En 1978, un incipiente heavy metal se encontraba en plena encrucijada. Los Sabbath, Zeppelin y Purple disfrutaban de los últimos días de su reinado mientras Judas Priest y Iron Maiden todavía permanecían casi en el anonimato, cuando el punk amenazó seriamente la supervivencia del género (muchos jóvenes se identificaron con el espíritu rebelde de Ramones y Sex Pistols). Afortunadamente, fans no faltaron nunca (siempre hay gente a la que no le va eso de que sus grupos favoritos apenas sepan tocar). Justo en ese momento, Van Halen saltaron a la palestra con uno de los discos clave de la historia del rock. Cambiando el gusto por lo gótico y el misticismo por la pura diversión, los californianos sentaron las bases del metal americano para (al menos) los siguientes diez años. Su hedonista actitud supuso una gigantesca bocanada de aire fresco que llevaría al género a los primeros puestos de las listas de ventas. Capítulo aparte merece Eddie Van Halen y su revolucionaria técnica con la guitarra. Consiguió sacarle un sonido completamente nuevo, que se convertiría en lección indispensable para las generaciones venideras de héroes de las seis cuerdas. Pero lo más importante es que lo hizo en el marco de unas canciones extraordinarias, cargadas de gancho y contundencia e irresistiblemente adictivas. Uno de los diez mejores debuts del rock.
Domingo, 19 de febrero
José Lozano Galera
Carlos Juan Gómez Martín
Peio Sánchez Rodríguez
Antonio García Fuentes
José Pómez
Juan Fernandez Krohn
Padre Fortea
Atticus-444
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Baldomero Gómez| Febrero 2012 | ||||||
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