Paisajes Sonoros

CARL ORFF Carmina Burana (1937)

05.04.08 | 12:00. Archivado en Clásica

Aunque forma parte de la trilogía Trionfi junto a Catulli Carmina (1943) y Trionfo di Afrodite (1953), la cantata escénica Carmina Burana supera ampliamente a ambas en popularidad. De hecho es la obra más conocida de Orff y un ejemplo paradigmático de su concepción musical. La pretensión que impulsa su obra es la de crear una "teatro total" en el que la música, la danza y el teatro se fundan en un espectáculo que asombre a los espectadores y que los invite a la reflexión. Para ello renuncia a las tendencias musicales de su época, dominada por las vanguardias, para refugiarse en un tosco primitivismo dominado por un ritmo febril que le ha valido el desprecio de muchos. Su obra ha sido tachada de superficial y banal, pero bajo esa máscara de simplicidad se esconde una desbordante imaginación.

La visión de Orff va eminentemente encaminada hacia el espectáculo, no al refinamiento estilístico. Sus fuentes de inspiración son las tragedias griegas de Sófocles (Antígona, Edipo Rey...) y Eurípides (Medea, Andrómaca, Electra...) y las óperas de Monteverdi, para las que escribió multitud de arreglos y adaptaciones. Su sencillez de planteamientos no está reñida con su capacidad de emocionar al público, como bien evidencia la inmensa popularidad de los Carmina Burana. Los textos que componen la obra proceden de una colección titulada Canciones de Benediktbeuren, hallada en el monasterio benedictino de Beuren, en Baviera. Se trata de 250 poemas escritos en latín medieval y 55 más en alemán, igualmente inspirados por la lírica culta de Ovidio y Horacio que por la poesía popular. Los temas van desde el disfrute de los placeres terrenales hasta la sátira social y política. Para los Camina Burana Orff seleccionó 25 de ellos, divididos en tres grupos (Primavera, En la taberna y El amor) enmarcados por un prólogo y un epílogo (Imperatix Mundi, que contiene la célebre "O Fortuna").


La música es una amalgama de préstamos del canto gregoriano y la música popular, primitivos cambios de acordes que le dan un aire medieval, monótonas, elementales melodías y temas en dos compases que funcionan como distintivos de los bloques temáticos a lo largo de la obra. Las partituras fueron escritas por Orff de forma igualmente arcaizante, partiendo de unos códices muy difíciles de desentrañar por encontrarse escritos en un lenguaje musical muy primitivo en el que no se empleaba el pentagrama, pero inventando nuevos motivos musicales con destreza e imaginación. El compositor prescindió del contrapunto, los desarrollos complejos y las estructuras intrincadas, resaltando el ritmo de las danzas (a veces convertidas en estados de trance), lo que otorga homogeneidad a la obra y la dota de esa poderosa capacidad de estimular al oyente con una mezcla de brutalidad primitiva, misticismo medieval y sensualidad pagana. Para ello se sirvió de un poderoso y formidable despliegue percusivo empleado con espectacularidad para reafirmar el tribalismo que destila la música.

La obra fue estrenada por el director Bertil Wetzelsberger el 8 de junio de 1937 en la ciudad alemana de Frankfurt am Main. Para muchos su calidad no se corresponde con su extraordinaria popularidad, pero son innegables su interés artístico y atractivo musical.

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