De la apostasía silenciosa a la ruidosa
18.06.08 @ 10:43:49. Archivado en Obispos españoles
Queridos diocesanos: Doy por seguro que todos vosotros estáis informados de que algunos hermanos nuestros solicitan la cancelación de sus datos de bautismo. En nuestra Diócesis en realidad no son muchos, pero no dejan de entrar algunas de esas solicitudes, sobre todo de cristianos que ahora viven fuera del territorio diocesano.
Aumentan, desde luego, cuando se produce alguna polémica que tiene a la Iglesia como protagonista directa o indirecta, porque es entonces cuando algunas plataformas o grupos organizados promueven este hecho de una forma ruidosa. Tengo que deciros que, cuando llega alguna solicitud, se procura mantener un contacto personal con quien la hace y ni que decir tiene que se le trata con gran cariño y respeto, aunque por su parte la respuesta sea en ocasiones de hostilidad.
Un asunto familiar
No os miento si os digo que estas solicitudes, al recibirlas, producen un gran dolor, pues a ninguna familia le agrada que se aleje de ella uno de sus miembros; y la Iglesia diocesana, que es una gran familia de fe se siente dolida cuando uno de los suyos, a los que considera siempre hijos queridos, se va de su entorno familiar. Las razones que se suelen alegar, a mi juicio, no siempre justifican un acto tan radical como el que se hace: pretender cancelar la propia historia personal, suprimiendo de su vida un hecho de tanto valor, aunque ahora por las circunstancias que sean no lo puedan apreciar. En ocasiones son más reproches a la Iglesia y malos entendidos en torno a ella, de esos que se pueden dialogar en su propio seno y en familia, que razones profundas de ruptura con la fe. En realidad al hecho se le llama formalmente apostasía, pero, a pesar de la gravedad formal del hecho, no siempre se puede deducir que quienes lo hacen sean apóstatas en el sentido más pleno y doloroso de la palabra.
Lo que sí sucede al actuar de ese modo, es que tratan a la Iglesia, que siempre se comportó con ellos como madre, como si fuera una “madrasta mala” que los ha maltratado a lo largo de su vida y sobre todo en su infancia. Con un gesto como el que hacen, se rompe y se malogra una historia, que siempre es de amor; rompen con la Iglesia, que les ofreció sus tesoros, los que tiene para dárselos a todos gratuitamente; pero, sobre todo, rompen con sus padres, con su familia, con su pueblo, con sus tradiciones, con sus raíces. Se quedan en blanco; es como si nada de lo que hasta ahora han recibido hubiera servido para nada. Con el gesto de cancelar los datos del bautismo se frustra la propia historia personal y se rompe con todos los que nos han ayudado, siempre con amor y buena voluntad, a vivirla.
A los que acusan a la Iglesia por haberles bautizado sin su consentimiento, habría que preguntarles qué dirían de ella si se negara, sin causa grave, a bautizar a nuestros niños. Se enojarían con ella con razón, ya que la Iglesia tiene el bautismo para darlo, para ponerlo a disposición de los padres cristianos, de las familias cristianas cuando lo piden para los hijos con las debidas condiciones. En realidad son ellos los que más interés ponen en bautizar a sus hijos.
La gravedad de la apostasía
A pesar de esta interpretación más benigna de los hechos que acabo de hacer, he de decir también que la cancelación de los datos del bautismo, para algunos es un acto real de apostasía, y eso es ya mucho más grave. En ese caso el desafío es directamente ante Dios, porque apostatar es, al menos intentar, la negación y la expulsión de Dios y de la fe cristiana del puesto que hasta ahora ocupaba en la vida, si es que eso se puede. Porque en realidad me temo que eso no va a ser posible. Dios no se irá nunca del corazón del hombre. Por eso un apóstata ha de saber que nada es definitivo por mucho que se formalice la ruptura. Dios siempre deja una puerta abierta para el arrepentimiento y para futuros reencuentros. Dios es así, es amor incondicional y sólo nos deja cuando la muerte convierte la ruptura en irreparable. Sin embargo, esa confianza de Dios en nosotros, que nos da tantas oportunidades, no puede ser una coartada para que no nos tomemos en serio las cosas que se refieren a Él.
En la apostasía silenciosa
No tengo ningún motivo para desconfiar del sentido de responsabilidad de cuantos rechazan a Dios, le niegan o simplemente le desconocen. No obstante, me permito dudar también, en este caso, de que todas las apostasías sean ese acto profundo de rechazo de la fe que tanto nos duele a los que queremos al Señor y nos sentimos hijos de la Iglesia. Hay apostasías que, aún doliendo lo mismo, son consecuencia de lo que el Siervo de Dios Juan Pablo II llamó “la apostasía silenciosa” de Europa; es decir, consecuencia de una fuerte pérdida de la memoria y de la herencia cristiana. Es esta situación la que vive el hombre de nuestro tiempo, indiferente ante Dios, al que ha sustituido por otros “dioses” que no le piden que se plantee preguntas esenciales y definitivas para su vida ni que busque la verdad. Es esta apostasía ambiental, cultivada por un secularismo militante y laicista, la que en muchos casos está en el origen de esos actos formales de solicitar la cancelación de los datos de un hecho histórico como fue el bautismo.
Aunque duela y a veces enoje, como veis, no ha sido mi pretensión condenar; porque si los que rechazan su bautismo pretendieran volver, a pesar de lo que han hecho, la Iglesia que fue madre en su nacimiento a la fe lo será en todo momento y les acogerá. Siempre habrá fórmulas para deshacer lo que se hace, porque siempre se impondrá el amor de Dios, del que vive la Iglesia. Espero, no obstante, haber contribuido con esta carta a que se entienda la gravedad humana, social y religiosa de un acto como este y a que no se banalice, con politizaciones irresponsables, lo que afecta a lo más esencial de hombre que es su propia conciencia.
Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia
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