más le duela.

¿Seguimos matando el gallo sin sacarle partido alguno? Entiendo que es mala gestión. Vale, hemos hecho lo que va después del ridículo, que es el ridículo más espantoso. Hemos quedado los últimos, como en Filipinas, cosa que llevan haciendo países y países desde que se inventó el maldito concurso. Alguna vez nos tendría que tocar y nos ha tocado, así que un respeto al muchacho, que ojalá que la maldita fama que ha ganado le sirva para cimentar una carrera verdaderamente exitosa. Y la próxima vez que manden a uno o una que tenga el valor acreditado, que siempre será mejor quedar en el montón de en medio que el último por un maldito gallo.

Y no se hable más.

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Lo que hay detrás de la posverdad

En 1941 más de un millón de chicas rusas se alistaron en el ejército para parar a los nazis, que habían llegado al extrarradio de Moscú. Hasta entonces el ejército soviético no había contado con las mujeres y con el padrastrón ignorante de Stalin siguieron sin contar con ellas salvo para pegar tiros. Hasta 1943 el ejército soviético no cayó en la cuenta de que las mujeres, a las que había facilitado uniformes de hombre, necesitaban bragas, sujetadores y botas de números por debajo del 40. También se les olvidó, por contrarrevolucionario, el hecho de que las mujeres menstrúan, así que las mandaron a la guerra sin ninguna posibilidad de atenderse mínimamente si no era cortando mangas de camisa – en ofensa del patrimonio comunista – fabricarse compresas artesanales y lavarlas luego con una dotación de jabón diaria que apenas daba para lavarse la cara y las manos. Había, por tanto, una verdad “mujer” y una posverdad soviética: las mujeres soldado se han de apañar con lo mismo que un varón soldado. Y todo lo demás era contrarrevolucionario (al respecto, Svetlana Alexeievich, La guerra no tiene rostro de mujer).

También Franco, por la misma época, resultó ser asiduo a la posverdad incluso antes de que se inventara el término. El 3 de enero de 1944 tres composiciones ferroviarias – un correo, una locomotora de maniobras y un mercancías – acabaron sobre la misma vía y chocaron en el túnel nº 20 de la línea Palencia-La Coruña, ocasionando una cifra de muertos que el régimen impidió que se difundiera. El juez de instrucción, tan sumiso y domesticado como la prensa, redujo la cifra de muertos a 78, pero la cifra real, según diversas fuentes, se situó entre 500 y 800. Con la desfachatez propia del personaje la dictadura hizo que aquellos muertos pasaran de la vida real a la posverdad sin pasar por el purgatorio: en la victoriosa España de Franco esas cosas no podían ocurrir, y si ocurrían se negaban.

En artículo anterior anticipé, con cita del profesor Jared Diamond (Sociedades comparadas), que el primer signo de hundimiento de un Estado es el incremento espectacular de la mortalidad infantil. Bajo el mandato del asesino infanticida Maduro la mortalidad infantil se ha incrementado en un 30% en 2016. Tras tres años ocultando las cifras, la ministra bolivariana de Salud, Drª Antonieta Caporale, ha sido cesada por difundir el hecho de que en 2016 murieron en Venezuela 11.466 recién nacidos, un 30.12% más que en 2015. Al estilo soviético y franquista, por tanto, en Venezuela no mueren niños porque el régimen lo tiene prohibido. Esos cadáveres diminutos no están en la realidad sino en el mundo de la posverdad, como las menstruaciones que las mujeres rusas no tenían y los homosexuales que en Irán no hay, según nos dijo el  incalificable Ahmadineyad, hoy tan a punto de resucitar como el difunto Sánchez.

Sólo hay una forma de ver el mundo: desde la realidad. Platón insistía en mirar a las ideas y no a las cosas y así consiguió que nos despistáramoas quince siglos hasta que volvieron los científicos. Los científicos insisten en que sólo mirando a las cosas entenderemos el mundo y sus avatares. Pero en ayuda de Platón han venido lingüistas e ideólogos putinescos y han conseguido con un término – posverdad – conferir apariencia respetable a la más podrida  mentira. Trump vive instalado en ella y con sus hechuras de matón de barrio lo mismo pretende fulminar a la prensa libre como al jefe del FBI, por investigar la llamada trama rusa que enmaraña la política americana como ni siquiera Nixon se atrevió a hacer.

Ya se habla de impeachment, es decir, del procedimiento legal para encausar primero y echar después de la Casa Blanca a un presidente indeseable como Trump. Y mucho se lo están pensando estos americanos dado que la posverdad no es más que pretendida tapadera de la cruda verdad: detrás de Trump, de la trama rusa y del apoyo del malnacido Putin – no acosen al brillante camarada Kim – puede que esté encriptado un apocalipsis nuclear con el figurón de Kim Jon Un como artífice supremo.

Y todo esto mientras nosotros estamos centrados en quién ganará la liga y quién heredará de Sánchez la secretaría general del PSOE.

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