En 1830, Fanz Liszt anotó en una libreta el primer esbozo del tema principal de este concierto. Pasarían casi tres décadas hasta que el compositor húngaro diera su forma definitiva a esta obra. Esta gran tardanza se debió principalmente a su intensa actividad como concertista. Liszt fue uno de los más reputados pianistas en su tiempo y después ha sido reconocido como uno de los más extraordinarios de toda la historia. Sin embargo, encontró otra dificultad. Su empeño por sintetizar los lenguajes pianístico y orquestal le costó más de un quebradero de cabeza. Incluso tuvo que recurrir a la ayuda de su discípulo Joachim Raff para orquestar la composición.
El resultado es una obra brillante, fascinante, todo un hito de su género y un referente para cualquier aficionado al piano. Situada a medio camino "entre la sonata de gran formato y el concierto sinfónico", como apuntó Robert Schumann, en efecto, y aunque exista diferenciación entre los cuatro movimientos propios de la sonata, ciertos elementos enlazan constantemente unas partes con otras, creando una suerte de movimiento único. Por ejemplo, el tema principal es tratado en multitud de interpretaciones distintas a lo largo del concierto, y las cadencias del instrumento solista, que evidencian el virtuosismo como intérprete de su autor, quieren enlazarse unas con otras sin importar la forma compositiva.
Desde los arrebatadores acordes iniciales, Liszt ya nos presenta todos los elementos que entrarán en juego a lo largo del concierto. Tras esta primera agitación, el tema principal regresa con un aire mucho más calmado. Hacia la mitad del "Allegro maestoso", el piano entabla una distendida conversación con el clarinete. Irrumpe entonces el airado tema principal de forma casi violenta, agresiva. Comienza aquí el "Quasi adagio", inevitablemente unido al "Allegretto vivace/Allegro animato" posterior. El lirismo caracteriza la entrada del piano en este segundo acto. Pero su delicado fluir será cortado de nuevo en seco por la orquesta, que introduce su dosis de dramatismo. Entonces vuelve a desaparecer, dejando solo al piano. Poco a poco se incorporan nuevos instrumentos a ese discurso principal del piano. Aquí hace su entrada, por ejemplo, el triángulo, un singular protagonista.
Será un instrumento importante en el resto del concierto, que incluso ha llegado a ser denominado Concierto del triángulo. Ya en el "Allegretto vivace/Allegro animato" el piano retoma la alegría y protagoniza un distendido jugueteo junto al triángulo. Al final del movimiento, el rigor de la orquesta vuelve a traer a escena ese tema inicial de la composición. El último movimiento, el "Allegro marziale animato", sintetiza todos los temas y ambientes aparecidos hasta el momento, con el triángulo como elemento protagonista. El concierto acaba creciendo en intensidad y brillantez hasta caer en un final apoteósico en el que las cascadas de notas procedentes del piano y la grandilocuencia de la monumental orquesta se dan la mano de manera efusiva.
El Concierto para piano No. 1 se estrenó el 17 de febrero de 1855 en Weimar, en un concierto dirigido por Berlioz y con el propio Liszt sentado ante las teclas. Su éxito ha sido rotundo tanto entre los críticos como entre el público.
Domingo, 6 de julio
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