Anton Bruckner - Sinfonía No. 7 (1883)
13.01.08 @ 13:00:00. Archivado en Clásica
Dedicada al excéntrico rey de Bavaria Ludwig II, la Séptima Sinfonía de Bruckner supuso el hallazgo de un nuevo camino para la música. Compuesta de un tirón (algo impropio del compositor austriaco, quien solía revisar varias veces sus partituras persuadido por los comentarios de famosos directores de orquesta y amigos como Arthur Nikisch), la obra hermana la herencia sinfónica de Beethoven (el arranque tenue, la estructura en cuatro movimientos) con los novedosos planteamientos musicales de Wagner, sembrando la discordia entre los críticos de la época, divididos entre quienes la calificaron de "perniciosa y malsana" y quienes la estimaron "merecedora de la más alta admiración".
Emergiendo lentamente del silencio, el tema principal (que se repetirá constantemente, si bien con muy distintas apariencias) abre la pieza con aires de misterio (se dice que Bruckner lo escuchó, silbado por su amigo Ignaz Dorn, en un sueño). Sin embargo, la entrada de los vientos con un segundo tema marca un giro animoso en la música que nos lleva al tercer tema, con una melodía al tiempo imponente y bailable. El desarrollo del primer movimiento es largo y laborioso, girando siempre en torno a estas variaciones y empleando largos crescendos hasta llegar a la coda final. El segundo movimiento es un lúgubre adagio de gran expresividad emotiva, profundamente impregnado de influencia wagneriana. Aquí el tema principal de la sinfonía, que nos daba la bienvenida en el primer movimiento, adopta una melancólica sonoridad, quizá premonitoria de la muerte del "maestro de todos los maestros" (tal era la consideración que Bruckner tenía de Wagner).
El tercer movimiento, el más corto de los cuatro (los dos primeros rondan los veinte minutos, mientras que los últimos superan con poco los diez), es el Scherzo. En sorprendente contraste con los dos anteriores, el arrebatador tema principal (inspirado por el canto del gallo) y el nostálgico desarrollo, conforman uno de los movimientos más cargados de inspiración de toda la obra. El protagonismo de la percusión (inédito aún en la sinfonía) nos habla de la intensidad y la fuerza de la música, que se volverá a transformar radicalmente al adentrarnos en el Finale, iniciado por un simpático juego de violines y flautas que supone la enésima transformación del tema principal. A continuación, un caminante contrabajo marca el ritmo de una bella melodía coral interpretada en solitario por los violines. Violentamente irrumpe entonces una vigorosa recreación del primer tema que da paso a un desarrollo marcado por la interrelación de todas las ideas anteriores. Hacia el final, la enfática coda lleva el tema que abría la sinfonía a toda la orquesta, que cierra la obra tocando al unísono.
El conocido director Artur Nikisch estrenó la Séptima Sinfonía en Leipzig el 30 de diciembre de 1884. Aunque tuvo una fría acogida entre los críticos, el público vibró con la obra, contribuyendo considerablemente al crecimiento de la popularidad y la reputación del compositor. Entre los más impresionados por su escucha estaba Johann Strauss hijo, quien afirmó, en un telegrama dirigido al propio Bruckner: "Estoy profundamente emocionado, fue la experiencia musical de mi vida".
Carlos Gómez Cabana
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