A pesar de las severas críticas que ha recibido durante años, tachándola de pretenciosa y hueca, Pinos de Roma se ha convertido en la obra más popular de la ya de por sí célebre trilogía romana escrita por el compositor italiano Ottorino Respighi. Discípulo de Rimski-Korsakov y seguidor de la corriente neoclásica italiana que recuperó la tradición del canto gregoriano, Palestrina y Monteverdi, Respighi sentiría también auténtica fascinación por el colorido de la música de Wagner y sus discípulos. Se propuso sintetizar en un estilo propio las influencias de contemporáneos como Richard Strauss o los impresionistas franceses con las de la tradición italiana. Pinos de Roma es una de las obras en las que consiguió adoptar un lenguaje personal, lleno de imaginación e inmensamente estimulante, de manera más brillante e imperecedera.
La obra arranca con un indiscreto pasaje en el que el compositor detiene su mirada en el jardín de Villa Borghese, donde se recrea en la contemplación del juego de unos niños. La desbordante energía de sus carreras y saltos está perfectamente retratada en el tema principal, una juguetona melodía acompañada de todo tipo de parafernalia orquestal que conduce este primer movimiento a un precipitado final en el que se ahoga en mitad de una tormenta de trompetas discordantes.
En fuerte contraste con la vitalidad y el optimismo anteriores, el segundo movimiento arranca con austera solemnidad en los violonchelos (cuyo sonido grave representa la atmósfera subterránea de las catacumbas) y se desliza lentamente hacia el resto de la orquesta con melancólica lentitud. Más adelante, una insistente melodía que se repite en las cuerdas alza la voz y culmina en un intenso clímax que se desvanece poco a poco hacia el final del movimiento, que concluye igual que comenzó.
Es de noche. Nos encontramos en el Janículo, una colina de los alrededores de Roma (aunque no una de las siete tradicionales). El piano nos recibe con un colorista motivo que se mantiene durante todo el nocturno. El canto de un ruiseñor acentúa en el final la sensación de contacto con la naturaleza. Casi se siente la brisa de la mañana a través de las arboledas. Se trata de una de las primeras ocasiones (o la primera, dependiendo de las fuentes) en que un sonido grabado aparece especificado en una partitura.
El soberbio final de esta obra arranca en los timbales con un tenue ritmo que, poco a poco se transforma en una colosal marcha de épicas proporciones que celebra las glorias del Imperio romano; las grandes batallas, las luchas de gladiadores, los juegos... El sobrecogedor crescendo culmina con el desfile de las legiones victoriosas del César por la Vía Apia, cuyos pinos se agitan vigorosamente al ritmo de los grandilocuentes acordes hasta que la explosión de colorido que es Pinos de Roma se funde con el silencio.
La obra fue estrenada en Roma, el 14 de diciembre de 1924 bajo la batuta de Bernardino Molinari. Aunque recibió abucheos durante gran parte de su interpretación, la marcha final cautivó al público, que le dedicó una gran ovación.
Sábado, 18 de febrero
Ángel Sáez García
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Paulino Toribio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català| Febrero 2012 | ||||||
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