Cuenta Shostakovich en sus memorias que Prokofiev tenía dos palabras favoritas. Una era 'divertido' que, al parecer, "usaba para valorar todo lo que le rodeaba". La segunda era '¿comprendido?'. Ésta la usaba, según Shostakovich, "cuando quería saber si estaba explicándose con claridad". Ambas encajan perfectamente con el espíritu de su primera sinfonía, más conocida como Sinfonía Clásica. Tomando como modelo a Haydn, Prokofiev elabora una divertida recreación de la sinfonía vienesa del XVIII. Pero, no conformándose con repetirlos esquemas clásicos al pie de la letra, el compositor ruso introduce en momentos clave algunos elementos propios del lenguaje musical del siglo XX, dotando a la partitura de una originalidad absolutamente genial.
Junto a las espléndidas Variaciones Diabelli y otras dos composiciones menos conocidas, la Sonata para piano No. 32 es una de las últimas piezas escritas para este instrumento por el genial músico alemán. Aunque carece de la popularidad de otras de sus anteriores sonatas (como la No. 14, "Claro de luna"), ésta es una de las más influyentes jamás escritas por Beethoven. Sin ir más lejos, Chopin siempre la admiró, aludiendo directamente a ella en algunas de sus obras. Pero no sólo ha tenido una inmensa repercusión en piezas para piano. Sus ecos también llegaron a las obras orquestales de Wagner, Mahler y Prokofiev. En el caso de este último, hasta el punto de tomarla como modelo para la estructura de su Sinfonía No. 2.
De formación esencialmente autodidacta, sus precarios conocimientos técnicos no impidieron a George Gershwin convertirse en el compositor americano más célebre de la historia. Desde los veintiún años ya triunfaba en Broadway con sus musicales, aunque su propósito siempre fue ir más allá y convertirse en compositor. Por ese motivo quiso completar su formación junto a maestros como Ravel o Stravinsky, aunque nunca lo consiguió. El primero le preguntó por qué quería ser un Ravel de segunda, pudiendo ser un Gershwin de primera y le aconsejó que se dejara llevar por su excepcional instinto. Por su parte, Stravinsky, después de preguntarle cuánto dinero había ganado en el último año, confesó que debería ser Gershwin quien le diera clases a él.
Después de firmar dos obras de gran complejidad tonal y rítmica con sus primeros conciertos para piano, Bartók sorprende aquí con un planteamiento casi neoclásico. Dicen las malas lenguas que al ser un regalo de cumpleaños para su mujer, la también pianista Ditta Pasztory, necesariamente tenía que ser más sencillo, ya que ella carecía de técnica suficiente. Algunos críticos de la época también dijeron que Bartók quiso con este concierto adaptar su difícil estilo al gusto del público americano de su tiempo. Aunque es verdad que su trabajo no terminaba de obtener reconocimiento en los Estados Unidos y ciertamente Pasztory no alcanzaba su altura interpretativa, el desencanto del compositor con la exploración de la complejidad venía ya de lejos. El Concierto para piano No. 3 supone la culminación de este proceso.
Nacer exactamente cincuenta años después que Mozart imprime carácter. Si a eso le sumamos una asombrosa precocidad para la composición y una prematura muerte, diez días antes de cumplir los diecinueve años, Juan Crisóstomo de Arriaga cumple todos los requisitos para convertirse en una leyenda de la música española. Aunque la muerte le alcanzó recién salido del Conservatorio de París y no llegó a conocer la maestría de Mozart, su tristemente escasa pero brillante obra le sitúa por méritos propios entre los grandes compositores de la época junto a Haydn o el primer Beethoven. Algunos críticos incluso han visto en él un anticipo de Schubert. Nunca sabremos de qué hubiera podido llegar a ser capaz con más tiempo, pero es seguro que ha sido uno de los grandes talentos que España ha aportado a la música.
Hasta 1818, la tradición vienesa encarnada por Mozart y Haydn domina las sinfonías de Schubert. A partir de entonces el compositor austriaco siente la necesidad de saltarse los esquemas clásicos, creando algunas de las obras fundamentales del incipiente Romanticismo. Aunque la numeración de la Sinfonía "Grande" es motivo de cierta controversia entre los eruditos, parece demostrado que los primeros esbozos datan de 1825 y que en 1826 la partitura estaba completamente terminada (siendo después revisada en 1828). El problema es que no fue hasta 1839, once años después de la muerte de Schubert, cuando Robert Schumann, en un viaje a Viena, encontró la partitura. No descansó hasta conseguir estrenarla.
La "Heroica" es una de las obras clave en el desarrollo de la música clásica, ya que es el momento en el que el Clasicismo comienza su declive para dar paso al Romanticismo. Aunque la historia no empieza así. En 1802, Beethoven se trasladó a las afueras de Viena a descansar, como parte de un nuevo tratamiento para mitigar su sordera. Pero el implacable avance de la enfermedad llegó a desesperarle. Aunque, de hecho, llegó a plasmar este sentimiento en su célebre Testamento de Heiligenstadt, finalmente renunció a terminar con su vida, según sus propias palabras, "antes de haber producido todas las obras que siento la necesidad de componer". La primera de ellas fue la Tercera Sinfonía.
A pesar de las severas críticas que ha recibido durante años, tachándola de pretenciosa y hueca, Pinos de Roma se ha convertido en la obra más popular de la ya de por sí célebre trilogía romana escrita por el compositor italiano Ottorino Respighi. Discípulo de Rimski-Korsakov y seguidor de la corriente neoclásica italiana que recuperó la tradición del canto gregoriano, Palestrina y Monteverdi, Respighi sentiría también auténtica fascinación por el colorido de la música de Wagner y sus discípulos. Se propuso sintetizar en un estilo propio las influencias de contemporáneos como Richard Strauss o los impresionistas franceses con las de la tradición italiana. Pinos de Roma es una de las obras en las que consiguió adoptar un lenguaje personal, lleno de imaginación e inmensamente estimulante, de manera más brillante e imperecedera.
Aunque hoy es considerada por muchos como la máxima expresión del concierto romántico, en 1874 esta obra causó más de un quebradero de cabeza a Tchaikovsky. Cuando tocó el primer movimiento frente a su amigo y mentor Nicolai Rubinstein con la esperanza de conseguir su aprobación, la reacción del fundador del conservatorio de Moscú fue demoledora. Rubinstein afirmó que estaba "escrita de forma incompetente" y exigió a Tchaikovsky una serie de cambios si quería que él la tocara. El compositor se negó en redondo y buscó a otro pianista para el estreno. Poco después Rubinstein interpretaba el concierto por toda Europa y suplicaba a Tchaikovsky que le confiara la première del siguiente. Así lo hizo, pero Rubinstein murió antes del estreno.
La décima de sus sinfonías londinenses es un ejemplo paradigmático de la desenvoltura y maestría de Haydn en el género. Para muchos críticos, de hecho, se trata de su mejor sinfonía. Pero poco importa eso a la hora de enfrentarse con esta deliciosa escucha.
Si tuviera que definir la música de Haydn con una sola palabra, lo primero que me viene a la cabeza es el color. Más que la de cualquier otro compositor, la música de Haydn me sugiere la impresión de que las frases estuvieran compuestas a base de pinceladas de tonos anaranjados. Y no puedo evitar pensar en esta metáfora cuando escucho las sinfonías.
Coincidiendo con nuestra conmemorada Guerra de la Independencia, Beethoven compuso dos de sus obras más características. Aunque se trata de trabajos musicalmente muy distintos, la Quinta y la Sexta, son dos de sus sinfonías más reconocibles (junto a la omnipresente Novena, claro). Aunque fue descrita por el propio compositor como la expresión de las emociones que la contemplación de la naturaleza despertaban en su alma, la "Pastoral" tiene más en común con un relato operístico que con una obra puramente conceptual.
El Concierto para piano y orquesta No. 1 es, en realidad, el segundo compuesto por Chopin. Fue publicado en 1833 en Leipzig pero escrito seis meses después que el No. 2, publicado en la misma ciudad en 1830. Chopin contaba 20 años cuando lo terminó y esa juventud, esa frescura encarnada en un romanticismo desenfadado, son patentes a lo largo de toda la obra. Sin embargo, estos primeros conciertos, cuyas partituras llevaba Chopin en su maleta cuando se trasladó a París desde su Polonia natal, han sido siempre criticados por su gran diferencia de calidad entre la orquestación ("fría y casi inútil" para Berlioz) y la parte solista para piano, que evidencia su maestría en la escritura para este instrumento.
Domingo, 22 de noviembre
Marie-José Martin Delic Karavelic
Juan Fernandez Krohn
Carlos Juan Gómez Martín
Julián Moreno Mestre
Juan Carrasco de las Heras
Juan Luis Recio
Siro López
Karina Longo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría