Estilo de vida sostenible y primacia de las personas
23.06.08 @ 16:04:22. Archivado en Obispos españoles
El “medio ambiente” ocupa cada vez más espacio en nuestra sociedad y los cristianos deberíamos situarlo en un contexto más amplio traduciéndolo como “responsabilidad sobre la creación”. Como la misma literatura bíblica relata a su manera, la relación hombre-naturaleza pasa a ser “conflictiva” al producirse aquella separación que rompe la armonía “original” del hombre con Dios y la relación con sus semejantes, dejando “al desnudo” el sentido mismo de la vida.
El “primer ambiente” del ser humano, “el habitat” donde se desarrolla su vida, son sus relaciones con los demás: la familia, la sociedad civil, la ciudad, el mundo del trabajo… Por eso, la cuestión de fondo tiene que ver con nuestra concepción del ser humano (¿cuál es la esencia de la persona?, ¿cuál es su destino?...).
En una sociedad tan sensible a lo ecológico como quiere ser la nuestra, me parece fundamental potenciar una visión en profundidad de la persona e intentar superar visiones pobres, reducidas o falsas que, como mucho, generarán relaciones “vacías" (o violentas). De hecho, la conflictividad entre los seres humanos, una relación casi siempre basada sobre el poder y la fuerza, hace de nuestras ciudades “ambientes” poco saludables. Muy significativo y preocupante me pareció el cartel que pude leer hace unos años a la entrada de una gran capital europea: “Aglomeration urbaine”. Si se puede llegar a “vivir” sin que la ciudad se sienta como lugar de pertenencia (como “habitantes”) no me extraña que contaminemos tanto y con tanta facilidad.
Por otro lado, salvaguardar la naturaleza y buscar un desarrollo sostenible implica reconocer un pasado con valor para nosotros y, sobre todo, un futuro, porque si vivimos únicamente la cultura de la fragmentación, valorando sólo el momento presente sin más horizonte, ¿qué sentido tiene preocuparse por los que vendrán después?. La pregunta fundamental es: ¿nuestra generación quiere vivir abierta a realidades trascendentes, o cerrada sobre sí misma y sus propias conquistas temporales “poniendo a Dios entre paréntesis”?.
La experiencia enseña que cuando los seres se unen se trascienden a sí mismos generando vida nueva (el hidrogeno y el oxigeno se unen y se ‘trascienden’ en el agua, el hombre y la mujer se ‘trascienden’ en el hijo...). Y los cristianos, gracias al “Crucificado-Resucitado” que “se anonadó” rebajándose por amor hasta nuestro nivel, entrevemos una ley de vida inscrita en el universo: la “lógica de la donación” de sí mismos para promover la vida en otros. (Las plantas "dan" su vida por los animales a los que alimentan, el río "da" su caudal al mar, el mar vuelve a dar sus aguas al cielo facilitando la lluvia que riega las plantas…)
A la luz de la experiencia cristiana, está claro que las relaciones entre nosotros y con la naturaleza han de ser entendidas como “relación entre diferentes llamados a la comunión”. Si logramos esta conversión cultural llegaremos a una visión de la persona menos violenta, más “reconciliada” y fraterna o, al menos, más solidaria.
La naturaleza es “para el hombre” a quien, como administrador responsable (y no dueño) de este gran don, le ha sido confiada para que la transforme en tierra fecunda y casa habitable. Por eso, cualquier modelo de desarrollo tiene que respetar la primacía del ser humano, que nunca habrá de quedar sacrificado al mismo desarrollo o a la tecnología. Como decía el Papa la semana pasada: "Las ciencias y las tecnologías no pueden dar sentido a nuestra vida y no nos pueden enseñar a distinguir el bien del mal. Por eso, no es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano".
Sólo si el ser humano es el centro de nuestros intereses habrá una verdadera atención al medio ambiente como ámbito único que permite realizarse a las personas, pero si hay desinterés por las personas el aprecio al medio será más que discutible. Precisando, además, que la naturaleza es un don para “todos” y hay que luchar abiertamente promoviendo una cultura y una organización social que haga que nuestras ciudades sean más "habitables" y lo sean “para todos”, no sólo para unos pocos.
Con mi saludo a cada uno,
Mons. Joan Piris Frígola
Obispo de Menorca
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