Yansín, una historia africana
15.09.06 @ 15:02:52. Archivado en Cooperación Internacional

Vidomegon... La primera vez que oí esa palabra relacionada con el sufrimiento de los niños africanos confieso que no supe lo que significaba.
Imaginé que se debía tratar de una terrible plaga. Lo deduje por el contexto de la conversación y por la expresión de tristeza de los niños que tenía ante mí y de los que me contaban que eran sus víctimas. Pero lo que me partió el alma, lo que todavía no me cabe en la cabeza, es que esa “enfermedad terrible”, no se debe a ningún virus, sino a la iniquidad del alma humana.
Del vidomegón a la esclavitud infantil sólo hay un paso: el intangible -pero real- espacio que ocupa la ignorancia, la pobreza y la falta de escrúpulos.
Esa primera vez que oí hablar del Vidomegón yo estaba en Benin, el antiguo Dahomey de cuando estudiábamos, un país pequeño, estrecho, y largo en la costa atlántica del “Golfo de Guinea”, una región que es victima desde hace años del trafico de menores hacia países que son grandes consumidores de mano de obra agrícola, de producción minera y otros..
La “colocación” de niños y niñas pobres en familias más afortunadas es una tradición muy antigua que viene del periodo pre-colonial, y cuyo objetivo era el de lograr para el niño un mejor futuro, el acceso a la educación y el aprendizaje de un oficio con el que poder ganarse la vida. Incluso se consideraba un deber moral para la familia que se lo podía permitir, el acoger a alguno de estos niños. Con esta “adopción informal” se lograba en el pasado romper desequilibrios y permeabilizar un poco los círculos viciosos de la pobreza y la marginación. Los familiares que cedían sus hijos no se esperaban jamás una degeneración de esta práctica común y habitual en este y otros países del África subsahariana, y que con no muchas diferencias, también fue frecuente en Europa hasta hace no muchas décadas.

Hoy en día esta tradición del Vidomegon se ha convertido en un auténtico negocio, debido a la tremenda pobreza que existe en los países de África. Existen grupos organizados, verdaderas mafias, que trafican con los niños, estas redes trabajan en la clandestinidad y es difícil acceder a ellas, conocer sus tentáculos, desmantelarlas..
La mayoría de estos niños y niñas actualmente transitan por las grandes ciudades, incluso atraviesan fronteras para ser vendidos o utilizados como mano de obra no barata, sino “de ganga”. Son explotados en las minas, canteras o en plantaciones agrícolas, cuando no en trabajos indignos en prostíbulos o en las habitaciones de hotel de los turistas depravados.
Los traficantes encuentran una oportunidad para ganar rápida y fácilmente dinero bajo el peso del dolor y el sufrimiento de victimas inocentes: la vulnerabilidad de estos niños a partir de este momento es fácil de imaginar.
Esta situación ha sido denunciada por los organismos supranacionales y ONGs Algunos gobiernos de los países victimas adoptan la postura del avestruz ante ese atroz problema, pero en otros casos están reaccionado en contra. Las autoridades beninesas están dentro de estos últimos y desde hace varios años, se están llevando a cabo acciones conjuntas entre el Gobierno y los ONGs para frenar este fenómeno.
En los últimos meses, cientos de niños benineses, victimas de trafico transnacional han llegado a Benin procedentes de Nigeria. El flujo de niños y niñas victimas de violencia y de otros abusos continuos es un infernal rayo que no cesa.
Hay que parar este crimen, sensibilizar las familias y mejorar la calidad de vida de estas pequeñas víctimas de la pobreza y la ignorancia.
En Mensajeros de la Paz de Benin se atiende las llamadas de ayuda del Ministerio de la da acogida de este tipo de niños cuando se desarticulan redes de explotación infantil. Nuestra misión es proporcionarles un techo, alimentación, cuidados médicos y apoyo psicológico para favorecer a su reinserción social. En una palabra: ayudarles a que vuelvan a ser niños.
Los niños nos llegan desnutridos, a veces enfermos, muy cansados y sobre todo atemorizados. Cualquier adulto para ellos es la personificación del castigo, de la violencia. Cuesta hacer que se abran, que vuelvan a confiar, incluso al principio recelan ante un plato de comida a pesar del hambre de meses que arrastran. Después se reconstruye su historia, se investiga su origen y si se puede se contacta con sus familias. Nuestro objetivo es propiciar su vuelta al entorno familiar haciendo un estudio previo de las causas del abandono del niño del hogar y manteniendo un estrecho seguimiento del niño cuando vuelve a casa.
Al mismo tiempo se realizan sesiones de información a las familias y autoridades de los poblados (jefes, líderes religiosos, etc.) sobre los peligros de la encomienda de niños a personas ajenas.
Yansín ha vivido demasiado en sus 9 años. Regresó de Nigeria donde día y noche trabajaba en un taller textil, allí mismo dormía y comía el plato de pasta de fécula de mandioca que de vez en cuando le daban. Cuando la encontraron apenas pesaba 15 kilos. Tuvo suerte porque, que sepamos, nadie abusó sexualmente de ella; si hubiera sido chico le habrían destinado a la durísima cantera en la que trabajaban los niños que con ella fueron sacados del poblado pocos meses antes.
Yansín empieza a mirar a los ojos de las personas que le hablan. Sigue sin separarse de la muñeca tipo Barbie, que Valerie, la educadora, le dio la tarde que llegó a nuestro Hogar para calmar su llanto y su miedo. Es imposible hacerle comprender que debe compartir la muñeca con las otras niñas, aunque pinte, auque baile, aunque duerma, la muñeca siempre está a su lado. Es lógico, es lo único que tiene en el mundo y para ella es un tesoro. Yansín tiene además una familia biológica que sigue viviendo en su cabaña, en la selva, al norte del país, ajenos tal vez a la terrible experiencia vivida por la niña. Estamos trabajando para que pronto pueda vuelver a casa, de donde nunca debió de salir.
El pasado lunes vi en los ojos de Yansín un brillo especial: el de la ilusión. Llegó al centro donde vive una ludoteca: venía en varias cajas enormes que los propios niños abrieron con una velocidad pasmosa. Pronto el jardín de la casa se convirtió en un sembrado de juegos de mesa, pizarras, coches, peluches, disfraces, manualidades, raquetas y balones .... mientras las educadoras se afanaban inútilmente en poner algo de orden y aplacar la excitación infantil..
Yansín se acercó a una cocinita preciosa, de colores vivos, llena de cacharritos. Y sin decir nada, se puso a preparar una comida que luego le dio a su muñeca. Confieso que me emocionó aquella estampa y la sonrisa de las dos, porque puedo jurar que en esos momentos la muñeca también sonreía.
La ludoteca llegó de España gracias a la campaña “Un juguete, una ilusión” de RNE y la Fundación Crecer jugando. Yo me sentía feliz de ser testigo que ese solgan se hacía realidad y de saber que esas ilusiones eran españolas.

Es verdad que Yansin, los niños benineses y todo el continente africano necesitan algo más que juguetes: necesitan justicia, educación, vacunas, medicamentos, poder explotar sus propias riquezas... pero también necesitan ilusión. Y esperanza.

Tal vez con esperanza y con ilusión no existirían cayucos navegando como cáscaras de nuez por el atlántico, ni africanos muertos en las playas o en los estómagos de los tiburones, ni comisarías atestadas, ni centros de internamiento saturados –internamiento: qué palabra más horrorosa- saturados, ni aviones llenos de inmigrantes que no saben donde aterrizar.
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Padre Ángel
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