Una y otra vez han resonado en nuestra asamblea las palabras de una bienaventuranza: “¡Dichoso el que teme al Señor!” Primero las dijo el salmista; luego nosotros las repetimos para responder a las estrofas de su canto ¿Por qué el salmista nos ha sugerido hoy esta oración? En realidad, él y nosotros, orando con aquellas palabras, lo que hicimos fue responder a algo que acabábamos de escuchar como Palabra de Dios: “La mujer que teme al Señor merece alabanza”.
El lector dijo: “La mujer que teme al Señor merece alabanza”; y tú, asamblea santa que lo escuchaste, sentiste la necesidad de añadir, con la fuerza de la aclamación y del canto: “Dichoso el que teme al Señor”, quienquiera que tema al Señor, todos los que temen al Señor.
Misterio grande es éste del santo temor de Dios, don inefable que une en admirable armonía aflicción y alegría, pobreza y confianza, necesidad y esperanza.
Fíjate en Abrahán, probado y bendecido, pobre y confiado, necesitado y esperanzado. Fíjate en aquel malhechor que está crucificado con Jesús, y que ha abierto el propio corazón a la luz del santo temor de Dios; escucha lo que dice a su compañero, y lo que dice después a Jesús: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio éste no ha faltado en nada. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Ves que el temor de Dios tiene la virtud de acercar al hombre a la verdad de la vida y, al mismo tiempo, lo acerca a la verdad de Dios; el temor de Dios es una luz que da conocimiento y humildad, sabiduría y confianza; el temor de Dios es una llave que, a quien lo acoge, le abre las puertas del paraíso.
Por eso hemos aclamado una y otra vez, diciendo: “¡Dichoso el que teme al Señor!” A la aclamación de la Iglesia se sumaron hoy gozosos, con el patriarca Abrahán y con aquel malhechor crucificado, todos los justos que en todo tiempo vivieron en el temor del Señor; y nosotros aclamamos y cantamos uniendo nuestra voz a la de Cristo Jesús, el primero entre los que temen al Señor, el Hijo probado hasta la muerte y bendecido, crucificado y amado, abandonado y confiado, necesitado y esperanzado, el que es para los hijos de la Iglesia ejemplo y fuente del santo temor de Dios.
El temor de Dios es una disposición interior al respeto de Dios, al reconocimiento de su señorío sobre nuestra vida, a la confianza en él aun cuando nos envuelvan las tinieblas más oscuras, a la esperanza cierta y firme en su misericordia.
Del “que teme al Señor” nosotros dijimos: “¡Dichoso!”, sabiendo con la certeza que el Señor mismo será la causa de su dicha; y el salmista reflejó en imágenes coloridas y familiares los dones con que Dios enriquece la vida de quien confía en él: “Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa. Tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa”.
Si no has reconocido aún el rostro del hombre que teme al Señor, fíjate en Cristo Jesús, contempla a la luz de la resurrección el fruto de su trabajo, admira su bienaventuranza, goza con su bien; fíjate luego en su esposa, la Iglesia santa que somos nosotros, madre fecunda de hijos para el cielo; fíjate finalmente en los hijos de la Iglesia, como retoños de olivo alrededor de la mesa de Cristo. Y no pienses que tú, porque eres pequeño o pobre o pecador, has quedado fuera de la dicha, pues no has quedado fuera de Cristo; y no pienses tampoco que te has quedado al margen de la fecundidad, pues no te has quedado al margen de la Iglesia.
Para describir la dicha de “la mujer que teme al Señor”, el libro de los Proverbios usa imágenes distintas a las del salmista, pero igualmente coloridas y familiares. La mujer que teme al Señor es “mujer hacendosa… Su marido se fía de ella y no le faltan riquezas. Le trae ganancias… Adquiere lana y lino, los trabaja… Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre”.
Seguramente que habrás reconocido ya su rostro, porque la has visto muchas veces y muy de cerca: Es a ella a quien un día dirá el Señor: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; estaba desnudo y me vestiste”; es de ella de quien se dice hoy en el evangelio: “Como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu Señor”. Es ella, la Iglesia, eres tú, pueblo de Dios, asamblea santa, que libre y animosa te ocupas de tu casa y de los pobres, de Cristo y de los necesitados.
“Ay del corazón cobarde, de las manos inertes; ay del hombre que va por dos caminos; ay del corazón que no confía, ay de los que abandonan la esperanza, ¡qué haréis cuando venga a tomar cuentas el Señor?”. ¿Reconoces ese rostro? Es el de aquellos que no temen al Señor; es el rostro de quienes se quedan indiferentes –manos inertes- ante el grito de los pobres, de los crucificados; es el rostro de quienes cierran los ojos-corazón cobarde- para no ver la miseria del hermano; es el rostro de aquellos a quienes un día el Señor dirá: “Tuve hambre y no me diste de comer; tuve sed, y no me diste de beber; estaba desnudo y no me vestiste”; es el rostro del empleado negligente y holgazán, echado fuera, a las tinieblas, porque cerró su corazón al santo temor, del que nacen libertad, confianza y esperanza, para dejarlo habitado por el miedo a Dios, miedo del que nacen la ceguera, la indiferencia, la pretensión de justificarnos a nosotros mismos, y, al fin, llanto sin esperanza y rechinar de dientes.
Dichosa tú, Iglesia santa, que, en comunión con Cristo, vives en el santo temor de Dios.
Feliz domingo.
En la última patera llega a Algeciras iba ¡Miracle!, cinco meses de vida y de esperanza. No tiene un papel, no existe. Un Milagro al borde del abismo, en el nacimiento, en las aguas del estrecho, en las arenas de la burocracia. ¿Dónde se apagará la luz de este Milagro?
Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger