Paisajes Sonoros

Béla Bartók, Concierto para piano No. 3 (1945)

11.10.09 | 18:56. Archivado en Clásica
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Después de firmar dos obras de gran complejidad tonal y rítmica con sus primeros conciertos para piano, Bartók sorprende aquí con un planteamiento casi neoclásico. Dicen las malas lenguas que al ser un regalo de cumpleaños para su mujer, la también pianista Ditta Pasztory, necesariamente tenía que ser más sencillo, ya que ella carecía de técnica suficiente. Algunos críticos de la época también dijeron que Bartók quiso con este concierto adaptar su difícil estilo al gusto del público americano de su tiempo. Aunque es verdad que su trabajo no terminaba de obtener reconocimiento en los Estados Unidos y ciertamente Pasztory no alcanzaba su altura interpretativa, el desencanto del compositor con la exploración de la complejidad venía ya de lejos. El Concierto para piano No. 3 supone la culminación de este proceso.

Primer movimiento

Allegretto

El primer movimiento, escrito en forma de sonata, está integrado por dos temas. El primero, introducido por el piano y de carácter rítmico, forma parte de una canción folclórica húngara (Bartók fue un concienzudo estudioso de la música popular de su país de origen, realizando numerosos viajes por toda su geografía, en los que llegó a recopilar más de siete mil canciones). El segundo es un tema melódico, que Bartók reutiliza de diversas formas a lo largo del movimiento, siguiendo un esquema relativamente convencional. Con todo, el esquema melódico del movimiento sigue siendo fiel a lo que el compositor llamó "cromatismo polimodal". Una rápida sucesión de diferentes modos dentro de una misma escala que conlleva la utilización de todos sus tonos.

Segundo movimiento

Andante religioso

El segundo movimiento es uno de los momentos más conmovedores y sinceros de toda la obra de Bartók. Para algunos incluso contiene varias referencias a su vida personal, ya que el momento en que lo escribe coincide con el final de la Segunda Guerra Mundial y en el que el compositor pensó, quizá, en la posibilidad de regresar a su Hungría natal. Al parecer, también su enfermedad (desde 1940 padecía una leucemia que finalmente le arrebataría la vida en 1945) le daba entonces un respiro. Musicalmente, es el movimiento más clásico, con claras referencias a Bach y Beethoven. Además, este segundo movimiento es un ejemplo de su "música nocturna". En la sección intermedia podemos escuchar varios sonidos que imitan cantos de pájaros y ruidos de insectos.

Tercer movimiento

Allegro vivace

El movimiento final de esta obra muestra al Bartók más directo, a la par que al más auténtico. Destaca nuevamente el uso de temas de clara inspiración folclórica, una imponente orquestación y una gran variedad rítmica ejecutada con la ayuda de la numerosa percusión. Apuntes barrocos y neoclásicos se entremezclan con destellos de atonalidad y enrevesados patrones rítmicos que se integran perfectamente en la estructura y no restan ímpetu al desbordante final. Se cierra así el concierto de forma alegre y optimista, al gusto típicamente bartokiano.

Primeras interpretaciones

Bartók murió poco tiempo antes de terminar la partitura, de modo que fue su amigo y discípulo, Tibor Serly quien remató la orquestación de los 17 últimos compases (amén de añadir algunos apuntes sobre sobre el tempo y la interpretación). Aunque, en un principio, la interpretación de la pieza debía correr a cargo de su propia mujer, la proximidad de la muerte del compositor con el estreno de la obra, lo impidió. Finalmente, el concierto se estrenó el 8 de febrero de 1946 con György Sándor al piano y Eugene Ormandy a cargo de la batuta de la Orquesta de Filadelfia.

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